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Creyendo como dice la Escritura
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Creyendo como dice la Escritura

Hablando, Miguel, acerca de Pedro, ahí se ve que Pedro, cuando Cristo le preguntaba: “Pedro, ¿me amas?” Él le contestaba: “Yo te filio.” O sea, eso es amor filial, amor hermanable, que viene del espíritu de la persona. Pero Cristo esperaba que le contestara con amor ágape: “Yo te agapo.” Amor del alma. [San Juan 21:15-17]

Cuando está el amor ágape, el del alma, cubre todo, ama con el alma; tiene amor ágape y ama también con el espíritu, amor hermanable, amor filial.

Por lo tanto, cuando se tiene el amor del alma para amar a Dios, nos amamos los unos a los otros también, siendo todos parte de Dios; porque de Dios hemos venido.

Un cordial saludo para el reverendo Ezequiel Mata, de la congregación de Sugar Grove, Illinois, Chicago, que hoy está siendo dedicada allá, este auditorio, esta iglesia nueva. Que Dios les bendiga grandemente, Dios les reciba en ese nuevo lugar, esté con ustedes, y derrame grandes bendiciones sobre todos ustedes allá en Chicago; y siempre les abra las Escrituras y también el entendimiento para comprender, entender, las Escrituras. Y cada día les aumente más y más la fe, hasta llegar a la fe perfecta, a la fe de transformación y rapto. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Para esta ocasión leemos en San Juan, capítulo 7, la lectura que tuvo Miguel hace algunos momentos atrás, versos 37 al 39, y dice así:

“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.

El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Este día que Jesús habla estas palabras, fue en el último y gran día de “la fiesta de los tabernáculos,” que es la séptima fiesta, y que tipifica la séptima edad de la Iglesia y también tipifica el Milenio; porque en el Milenio se estará viviendo la Fiesta de los Tabernáculos. Todavía Jesús no había sido glorificado, pero ya les estaba hablando acerca del Espíritu Santo que iba a enviar a todos los que creerían en Él; los que creerían en Él como dice la Escritura.

No es un asunto de decir: “Yo creo en Jesucristo.” Es creer en Él como dice la Escritura.

La Escritura hablaba del Mesías venidero, Juan el Bautista lo presentó como el Cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo. Por lo tanto, sería recibido y creído por aquellos que están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, los cuales creerían en Cristo como dice la Escritura; o sea, que creerían en Cristo conforme a lo que fue prometido que sería el Mesías.

Por eso encontramos que Cristo decía siempre, que Él no hacia Su propia voluntad, sino la del Padre; y que el Padre daba testimonio de Él. Dios daba testimonio por medio de las profecías bíblicas, de que Jesús era el Mesías, en el cual se estaban cumpliendo las profecías mesiánicas; y por medio de las obras que hacía Jesús, las cuales estaban prometidas que haría el Mesías, era identificado Jesús como el Mesías; por eso Él decía: “Si no pueden creer en mí, crean a las obras. Ellas dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado.” [San Juan 10:38]

Es importante basar la fe en Cristo en las Escrituras; tiene que creer la persona en Cristo como dicen las Escrituras. Y creyendo como dicen las Escrituras, es que Cristo dice que vendrá el Espíritu de Dios: “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.” ¿Ve? La promesa del Espíritu es para los que creen en Cristo como dice la Escritura.

Cuando Cristo estaba caminando sobre la Tierra en Su ministerio terrenal, como les citó Miguel, que el sacerdote podía caminar con el libro del profeta Isaías y decir: “Yo tengo aquí Isaías, capítulo 7, verso 14; y tengo Isaías, capítulo 61, verso 1 en adelante.” Tenía lo que decía la Escritura, el testimonio de Dios acerca del Mesías, de quién sería el Mesías; pero Pedro podía decir: “Yo tengo aquí a mi lado a Isaías, capítulo 7, verso 14, el Hijo de la virgen; ‘porque la virgen concebirá y dará a luz un Hijo,’ y Éste es.” O sea, que tenía la Palabra, la Escritura hecha carne, a su lado.

Cuando la Escritura, la profecía se cumple, es el tiempo de recibir la bendición que está prometida en esas Escrituras. Mientras no viene a vida esas Escrituras, a cumplimiento, todavía no se puede obtener toda la bendición que hay en ella; pero cuando viene a vida, ya está disponible la bendición.

Tenemos la promesa de que Dios enseñará a Su pueblo y todos serán enseñados por Dios. Esto lo citó Cristo en San Juan: “Todos serán enseñados por Dios.” [San Juan 6:46] ¿Y cómo Dios enseña? Él enseña a Su pueblo por medio de Su Espíritu. Por medio de Su Espíritu es que viene la revelación divina a las personas.

Cristo le dice a Pedro en el capítulo 16 [San Mateo]… Cuando Cristo pregunta a Sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” Unos decían: “Unos dicen que Tú eres Juan el Bautista que ha resucitado”; y algunos decían: “Por eso es que obra esos milagros en él”; otros decían: “Es Jeremías,” porque veían que lloraba en algunas ocasiones, quizás; otros decían: “Es Elías o es alguno de los profetas que ha resucitado.”

Todas las opiniones eran que era un profeta; pero eso no bastaba; aunque era un profeta, el profeta mayor. Pero Pedro dice, cuando Cristo pregunta: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?” Pedro dice: “Tú, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.”

—“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los Cielos.” Eso era lo que Cristo quería que ellos conocieran, quién es Jesucristo.

Era nada menos que el Mesías Príncipe, era nada menos que el Verbo, el Espíritu Santo hecho carne en medio del pueblo: “Y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.” San Juan, capítulo 1, verso 14.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios.” [San Juan 1:1] En palabras más claras, en el principio era el Ángel del Pacto, el Espíritu Santo, Cristo en Espíritu Santo, Cristo en Su cuerpo angelical, Su cuerpo teofánico. “En el principio era el Verbo (o sea, Cristo).”

Recuerden que Él dijo en San Juan, capítulo 8, versos 56 al 58: “Abraham vuestro padre deseó ver mi día; y lo vio, y se gozó.” Le dicen los discípulos, o le dicen los judíos: “Aún no tienes cincuenta años ¿y dices que has visto a Abraham?” Cristo les dice: “Antes que Abraham fuese, yo soy.”

¿Cómo era antes de Abraham? El Ángel del Pacto, el Ángel de Jehová, el cuerpo angelical de Dios, la imagen del Dios viviente, el Espíritu Santo. Recuerden que un espíritu es un cuerpo espiritual, o sea, un cuerpo de otra dimensión.

Y Cristo, vean ustedes, dice la Escritura:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Este era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”

Entonces Dios hizo todo a través del Verbo, que es Cristo en Su cuerpo angelical, que es también llamado el Espíritu Santo y también es llamado el Ángel del Pacto. Dios estando en Su cuerpo angelical habló a existencia todas las cosas, y todas las cosas vinieron a existencia. De eso es que se trata Colosenses, capítulo 1, versos 12 en adelante, donde dice:

“…Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz…”

O sea, los santos en luz tienen una herencia, son herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús Señor nuestro. O sea, que no heredamos solos, somos coherederos. Él es el primogénito entre muchos hermanos, Él es nuestro hermano mayor; y por consiguiente, el mayor tiene una doble porción de herencia.

“…el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas…”

O sea, nos ha librado del poder del reino de las tinieblas, del reino del enemigo de Dios, que es el diablo; nos ha librado de la quinta dimensión, nos ha librado del reino de las tinieblas.

Recuerden que con la caída del ser humano en el Huerto del Edén, el diablo se apoderó de la herencia que Dios le dio a Adán y a Eva; y ha estado usando la herencia de los hijos de Dios. Y miren cómo ya tiene el planeta Tierra: agonizando.

La Tierra ha sufrido mucho bajo esa invasión del enemigo que usurpó la propiedad, la heredad de los hijos de Dios. Pero recuerden que conforme a la Escritura, “el año del jubileo” las propiedades que habían sido vendidas o habían sido tomadas por causa de alguna deuda, “el día de la expiación” (cuando se toca la trompeta en el año del jubileo) todas las propiedades regresan a su dueño original; y los que fueron esclavos quedan libres. El año del jubileo corresponde siempre a la Edad de Piedra Angular.

Por eso el año del jubileo en los días de Jesús, proclamando el año de la buena voluntad de Jehová: para libertad, proclamando libertad a los cautivos.

Y ha estado proclamándose el Año de la Buena Voluntad de Dios, el Año del Jubileo durante la Dispensación de la Gracia, y ha estado ocurriendo una liberación espiritual de millones de seres humanos  siendo sacados del reino de las tinieblas y colocados en el Reino de Cristo; y todo eso lo hemos estado viendo en la esfera espiritual.

Luego se repite el Año del Jubileo en nuestro tiempo, para ser libertados físicamente, ser transformados y llevados con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero, a la Casa de nuestro Padre celestial; y después que pasemos una temporada en la fiesta más importante que se haya llevado a cabo en el Cielo, en donde serán investidos también como reyes y sacerdotes y jueces para gobernar en esta Tierra, los creyentes con Cristo, entonces regresaremos a la Tierra para comenzar el Reino Milenial. Tan sencillo como eso.

Todo es sencillo para Dios, Él lo planificó.

En lo espiritual hemos salido del reino de las tinieblas, y luego en lo físico hemos de salir de este reino terrenal para entrar físicamente al Reino celestial, y después regresar a la Tierra para comenzar el Reino de Dios en la Tierra, en la restauración del Reino de David y Trono de David. Por lo tanto, habrá un David: el Mesías Príncipe.

Por eso Ezequiel, capítulo 37, nos habla de David, que levantará a David; o sea, que habrá un David. El título de David o el David sigue pasando, pasa al Mesías Príncipe. Como el título de Elías: Elías Tisbita primero, y el segundo Elías fue Eliseo, y el tercer Elías fue Juan el Bautista; pero no se llamaba Elías, se llamaba Juan, pero era el Elías prometido para aquel tiempo.

Y luego pasa el título y ministerio profético de Elías a una cuarta manifestación, pero el nombre de la persona en el cual estaba el ministerio de Elías, el que era el Elías para la séptima edad de la Iglesia, no se llamaba Elías, se llamaba William Marrion Branham; pero el ministerio era el ministerio de Elías repitiéndose por cuarta ocasión. Y se repetirá por quinta ocasión, y el ministerio de Moisés también. Eso son los Dos Olivos de Zacarías, capítulo 4, versos 11 al 14; y Apocalipsis, capítulo 11, versos 1 al 14.

Esos ministerios para el pueblo hebreo tendrán todo el poder de Dios sin limitaciones. ¿Por qué? Porque en el capítulo 10 de Apocalipsis ya el Ángel Fuerte trae el Libro, el Título de Propiedad, el Libro que estaba sellado con siete sellos, lo trae abierto y lo entrega a un hombre; y después le dice: “Es necesario que profetices sobre muchos pueblos, naciones y lenguas.” Y luego en Apocalipsis 11 ya está profetizando.

Juan es el tipo y figura de lo que sucederá en este tiempo final en medio del cristianismo, en medio de la Iglesia del Señor Jesucristo, a la cual viene Cristo en el Día Postrero con el Librito abierto en Su mano para restauración de todos los que Él ha redimido, restaurarlos físicamente a la vida eterna; y restaurar el poder que perdieron en el Huerto del Edén, restaurar todo lo que se perdió en el Huerto del Edén.

Por eso en el Día Postrero, en la Edad de Oro de la Iglesia, que es paralela al tiempo de la Primera Venida de Cristo, el poder de Dios nuevamente será manifestado en toda Su plenitud, como estaba manifestado en Jesucristo; y habrá una manifestación tan grande que los judíos dirán: “Esto es lo que nosotros estamos esperando.” Van a ver al Ángel del Pacto; al Ángel del Pacto que le apareció a Moisés en medio de la Iglesia del Señor Jesucristo.

El reverendo William Branham lo vio moverse en esa Columna de Fuego, y moverse hacia un cuartito pequeño; y allí vio la manifestación plena de Dios a través del Ángel del Pacto llevando a cabo lo que está prometido que Dios hará en este tiempo final, conforme a la Visión de la Carpa que le fue mostrada al reverendo William Branham; en donde la Tercera Etapa, que es la etapa de la Palabra creadora siendo hablada, se estará cumpliendo; y eso será en medio de los creyentes en Cristo del tiempo final.

No se cumplió en la primera edad, ni en la segunda, ni en la tercera, ni en la cuarta, ni en la quinta, ni en la séptima; aunque el reverendo William Branham trató de que se cumpliera en su tiempo, pero no era para su tiempo. Solamente Dios dio una prueba de lo que será la Tercera Etapa en el Día Postrero en una Gran Carpa Catedral que habrá en medio del cristianismo, en medio de la Iglesia-Novia del Señor Jesucristo.

Y como no se cumplió en la séptima edad de la Iglesia entonces es para nuestra edad. Tan sencillo como eso.

Para que se cumpliera en la séptima edad, tenía que cumplirse bajo el ministerio del reverendo William Branham; para que se cumpliera en la sexta edad, tenía que cumplirse bajo el ministerio de Juan Wesley; si fuera para cumplirse en la primera edad, tenía que cumplirse bajo el ministerio de San Pablo… y él sabía construir carpas, pero no era para su tiempo. Quizás tuvo algunas actividades bajo carpa, porque él tenía como oficio construir carpas, porque los judíos tenían la responsabilidad, no solamente de tener una profesión, sino también un oficio para asegurar bien el sustento de la familia.

Si el trabajo en una profesión se afloja, entonces uno recurre al oficio. Eso muestra que hay que estar luchando siempre por la familia, y sobretodo por la Obra de Dios.

Sigue diciendo:

“…el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.”

Hemos sido trasladados al Reino del amado Hijo de Dios, al Reino de Jesucristo, pertenecemos a un Reino; y eso es un privilegio, pero también una responsabilidad.

Así como cuando uno dice: “Pertenezco a tal nación, esta es mi nación, este es mi país; y es un privilegio para mí pertenecer a este mi país,” pero también una responsabilidad; porque tiene que vivir, actuar, conforme a las leyes de su país; tiene que saber su Constitución, actuar de acuerdo a la Constitución de su país.

Por lo tanto, los creyentes en Cristo están llamados a vivir de acuerdo a las leyes del Reino de Cristo. Tan sencillo como eso.

No es decir que van a vivir como ellos deseen. Cada persona está sujeto a las leyes de su nacionalidad, de su país.

El apóstol Pablo en Filipenses, capítulo 3, versos 20 al 21, nos dice: “Porque nuestra ciudadanía está (¿dónde?)… nuestra ciudadanía está en los Cielos.” Y si está en los Cielos, entonces somos ciudadanos celestiales. Y por consiguiente, tenemos la responsabilidad de vivir conforme a la nación celestial.

Recuerden que somos una familia. Dice la Escritura: la familia de Dios, los descendientes de Dios, los hijos e hijas de Dios. Por eso en Hebreos y en los Salmos dice: “Anunciaré a mis hermanos Tu Nombre.” ¿Quién? El Mesías, Cristo, anuncia a Sus hermanos, qué son los que están escritos en el Cielo, en el Libro del Cordero desde antes de la fundación del mundo; los que Él vino a buscar y a salvar, las ovejas del Padre.

Así como Cristo es el Cordero de Dios, los creyentes son ovejas; y Cristo también es el Pastor, el Buen Pastor; no cualquier pastor, sino el Buen Pastor, que da Su vida —y la dio— por Sus ovejas.

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo.”

Nuestra ciudadanía como creyentes, como hijos e hijas de Dios, es celestial; porque el nuevo nacimiento no es terrenal, es del Cielo. Por lo tanto, nuestra ciudadanía terrenal es por causa del cuerpo físico que recibimos de nuestros padres terrenales, pero nuestra ciudadanía celestial es por haber nacido de nuevo del agua y del Espíritu; y todavía nos falta la transformación del cuerpo, que es parte del Programa de Redención para los creyentes. Eso será la adopción o redención del cuerpo, será el cuerpo que Dios predestinó, destinó, diseñó, para cada uno de Sus hijos; pero mientras tanto hemos pasado una temporada en cuerpos temporales, por causa del problema que hubo allá en el Huerto del Edén; pero los hijos de Dios son restaurados a la vida eterna, no se pueden perder. Es imposible que se pierda un hijo de Dios.

Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi Voz, y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, y nadie las puede arrebatar de mi mano. Mi Padre o el Padre que me las dio, es mayor que todos; y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”

Vamos a leerlo para que la tengan clara esta Escritura. Capítulo 10, verso 27 en adelante, de San Juan, dice:

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,

y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

Yo y el Padre uno somos.”

¿Ven? Estas ovejas nadie las puede arrebatar de la mano del Señor Jesucristo, ni tampoco de la mano del Padre. Estamos pasando por esa etapa terrenal, pero luego entraremos a la etapa eterna física: cuerpos inmortales y jóvenes.

Por eso no se preocupe que los años le lleguen. Cada vez que cumpla un año, piense: “Un año más cerca de mí transformación, un año más cerca de mi juventud eterna.”

Cualquier persona dirá: “Estás celebrando un año más cerca de tu juventud, y te estás poniendo viejo, ¿cómo es?” No entienden. Cada año que pasa estamos más cerca de la redención del cuerpo, que es nuestra transformación.

Es como Abraham, cada vez que le pasaba un año estaba más cerca de ser rejuvenecido para tener el hijo prometido. Y como Abraham fue rejuvenecido y Sara, también encontramos que todos seremos rejuvenecidos en el cuerpo eterno que recibiremos.

En el cuerpo espiritual estamos jóvenes; en el cuerpo físico, como vino por medio de la unión de papá y de mamá, pues se pone viejo (mucho hicieron por nosotros). Ahora, los científicos no han podido hacer una persona, y papá y mamá sin saber de ciencia lo lograron. Así que le agradecemos a Dios por nuestros padres terrenales, y los queremos tener a nuestro lado en el Reino Milenial de Cristo nuestro Salvador.

Todo lo que hemos amado, a todos los que hemos amado y todos los que nos han amado, los vamos a tener con nosotros. Una cosa es necesaria: no razonarlo, sino creerlo. De alguna forma Dios los traerá, y eso es un asunto de Dios. El asunto nuestro es creerlo; creerlo como dice, ¿qué?, la Escritura. Creyendo como dice la Escritura, obtendremos todo lo que está prometido para nosotros.

Y a nosotros nos ha tocado ahora el ciclo final; un ciclo que es eterno, en donde pasan los creyentes en Cristo a eternidad. Aun si parten antes de la transformación, regresarán, y van a estar con nosotros de nuevo; y si tenían achaques, no vaya a pensar que los va a conocer por los achaques que tenían; ni por las canas, porque allá tampoco habrá canas. Todos representando de 18 a 21 años de edad.

El hermano Branham cuando estuvo en el cuerpo…, en espíritu, en el cuerpo angelical, hasta el cabello lo tenía, y en el cuerpo físico había perdido ya mucho cabello. Y en el cuerpo glorificado que Cristo nos va a dar, tendremos todo el cabello que Dios diseñó para nosotros desde antes de la fundación del mundo; y el color del cabello que Dios diseñó para cada uno, ese es el que va a tener.

Todo está en un proyecto divino que Él desde antes de la fundación del mundo tiene.

Estábamos en Dios eternamente, de Dios hemos venido, a Dios regresamos en el tiempo final.

Cristo mismo decía que Dios nos ama como lo ama a Él; en la misma forma que ama a Jesús, Dios nos ama a nosotros.

Continuamos aquí con la lectura de Colosenses. Estamos en el capítulo 1:

“…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”

La redención es por la Sangre de Cristo, y somos limpios de todo pecado con la Sangre de Cristo nuestro Salvador; no hay otra cosa que pueda quitar el pecado del ser humano.

“El es la imagen del Dios invisible…”

La imagen, o sea, el cuerpo angelical. El Espíritu de Dios es la imagen del Dios viviente; y el Espíritu de Dios, el Ángel del Pacto, es Cristo en Su cuerpo angelical. Tan sencillo como eso.

Así como la imagen suya es el espíritu que está en usted, que es un cuerpo de otra dimensión; pero usted es alma viviente.

“…el primogénito de toda creación (Cristo es el Primogénito de toda Creación).

Porque en él fueron creadas todas las cosas…”

“En Él fueron creadas todas las cosas.” O sea, que toda la Creación original de Dios fue creada en Cristo.

Tan sencillo como esto: En un árbol de mango o de aguacate o de naranjas, hasta la mínima hoja y la mínima semilla que tenga la fruta, la cáscara y todo lo que está en la fruta, y en el árbol, las hojas; lo que ha hecho, todo fue creado en la semilla, estaba en la semilla; si no, no podía aparecer. Y toda la Creación fue creada en Jesucristo, en el Ángel del Pacto, en el Espíritu Santo; y de ahí vino a existencia siendo hablada la Palabra. Dios hablando por medio de Su cuerpo angelical, trajo a existencia todo lo que estaba en Él.

Por eso toda la Creación pertenece a Dios. Y por eso es que San Pablo dice en Hebreos, capítulo 3… o capítulo 1… Capítulo 3 es la Iglesia y también el pueblo hebreo como casa de Dios, pero el capítulo 1 dice, verso 1 en adelante:

“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas…”

¿Cómo hablaba al pueblo? Por medio de los profetas. “Porque no hará nada el Señor Jehová, sin que revele antes Sus secretos a Sus siervos los profetas.” Amós, capítulo 3, versos 7. Y también Zacarías, capítulo 7, verso 11 al 12 nos dice que Dios habló por medio de Su Espíritu al pueblo.

Recuerde que la forma de Dios hablar es por medio de Su Espíritu, el Ángel del Pacto, y usó velos de carne llamados profetas, allá en el Antiguo Testamento y luego en el Nuevo Testamento, comenzando con Jesús, habló a través de ese velo de carne llamado Jesús, que es un templo humano; porque el ser humano es un templo: tiene atrio (que es el cuerpo), tiene lugar santo (que es el espíritu) y tiene lugar santísimo (que es alma de la persona). Por eso el alma de la persona es el lugar para Dios morar.

Zacarías 7, versos 11 al 12, dice:

“Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír;

y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos enviaba por su Espíritu, por medio de los profetas primeros.”

¿Cómo Dios hablaba? Por medio de Su Espíritu a través de los profetas; o sea que el velo de carne eran los profetas, pero el que hablaba a través de ellos era Dios por medio de Su Espíritu Santo.

Por eso la Escritura dice que la profecía no vino conforme a voluntad humana, sino por inspiración del Espíritu Santo. [Hebreos 1:2]:

“…En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.”

O sea que los postreros días que comenzaron en el tiempo de Jesús, los días delante de Dios (que para los seres humanos son tres milenios: quinto, sexto y séptimo milenio), esos son los días postreros delante de Dios; así como jueves, viernes y sábado son los días postreros de la semana, los últimos tres días de la semana.

Ahora, aquí el apóstol Pablo está diciendo que Dios habló a través de Jesucristo en los días postreros, porque comenzaron en el tiempo de Jesús. Dice:

“…a quien constituyó heredero de todo (Él es el heredero de toda la Creación, y nosotros somos herederos y coherederos con Cristo nuestro Salvador), y por quien asimismo hizo el universo…”

Fue por medio de Cristo, el Ángel del Pacto, el Espíritu Santo, que Dios creó todo el universo.

“…el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia…”

¿Ve? ¿Cuál es la imagen de la sustancia de Dios? Cristo en Su cuerpo angelical. Cristo en Su cuerpo angelical, que es el Espíritu Santo, es la imagen del Dios viviente.

“…y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.”

Está sentado a la diestra de Dios, en el Trono. Y el que está en el Trono es el que tiene el poder, y el que está en el Trono es el Rey.

En Apocalipsis, capítulo 3, verso 20 al 21, dice: “Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi Trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en Su Trono.” ¿Ve? Ahí está dando Cristo en Espíritu Santo, dando testimonio de que Él está sentado en el Trono celestial.

Y… Dice: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.”

El Trono del Padre es el que está en el Cielo, donde está Cristo; y el Trono de Cristo es el Trono de David. O sea, que hay algo ahí muy importante, lo cual querían en San Mateo, capítulo 20, verso 20 al 24, Jacobo y Juan y la madre de ellos: sentarse cada uno a cada lado del Señor Jesucristo en Su Reino.

Querían esa posición: sentarse con Cristo en Su Trono. No se conformaban que Cristo ya les había dicho que tendrían un trono: “Ustedes se sentarán en doce tronos y juzgarán a las doce tribus de Israel.” Pero estaban tirándole el ojo al Trono del Señor, al Trono de David.

Alguien se sentará con Él en Su Trono, pues Él lo ha prometido y lo cumplirá. Así que dejemos que eso se cumpla y veremos lo que será el cumplimiento de esa persona, que será paralela a lo que fue el cumplimiento de las palabras de Cristo cuando dijo: “Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra de la majestad en las alturas (a la diestra del Padre).”

San Mateo, capítulo 26, versos 64, dice:

“Jesús le dijo: Tú lo has dicho.”

Esto fue cuando Caifás. El sumo sacerdote le pregunta, en el verso 63:

“Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.”

“Veréis al Hijo del Hombre…” ¿Cómo? Sentado a la diestra del poder de Dios. Y en Apocalipsis Él dice: “Así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en Su Trono.” Eso es sentarse a la diestra de la majestad de Dios.

Hay una bendición grande. La bendición más grande es para el grupo del Día Postrero de la Edad de Oro de la Iglesia, porque con esa etapa es que corona la Iglesia; y la Iglesia siendo un Templo espiritual, se corona con la construcción del Lugar Santísimo, que es la Edad de la Piedra Angular del Templo espiritual de Cristo.

Y así como vino al templo que construyó Salomón, al lugar santísimo, moró sobre el propiciatorio en medio de dos querubines de oro; y también al templo o tabernáculo que construyó Moisés. Cuando lo dedicó a Dios Moisés, vino Dios en la Columna de Fuego y moró dentro del lugar santísimo, sobre el propiciatorio, en medio de los dos querubines de oro. Así será también en este tiempo.

Allá hubo dos ángeles, dos querubines de oro sobre el propiciatorio, en el que construyó Moisés; y en el que construyó Salomón hubo dos querubines de oro también, pero también hubo —en adición— dos querubines gigantes de madera de olivo cubiertos de oro. Ahí estarán los ministerios de los Dos Olivos. El oro representa a Dios, la Divinidad; y el olivo, la madera. Ya son los ministerios de Moisés y Elías, de los Dos Olivos. Tan sencillo como eso.

“CREYENDO COMO DICE LA ESCRITURA.”

Y para creer como dice la Escritura, tenemos que oír lo que dice la Escritura.

Nos detuvimos aquí en donde dice [Colosenses 1:16]:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra…”

Las que hay en los Cielos primero, porque el mundo invisible es primero y luego el visible, el terrenal. Y cuando se refiere también a los cielos físicos con los planetas y todo, también cada planeta y cada galaxia tiene su tiempo en el cual vino a existencia.

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios…”

Si hay tronos, pues hay reyes, hay ciertos gobiernos.

Recuerden que hay un orden angelical, hay un orden en las huestes que no son visibles a la vista humana. Por ejemplo, el Arcángel Miguel viene a ser el Comandante en Jefe de sus huestes celestiales,∫ y Gabriel pues del grupo suyo, y así por el estilo.

“…todo fue creado por medio de él y para él.

Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia;

por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,

y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.”

Hemos visto aquí el origen de la Creación. Fue Dios por medio de Cristo, de Cristo en Su cuerpo angelical, que Dios habló a existencia todas las cosas; o sea, que pasaron de Dios a través de Su cuerpo angelical y vinieron a existencia; porque la Creación es el pensamiento de Dios expresado. Toda la Creación le pertenece a Dios. El heredero es Cristo y los creyentes en Cristo son coherederos de toda la Creación.

Recuerde que los primogénitos siempre tienen una herencia doble. Los creyentes en Cristo tienen herencia en la Tierra y en el Cielo, terrenal y celestial; por eso tendrán cuerpos glorificados. Porque cuerpos, si no están glorificados, no pueden ir a visitar su herencia en otras galaxias; no puede ir ni de vacaciones a visitar la familia que está en otras galaxias. O sea, los demás grupos que estén viajando…

Recuerden que con el cuerpo nuevo y eterno y glorificado igual al de Jesucristo, no hay limitaciones en cuanto a ir de un lugar a otro; se viajará a la velocidad del pensamiento o más rápido, porque con el nuevo cuerpo de seguro se piensa más rápido. O sea, que el mismo tiempo que usted tarda de levantarse, a lo mejor menos tiempo tardaría en ir a Júpiter; solamente pensando y ya está allí. Pero espere que llegue el momento en que tenga el cuerpo nuevo para que lo experimentemos cuando llegue el momento.

Vamos a ir a la Cena de las Bodas del Cordero en cuerpos nuevos y eternos, cuerpos glorificados. Así como Cristo subió y se sentó en el Trono de Dios, subiremos nosotros a la Cena de las Bodas del Cordero; permaneciendo ¿cómo? Creyendo como dice la Escritura.

Creyendo como dice la Escritura recibiremos todo lo que Él ha prometido para los creyentes en Cristo correspondientes al tiempo final; porque hay promesas en la Biblia para los creyentes en Cristo, que no se cumplieron en edades pasadas, pero que son para los creyentes de este tiempo final.

Por lo tanto, permanezcamos creyendo como dice la Escritura; y recibiremos todo lo que Dios ha prometido para nosotros para este tiempo final.

Ha sido para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, en esta plática que hemos tenido. Y hemos visto a través de la Escritura las grandes bendiciones que hay para nosotros.

Manténgase creyendo como dice la Escritura. Creyendo. No trate de razonar: crea. Y lo que no entienda por ahora, lo entenderá después, pero ya lo creyó. No espere a entenderlo primero para después creerlo. La Escritura es para creerla; y luego el Espíritu de Dios va dando el entendimiento, nos va abriendo las Escrituras y el entendimiento para comprenderla; pero lo primero es creer.

Dejo con ustedes nuevamente al misionero Miguel Bermúdez Marín para continuar. Y nos veremos mañana, Dios mediante, en la actividad correspondiente, en donde esperamos grandes bendiciones de parte de Dios, conforme a la Escritura.

Si hay bendiciones prometidas, las queremos. ¿Cómo? ¡Creyéndolas! Las creemos y se van a ir materializando cada una de ellas.

Parece que Miguel está esperando el postre…

Este es el tiempo en que todos los profetas del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, y los apóstoles y los mensajeros de las siete edades de la Iglesia desearon vivir; y nos ha tocado, ¿a quiénes? A nosotros.

Y las promesas que están en las Escrituras, que todos ellos de edades pasadas creyeron pero que no se cumplió en el tiempo de ellos, grandes bendiciones, las continuamos creyendo nosotros y se cumplirán. Por lo tanto, nos mantenemos creyendo como dice la Escritura.

Que Dios les bendiga y les guarde; y hasta mañana, Dios mediante.

“CREYENDO COMO DICE LA ESCRITURA.”

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