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Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?
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Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?

Muy buenos días, amables amigos y hermanos presentes, y los que están en diferentes países: ministros, congregaciones y hermanos. Es para mí una bendición grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final.

Y el sábado próximo estaré allá en Bogotá, en la reunión de ministros, y luego en la reunión de la Embajada Mundial de Activistas por la Paz de mediodía abajo; o sea, en la mañana en la reunión de ministros, y después de almuerzo en la reunión (allá también, en el mismo lugar), la reunión de la Embajada Mundial de Activistas por la Paz; y el domingo con todos los que se reunirán en el auditorio o coliseo (¿cuántos ya saben dónde es?) que el ingeniero Iván Sarmiento les indicó, ahí nos veremos nuevamente para continuar compartiendo momentos espirituales alrededor de la Palabra de Dios.

Así que oren mucho por esas actividades allá en Bogotá, Colombia, para el sábado todo el día en la mañana, como les dije, reunión de ministros y colaboradores, y hermanos y hermanas que allí estarán también, colaboradores y colaboradoras; y de mediodía abajo, como les dije, la reunión de la Embajada Mundial de Activistas por la Paz; y el domingo con todos los hermanos y hermanas que se reunirán, y ministros que se reunirán para el culto del domingo en la mañana, domingo próximo.

Así que continuaré acá en Colombia todos estos días, compartiendo la Palabra del Señor. Lo más importante es reunirnos para escuchar la Palabra de Dios, para alabar a Dios, glorificar a Dios, cantar salmos, himnos al Señor.

Para esta ocasión leemos en Job, capítulo 14, verso 14 (que viene a ser, en la Biblia que tengo aquí, la página 474 en esta Biblia; en otras Biblias puede ser diferente). Dice Job:

“Si el hombre muriere, ¿volverá á vivir?

Todos los días de mi edad esperaré,

Hasta que venga mi liberación.

Entonces llamarás, y yo te responderé.”

Y en el capítulo 19, verso 25, de Job también, dice:

“Yo sé que mi Redentor vive,

Y al fin se levantará sobre el polvo;

Y después de deshecha esta mi piel,

En mi carne he de ver a Dios;

Al cual veré por mí mismo,

Y mis ojos lo verán, y no otro,

Aunque mi corazón desfallece dentro de mí.”

“SI EL HOMBRE MURIERE, ¿VOLVERÁ A VIVIR?” Es la pregunta de Job.

“Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” Es la pregunta que muchas personas se hacen, y algunos no saben cómo esto sucederá. Todo ser humano que pasa por esta Tierra, aunque muera va a otra dimensión: los pecadores a la quinta dimensión (que es llamado el infierno), y los creyentes en Dios, en Cristo, van al Paraíso (llamada la sexta dimensión). Tan sencillo como eso.

Ahora, recordamos las palabras de Cristo que nos dice en San Juan, capítulo 11, verso 21 en adelante, cuando Jesús fue para resucitar a Lázaro; capítulo 11, verso 20… 19 en adelante, dice:

“…Y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano (o sea, por la muerte de su hermano).

Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa.

Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.

Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.

Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo.”

Ahora Cristo contesta la pregunta de Job, aunque Job también la contestó cuando dijo: “Yo sé que mi redentor vive”; o sea, el Señor, el Cristo. Y dijo que él lo vería con sus propios ojos, después que haya muerto él lo vería, y no otro; lo cual tuvo su cumplimiento cuando Cristo visitó el Paraíso al morir, donde estaban Abraham, Isaac, Jacob, los patriarcas, allá estaba también Job y los profetas, y Moisés también, todos ellos; y cuando Cristo resucitó, resucitaron con Él los santos del Antiguo Testamento que estaban en el Paraíso. San Mateo, capítulo 27, verso 51 en adelante, dice:

“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron;

y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;

y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él…”

Salieron de los sepulcros ¿después de que? De la resurrección de Cristo; o sea, que Cristo resucitó y resucitaron con Cristo los santos del Antiguo Testamento, salieron de los sepulcros. Y ¿qué sucedió?

“…vinieron a la santa ciudad (o sea, a Jerusalén), y aparecieron a muchos.”

Allí estaba Job también, viendo a su Redentor con sus propios ojos, y Job resucitado, volvió a vivir Job.

También tenemos el caso de la resurrección de Lázaro, el cual volvió a vivir porque Cristo el Redentor lo resucitó; y Lázaro es tipo y figura de todos los creyentes en Cristo que forman la Iglesia del Señor Jesucristo, los cuales están conscientes que si… están conscientes de que si mueren no tendrán problema, volverán a vivir. Dice Cristo [San Juan 11:25-26]:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?”

También nosotros lo creemos como creía Marta y María. Nosotros sabemos, conocemos, quién es nuestro Redentor. Su Nombre es: Señor Jesucristo, nuestro Redentor, nuestro Salvador. Y el que cree en Cristo no morirá eternamente si muere físicamente: va al Paraíso donde continúa viviendo en cuerpo angelical; y cuando Cristo complete Su Obra de Intercesión en el Cielo como Sumo Sacerdote, saldrá del Trono del Padre y tomará el Título de Propiedad; ahí Cristo sale como León de la tribu de Judá, como Rey de reyes y Señor de señores, para llevar a cabo Su Obra de Reclamo; reclamar a todos aquellos que Él con Su Sangre ha redimido, que son los que forman la Iglesia del Señor Jesucristo, de edad en edad, de etapa en etapa.

Y Él luego que haya tomado el Título de Propiedad y abierto ese Título en el Cielo, el Título de la vida eterna, pasará por el Paraíso, por la sexta dimensión. O sea, estando en la séptima dimensión, la dimensión de Dios, donde está Dios, de ahí bajará a la sexta dimensión, donde están los creyentes en Cristo con sus mensajeros que han partido en edades pasadas, donde está cada uno de los mensajeros, incluyendo al reverendo William Branham, cada uno con su grupo; pasará por cada uno de los grupos de cada edad, juzgará al mensajero y luego vendrá con ellos a la Tierra para resucitarlos en cuerpos eternos, cuerpos glorificados como Él lo ha prometido.

Vamos a ver si Él lo ha prometido o no, porque si lo prometió Él lo va a cumplir. San Juan, capítulo 6, versos 39 al 40, donde nos dice:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”

Aquí Cristo establece en qué día Él va a resucitar a los muertos creyentes en Él: en el Día Postrero, en el Día Postrero delante de Dios.

Recuerden que un día delante del Señor, para los seres humanos es como mil años; o sea, que será en el Día Postrero, que siempre es el séptimo. El día postrero de la semana es el séptimo día de la semana: el sábado; y el séptimo día delante de Dios es el séptimo milenio, en el cual Cristo va a establecer Su Reino en este planeta Tierra. Pero antes de eso, Él va a resucitar a los muertos creyentes en Él en cuerpos glorificados y eternos, y va a transformar a los creyentes que estén vivos en el Día Postrero; y los va a llevar con Él a la Cena de las Bodas del Cordero en el Cielo, la fiesta más importante que se haya llevado a cabo en el Cielo.

Por eso dice en Apocalipsis, capítulo 19, versos 9 al 10: “Bienaventurados los que son convidados a la Cena de las Bodas del Cordero.” Yo he sido convidado y he aceptado esa invitación, y ¿quién más? Cada uno de ustedes también.

Por eso estamos esperando que Cristo complete Su Iglesia, por lo cual se predica el Evangelio de Cristo, se continúa predicando el Evangelio de Cristo, porque así es como Él llama a Sus ovejas, a los que formarán parte de Su Iglesia de edad en edad.

Por eso Él dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16). Esa es la Voz de Cristo llamando y juntando a Sus escogidos.

Recuerden, en San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30, Él dice: “Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.” Esa es una promesa divina para ser cumplida en el Día Postrero; por eso nos dice en el capítulo 10 también, verso 16 en adelante, dice:

“También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.”

La Voz de Cristo es el Evangelio siendo predicado por el Espíritu Santo a través de los diferentes mensajeros que Él envía; y Él es el Buen Pastor; el Redil es la Iglesia del Señor Jesucristo; y las ovejas ¿quiénes son? Todos nosotros que hemos escuchado y continuamos escuchando la Voz de Cristo, la Palabra del Señor.

Y esperando Su Venida a Su Iglesia en el Día Postrero, en el cual ya vivimos, porque conforme al calendario gregoriano ya estamos en el séptimo milenio de Adán hacia acá; por consiguiente, estamos en el tiempo en que de un momento a otro Cristo completará Su Iglesia y vendrá con los creyentes que están en el Paraíso, y les resucitará en cuerpos eternos y glorificados, los cuales cuando el reverendo William Branham estuvo en la sexta dimensión, el Paraíso, fue llevado a los creyentes en Cristo que murieron en el tiempo del reverendo William Branham, que son el grupo de escogidos bajo la dirección del Espíritu Santo a través del ministerio del reverendo William Branham; y él vio que todos eran jóvenes, representando de 18 a 21 años de edad.

Tenían el cabello, unos de un color, otros de otro color, como es en la Tierra: unos de un color y otros de otro color; y los vio muy felices; y eso es en el cuerpo espiritual, en el espíritu; porque el espíritu de la persona es un cuerpo de otra dimensión, así como el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, es el Ángel del Pacto, es el cuerpo angelical, cuerpo teofánico de Dios.

Por eso los que vieron al Ángel de Jehová estaban viendo a Dios en Su cuerpo angelical, y ese cuerpo angelical es Cristo en Su cuerpo angelical; y los que vieron a Jesús estaban viendo a Dios con Su cuerpo angelical dentro del cuerpo de carne llamado Jesús; por eso Cristo decía: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.” (San Juan, capítulo 14, verso 6 en adelante). Así como el que veía – el que había visto al Ángel del Pacto estaba viendo a Dios.

Por eso cuando Jacob luchó con el Ángel en el capítulo 32 del Génesis, y no lo soltó hasta que recibió la bendición del Ángel de Jehová, luego Jacob dice que le puso por nombre Peniel al lugar, porque dijo: “Vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma.” Dijo que vio a Dios cara a cara… Capítulo 32 del Génesis, verso 29 en adelante, dice… 28 dice, o un poco antes, del 26 en adelante, dice:

“Y dijo: Déjame, porque raya el alba. Y Jacob le respondió: No te dejaré, si no me bendices.

Y el varón le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él respondió: Jacob.

Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.

Entonces Jacob le preguntó, y dijo: Declárame ahora tu nombre. Y el varón respondió: ¿Por qué me preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí.

Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.

Y cuando había pasado Peniel le salió el sol; y cojeaba de su cadera.”

Es mejor cojo y con la bendición del Ángel, que bien de las piernas sin la bendición de Dios. Y algunas veces, luchando por la bendición, algunas veces tenemos algunos problemas, pero logramos la bendición, que es lo más importante y que trasciende a la vida eterna.

Por lo tanto, es importante saber estas cosas, y saber que ese Ángel que le apareció a Jacob, el cual le había aparecido a Abraham también como Melquisedec y como Elohim…; y en el capítulo 14 como Melquisedec; y en el capítulo 18 como Elohim, cuando visitó a Abraham con los Arcángeles Gabriel y Miguel para confirmarle la promesa de que vendría el hijo el próximo año, y para la destrucción de Sodoma y de Gomorra.

Por lo tanto, Melquisedec es Cristo en Su cuerpo angelical; y por consiguiente, es Dios dentro de Su cuerpo angelical, dentro de Cristo el Ángel del Pacto. Por eso es que cuando le apareció a Moisés en el capítulo 3 del Génesis, le dice: “Yo soy el Dios de tu padre (o sea de Amram el padre de Moisés), y el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.”

¿Y cómo el Ángel puede decir que Él es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, si es el Ángel de Jehová? Porque el Ángel de Jehová es la imagen del Dios viviente, es el cuerpo angelical de Dios.

Por eso aunque en el Antiguo Testamento muchas personas, profetas de Dios, hombres de Dios, dicen que han visto a Dios y que hablaron con Dios…, como Manoa también, cuando habló con el Ángel de Jehová, el cual le dijo a Manoa y a su esposa, la señora Manoa, que iban a tener un niño —el cual, pues sería Sansón—, y Manoa pensó: “Este varón no sabemos quién es,” y le pregunta: “¿Cuál es tu nombre?”

El Ángel le dice: “¿Por qué preguntas por mi nombre, el cual es admirable?”

Y Manoa le ofreció un cabrito, porque Abraham le había ofrecido una becerra tierna, y había aceptado Elohim; y ahora, él sabe allí que está un Ángel, y le ofrece una comida (ya sea almuerzo o cena).

Y el Ángel le dice: “Si quieres ofrendar, sacrificar, ofrécelo a Jehová.”

Y lo trajo preparado, y lo colocó sobre la piedra; y el Ángel subió en el fuego de ese sacrificio que estaba siendo ofrecido a Dios.

Y entonces Manoa supo que Ése era el Ángel de Jehová; y le dice a su esposa: “Hemos de morir…” Eso está en el capítulo 13 del libro de los Jueces. “Hemos de morir porque hemos visto a Dios cara a cara.”

¿Ven? Siempre que veían al Ángel estaban viendo a Dios, estaban viendo a Dios en Su cuerpo angelical.

Igual es cuando Cristo dice: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre,” porque está viendo a Dios en Su cuerpo de carne, en Su cuerpo físico, Emanuel: Dios con nosotros.

También en el capítulo 1 de San Juan, verso 14, porque: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. (…) Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.” San Juan, capítulo 1, verso 1 en adelante. Y en el capítulo 1, verso 14, dice: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”

El Verbo que era con Dios y era Dios se hizo carne; por consiguiente, se hizo hombre de esta dimensión terrenal para llevar a cabo la Redención del ser humano. Y en el capítulo 1, verso 18, dice: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró, él le ha dado a conocer.”

La forma en que Dios se ha dado a conocer desde el Génesis hasta el Apocalipsis ha sido a través del Hijo de Dios, del Unigénito de Dios, de Cristo; ha sido así porque Cristo en Su cuerpo angelical es la imagen del Dios viviente, y Cristo en Su cuerpo de carne es la semejanza física de Dios. Por eso es que la Venida del Señor fue en forma de un hombre como los demás seres humanos, y el cuerpo angelical es como el cuerpo de un hombre pero de otra dimensión; no es de carne y sangre y huesos.

Y por eso fue que Dios dijo en el capítulo 1, verso 26 al 28, del Génesis: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.” Y creó al ser humano a Su imagen y semejanza. A Su imagen: cuerpo angelical, cuerpo espiritual; a Su imagen: espíritu, como Dios es Espíritu en Su cuerpo angelical. Y Su semejanza: cuerpo físico de carne como el cuerpo físico de Jesús; así hizo al ser humano. Tan sencillo como eso.

Es importante conocer a Dios y conocerse cada persona; conocer lo que es la persona: alma, que es lo que es en realidad; espíritu: un cuerpo espiritual de otra dimensión; y carne: un cuerpo de carne para vivir en esta Tierra y hacer contacto con Cristo, y por consiguiente con la vida eterna, para asegurar nuestro lugar en la vida eterna, confirmar nuestro lugar en la vida eterna.

Estamos escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, y por eso es que Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen.” Y también dice en ese mismo capítulo 10 de San Juan: “Y yo las llamo por su nombre.” O sea, que Él sabe, conoce el nombre de cada uno de los creyentes en Él, porque está escrito en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, ¿desde cuándo? Desde antes de la fundación del mundo.

Y si nos pusieron por casualidad el nombre que no es el que tenemos en el Cielo, no se preocupe que cuando tenga el cuerpo nuevo tendrá el nombre que Dios colocó en el Libro de la Vida del Cordero para usted; así que no hay problema en cuanto a eso.

Es importante saber estas cosas, porque así conocemos mejor a Dios y nos conocemos a nosotros mismos, y nos damos cuenta que no estamos aquí por mera casualidad, sino por causa de un Programa Divino, en el cual estamos incluidos para ser rociados con la Sangre de Cristo, ser limpiados con Su Sangre de todo pecado, ser bautizados en agua en Su Nombre, y Él bautizarnos con Espíritu Santo y Fuego, y producir en nosotros el nuevo nacimiento.

Recuerden que Cristo dijo a Nicodemo en San Juan, capítulo 3, verso 1 al 6: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Espíritu, no puede ver el Reino de Dios.” Y Nicodemo no comprendió: “el que no nazca de nuevo,” entonces Nicodemo le pregunta a Jesús: “¿Cómo puede hacerse esto?” Porque es que la persona que está interesada en entrar al Reino de Dios quiere saber cómo tiene que hacer para entrar al Reino de Dios; entrar al Reino de Dios significa que entra a la vida eterna, entra al Reino de vida eterna, en el Reino de Cristo.

Y Cristo le dice a Nicodemo que es necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios; y Nicodemo lo toma, la pregunta, las palabras de Cristo las toma en lo literal, y pregunta: “¿Cómo puede hacerse esto?, ¿puede acaso el hombre ya siendo viejo entrar en el vientre de su madre y nacer?” Cristo le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios.” Ahí le explica más claramente, y le dice: “Lo que sabemos hablamos.” ¿Ven? Cristo le está hablando de lo que Él sabe que hay que hacer para entrar al Reino de Dios.

Por eso la persona cuando escucha la predicación del Evangelio de Cristo y recibe la fe, nace la fe de Cristo en su alma, y lo recibe como Salvador, y es bautizado en el Nombre del Señor, en el bautismo, y Cristo lo bautiza con Espíritu Santo; la persona ha nacido del Agua: del Evangelio, y del Espíritu Santo, y ha entrado al Reino de Dios. Esa es la única forma en que la persona puede entrar al Reino de Dios, al Reino de Cristo; no hay otra forma para entrar al Reino de Cristo.

Por eso es que en San Juan, capítulo 1, nos dice la Escritura de la siguiente manera… Así como hemos entrado a este reino terrenal, a este mundo…, ¿y cómo entramos? Naciendo en esta Tierra a través de nuestros padres; tuvimos que nacer para estar viviendo en este mundo, en este reino terrenal. Ahora miren lo que nos dice aquí San Juan, capítulo 1, verso 11 al 13, dice:

“A lo suyo vino (o sea, al pueblo hebreo), y los suyos no le recibieron.

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios;

los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (son engendrados por el Espíritu Santo, y así nacen en el Reino de Cristo).”

Y así como hemos nacido en este reino terrenal de mortales, en un cuerpo mortal, como descendientes de Adán y Eva… Ellos perdieron la vida eterna, no esperaron a ser adoptados, perdieron la vida eterna; y lo que les quedó fue vida temporal. Y eso es lo que hemos heredado físicamente de Adán y Eva: vida terrenal, mortal, temporal. Pero el segundo Adán, que es Cristo, el cual está representado en el grano de trigo que es sembrado en tierra para reproducirse, dice: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, Él solo queda; pero si cae en tierra y muere, mucho fruto lleva.” (San Juan, capítulo 12, verso 24).

Es importante comprender que Cristo es el segundo Adán y Su Iglesia la segunda Eva; y Cristo, de etapa en etapa, de edad en edad, en Su manifestación de amor divino a y con Su Iglesia, se reproduce en muchos hijos e hijas de Dios; esos son los granos de trigo de los cuales habla Cristo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, Él solo queda; pero si cae en tierra y muere, mucho fruto lleva,” muchos granos de trigo igual al Grano de trigo que fue sembrado en tierra, muchos hijos e hijas de Dios.

Y así como del grano de trigo nace una planta de trigo, y a través de esa planta de trigo la vida que estaba en el grano de trigo se reproduce en muchos granos de trigo; Cristo, el Grano de trigo, al morir, de Cristo surgió luego la Iglesia del Señor Jesucristo a través de la cual Cristo se reproduce en muchos hijos e hijas de Dios. Tan sencillo como eso.

Y esa es la descendencia del Segundo Adán, esa es la descendencia de los hijos e hijas de Dios, esa es la descendencia de seres humanos a imagen y semejanza de Dios.

Por eso Cristo les da el Espíritu Santo, y luego les dará el cuerpo físico inmortal, incorruptible y glorificado, igual a Su propio cuerpo, en la resurrección; y para los que estén vivos: en la transformación. Y eso será la adopción como los hijos e hijas de Dios.

Y San Pablo dice en Romanos, capítulo 8, versos 14 al 39, que eso es la adopción, la redención del cuerpo; porque estos cuerpos tienen que recibir esa parte de la redención: la transformación, para ser inmortales, eternos y jóvenes para toda la eternidad. Por eso el apóstol Pablo, conocedor de ese misterio tan grande, nos dice en Filipenses, capítulo 3, verso 20 al 22 o 20 al 21, dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos…”

Y ahora, somos ciudadanos del Cielo, estamos sentados en lugares celestiales con Cristo Jesús Señor nuestro, ciudadanos del Cielo. Así como recibimos la ciudadanía terrenal al nacer a través de nuestros padres, al obtener el nuevo nacimiento hemos nacido del Cielo y somos ciudadanos celestiales, tenemos ciudadania celestial; porque el nuevo nacimiento no es terrenal sino celestial. Y para estas personas dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

¿Para qué viene Cristo en el Día Postrero a Su Iglesia? Para transformar nuestros cuerpos, para que nuestro cuerpo sea conforme a la semejanza física de Su cuerpo glorificado; para eso es la Segunda Venida de Cristo a Su Iglesia.

Y por eso la Iglesia del Señor Jesucristo lleva unos dos mil años y algo, alrededor de dos mil años, esperando la Venida del Señor para la resurrección de los muertos en Cristo en cuerpo glorificados, y la transformación de los que estén vivos; para ser todos a imagen y semejanza de Cristo, ir con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero, la fiesta más importante que jamás se haya llevado a cabo en el Cielo. A la cual yo fui invitado y acepté esa invitación, ¿y quién más? Cada uno de ustedes también.

De la Venida del Señor y la resurrección de los muertos y transformación de los vivos, y el arrebatamiento de la Iglesia, es que nos habla Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, versos 11 al 18; y también nos habla capítulo 5, verso 1 al 11; y nos habla Primera de Corintios, capítulo 15, versos 49 al 58.

Es promesa para los creyentes en Cristo, de una resurrección para los que murieron en Cristo y una transformación para los que estén vivos en el Día Postrero. Recuerden que Cristo enseñó que sería en el Día Postrero la resurrección de los creyentes en Él, y para los que estarán vivos será la transformación; y eso será a la Final Trompeta, o sea, al Final Mensaje de Dios.

Por lo tanto, la pregunta de Job: “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” Claro que sí, él mismo la contestó en el capítulo 19, verso 25, cuando dijo: “Yo sé que mi Redentor vive.” Y todos sabemos que nuestro Redentor, Jesucristo, vive; y vive en cuerpo glorificado eterno, inmortal, incorruptible y joven para toda la eternidad; y Él mismo será el que nos transformará; y a los que murieron los resucitará en cuerpos eternos y glorificados.

Por lo tanto, continuaré esperando Su Venida y esperando mi transformación. Y ¿quién más? Cada uno de ustedes también. Continuaremos esperando… esperando sin desmayar; cada día, con nuestra fe cada día más firme en Cristo, sabiendo que cada día que pasa y cada año que pasa es un año más cerca de nuestra transformación; y cuando seamos transformados podremos decir como David en el Salmo 17, verso 15, donde dice:

“En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia;

Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza.”

“Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza.” Él despertó a la semejanza allá en la resurrección de los santos del Antiguo Testamento, a la semejanza de Cristo en cuerpo nuevo y un cuerpo eterno; y los creyentes en Cristo despertarán a la semejanza de Cristo en la resurrección; y los que estemos vivos despertaremos en un nuevo cuerpo que Él nos dará con la transformación; seremos transformados en cuerpos inmortales, incorruptibles, glorificados y jóvenes para toda la eternidad; el cuerpo que Dios diseñó para mí, ¿y para quién más? Para cada uno de ustedes, desde antes de la fundación del mundo.

Y lo vamos a ver, vamos a ver cómo es ese cuerpo. Y cuando estemos en ese cuerpo nuevo vamos a decir: “¡Qué bien me siento en este cuerpo!, ¡este era el cuerpo que yo necesitaba: un cuerpo a la semejanza del cuerpo glorificado de Cristo nuestro Salvador!”

El mundo no tiene futuro, pero los creyentes en Cristo tienen un futuro eterno tan grande que estamos tan agradecidos a Dios por Cristo nuestro Salvador; “porque las cuerdas nos han caído en lugares deleitosos y grande es la heredad que nos ha tocado.”

Los creyentes en Cristo tienen la bendición y privilegio más grande que ser humano pueda tener. Por lo tanto: firmes en la fe de Cristo hasta obtener la victoria, hasta obtener nuestra transformación.

Y si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo, y la fe de Cristo nació en su corazón mientras escuchaba la Palabra, lo puede recibir como su Salvador, y estaremos orando por usted; para lo cual puede pasar al frente y estaremos orando por usted.

Ya Cristo le ha hablado a su corazón a través de la predicación del Evangelio, y nació la fe de Cristo en su alma; ahora le toca a usted la otra parte.

“La fe viene por el oír la Palabra,” y “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” [Romanos 10:17, 10:10] Ahora le toca a usted hacer confesión pública de su fe en Cristo y de la fe de Cristo en usted para salvación y vida eterna.

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo,” dice Cristo en San Marcos, capítulo 16, versos 15 al 16.

Por tanto, es un asunto de vida eterna para todo ser humano escuchar el Evangelio y recibir a Cristo como su único y suficiente Salvador. No hay otro camino hacia Dios. El mismo Cristo lo dijo, Él dijo: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (San Juan, capítulo 14, verso 6).

No hay otro camino a Dios, no hay otro camino que lleve a la persona hacia Dios; solamente Cristo es el Camino. No hay otra verdad, solamente Cristo es la Verdad. No hay otra vida, solamente Cristo es la Vida Eterna. “En Él estaba la Vida, y la Vida era la Luz de los hombres.”

Cristo tiene la exclusividad de la vida eterna, por eso dice Primera de Juan, capítulo 5, verso 10 al 13:

“Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.

El que tiene al Hijo, tiene la vida (o sea, ¿tiene qué? La vida eterna); el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.”

O sea, que lo que algunas personas dicen: “Todos los caminos llevan a Dios,” Cristo dice diferente y los apóstoles dicen diferente a esa idea que algunas personas tienen, que piensan que todos los caminos llevan a Dios. Solamente Cristo, que es el Camino, es el camino hacia Dios, es el que lleva a Dios a cada persona que lo recibe como su Salvador; porque Cristo es el Intercesor entre Dios y el ser humano.

Cristo es nuestro Pariente Redentor, Cristo es nuestro Salvador, Cristo es el Sumo Sacerdote del Templo celestial, Él es Melquisedec en el Cielo.

Es importante tener a Cristo acá en el alma, en el corazón.

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;

Porque de él mana la vida.” [Proverbios 4:23]

Y estando Cristo acá en el corazón, que es la vida eterna, de ahí mana la vida eterna para el ser humano; porque cuando Cristo es colocado en el corazón, Él le da vida eterna a la persona.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han venido, que están viniendo a los Pies de Cristo.

Los niños de 10 años en adelante también pueden venir a los Pies de Cristo; y los que están en otras naciones también pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo nuestro Salvador.

Recuerden que no hay otro camino que lleve a Dios, solamente Jesucristo. No hay otra vida sino Cristo la Vida Eterna; y Él es el único que puede otorgarle vida eterna al ser humano: “Mis ovejas oyen mi Voz, y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna.” Es el único que da vida eterna al ser humano, a las ovejas que el Padre le dio para que las busque y les dé vida eterna. Porque el Hijo del Hombre vino, ¿a qué?, a buscar y a salvar lo que se había perdido.

El ser humano en el Huerto del Edén se había perdido, y Cristo vino, el segundo Adán, a buscar lo que se había perdido, para darle vida eterna: produciendo el nuevo nacimiento en la persona.

Todos queremos vivir eternamente, para lo cual tenemos que tener vida eterna. Y el que tiene vida eterna para darle al ser humano es Jesucristo nuestro Salvador. Y mientras vivimos en estos cuerpo mortales tenemos que aprovechar el tiempo para obtener la vida eterna a través de Cristo nuestro Salvador; porque el ser humano no sabe cuántos años va a vivir en la Tierra; algunos viven días, meses, poquitos años; algunos mueren siendo niños o jóvenes o ya adultos o ancianos; y usted no sabe a qué edad ha de partir de esta Tierra; por lo tanto, es necesario tener asegurado nuestro futuro eterno con Cristo en Su Reino eterno.

El tiempo que Dios nos ha dado para estar en esta Tierra es para que recibamos a Cristo como Salvador, seamos lavados con la Sangre de Cristo de todo pecado, seamos bautizados en agua en Su Nombre, y Él nos bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en nosotros el nuevo nacimiento; y así nazcamos en el Reino eterno de Cristo con vida eterna.

Se nace en el Reino de Cristo, se nace a la vida eterna. Ese es el nuevo nacimiento que Cristo da, produce en la persona, por medio de Su Espíritu.

Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, nuestros ojos cerrados:

Padre celestial, vengo a Ti en el Nombre del Señor Jesucristo con todas estas personas que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador, y están aquí presentes o en otras naciones. Recíbelos en Tu Reino, te lo ruego, en el Nombre del Señor Jesucristo.

Y ahora repitan conmigo esta oración:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón, en mi alma.

Creo en Ti con toda mi alma, creo en Tu Primera Venida, y creo en Tu Nombre como el único nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y que necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti, y te recibo como mi único y suficiente Salvador. Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y produzcas en mí el nuevo nacimiento luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre.

Quiero nacer en Tu Reino, quiero vivir eternamente. Haz una realidad en mí, la salvación que ganaste para mí en la Cruz del Calvario. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén.

Cristo les ha recibido porque ustedes han escuchado el Evangelio de Cristo y nació la fe Cristo en vuestra alma, y han estado dando testimonio de la fe de Cristo en vuestra alma, recibiéndolo como único y suficiente Salvador, dando testimonio para salvación.

Por lo tanto, ustedes me dirán: “Quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, porque Él dijo: ‘El que creyere y fuere bautizado, será salvo.’ ¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta de cada uno de ustedes que están recibiendo a Cristo como vuestro único y suficiente Salvador.

Bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.

Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; cuando el ministro lo sumerge en las aguas bautismales, tipológicamente, simbólicamente, está siendo sepultado; y cuando lo levanta de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno. Tan sencillo como eso.

Por eso en el bautismo en agua la persona se está identificando con Cristo en la muerte de Cristo, en la sepultura de Cristo y en la resurrección de Cristo; todo eso está representado en el bautismo en agua, y por eso es tan importante el bautismo en agua, porque somos bautizados en Su muerte, sepultura y resurrección.

Es que así como en Adán estaba la simiente que poblaría el planeta Tierra, él fue la primera semilla humana que fue colocado en la Tierra; y luego encontramos que el segundo Adán, Cristo, es la semilla, la simiente para una nueva creación, una nueva raza con vida eterna que Dios estaría creando, trayendo a existencia.

Y ahora, encontramos que así como en Adán estaban todos los seres humanos, allá representados en Adán; en Cristo, todos los que formarían la Iglesia, esa nueva raza con vida eterna, estábamos representados; así como en Abraham estaban Isaac, Jacob, Leví.

Por eso San Pablo, en el capítulo 7 de los Hebreos, dice que cuando Abraham diezmó a Dios, Leví —que estaba en los lomos de Abraham— estaba diezmando a Dios; y Leví no había nacido, y el padre de Leví (Jacob) tampoco había nacido, y el padre de Jacob (Isaac) tampoco había nacido; y dice la Escritura que estaba Leví en los lomos de Abraham.

Nosotros estábamos en Cristo, y por eso es que al aparecer en esta Tierra escuchamos Su Voz: “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen.” Dice también: “Yo las llamo por su nombre…” Él dice: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; las cuales también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.” El Rebaño es la Iglesia, el Pastor: Cristo, y las ovejas nosotros. Tan sencillo como eso. Estábamos todos en Cristo y con Cristo.

Por eso somos simiente de Dios, hijos e hijas de Dios, por medio de Cristo el Hijo de Dios. Descendientes de Dios por medio de Cristo. A imagen y semejanza de Dios. Es la meta de Dios con todos los que están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, los cuales son traídos por Dios a vivir en esta Tierra, cada uno en el tiempo que le corresponde.

Usted y yo no elegimos vivir en este tiempo, fue Dios el que eligió enviarnos a la Tierra en este tiempo. Gracias a Dios que no vinimos en el tiempo en que los echaban a los leones; aunque hoy en día es más difícil, pero no hay tanto riesgo de que un león se los coma; pero es un tiempo de lucha espiritual, mental, que hay que obtener la victoria en esa lucha.

Manteniéndonos firmes en Cristo, bien agarrados, como se agarró Jacob del Ángel hasta que recibió la bendición del Ángel; y bien agarrados de Cristo el Ángel del Pacto (del cual se agarró Jacob), hasta que seamos bendecidos con nuestra transformación; y después se acabaron los problemas.

Bien pueden ser bautizados, y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego; y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. Y nos continuaremos viendo eternamente en el Reino de Cristo nuestro Salvador. Recordando que Él es el segundo Adán. Somos descendientes del segundo Adán: Jesucristo nuestro Salvador, como ciudadanos celestiales.

Dejo al ministro Mauricio Vivas para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor.

“SI EL HOMBRE MURIERE, ¿VOLVERÁ A VIVIR?” ¡Claro que sí! Cristo lo dijo, Cristo mismo dijo: “El que esté muerto, vivirá.”

Dejo con ustedes al reverendo Mauricio Vivas, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo.

Que Dios les bendiga y les guarde y les fortalezca grandemente; y les abra las Escrituras y el entendimiento para comprender las Escrituras, la Palabra del Señor, y cada día estar más firmes en Cristo nuestro Salvador.

Dios les bendiga y les guarde. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

“SI EL HOMBRE MURIERE, ¿VOLVERÁ A VIVIR?”

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