Conferencias

Dios demanda obediencia a Su Palabra
Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on skype
Share on email
Share on print

Descargas

Traducciones

Reproducir vídeo

Dios demanda obediencia a Su Palabra

Muy buenas noches, amados amigos y hermanos presentes, y los que están en diferentes naciones a través de internet o en algún otro medio de comunicación. Que las bendiciones de Cristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Un saludo también para el misionero Miguel Bermúdez Marín y su esposa Ruth, allá donde se encuentran en estos momentos; y a todos los ministros en diferentes naciones.

Leemos Apocalipsis, capítulo 1, versos 1 al 3, donde nos dice de la siguiente manera:

La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan,

que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto.

Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

Nuestro tema para esta ocasión es: “DIOS DEMANDA OBEDIENCIA A SU PALABRA.”

Todo ser humano desea las bendiciones de Dios, y desea —sobre todo— la vida eterna; y todas las bendiciones de Dios vienen de edad en edad y de dispensación en dispensación, a los que están dentro del Pacto Divino correspondiente a ese tiempo.

Si estuviéramos viviendo en el tiempo de Moisés, de Josué, de los jueces, de los profetas y de los reyes, tendríamos que estar bajo el Pacto de la Ley; y de acuerdo a ese Pacto establecido: vivir, actuar. Y de acuerdo a ese Pacto prometido o establecido por Dios, al cual entraba el pueblo, recibía las bendiciones de Dios, si hacía de acuerdo a las palabras del Pacto establecido por Dios; pero si hacía contrario, desobedeciendo la Palabra de Dios para el pueblo dentro de ese Pacto, entonces venían las maldiciones Divinas; las cuales les fueron dadas a conocer: las bendiciones en el monte Gerizim, y las maldiciones en el monte Ebal, cuando entraron a la tierra prometida.

Seis tribus se paraban en el monte Gerizim y seis en el monte Ebal. Eran habladas las bendiciones desde el monte Gerizim, y todo el pueblo escuchaba; y luego desde el monte Ebal eran habladas las maldiciones, y el pueblo escuchaba. Ambos montes estaban cerca el uno del otro, y el pueblo escuchó lo que tenía que hacer para recibir las bendiciones de Dios: escuchar la Palabra de Dios que le había sido dada bajo el Pacto que fue establecido por Dios con el pueblo hebreo en el monte Sinaí, donde le fueron dadas las dos tablas con los diez mandamientos, y también Moisés por Palabra de Dios le dio al pueblo ordenanzas y leyes para todo Israel, desde ahí, y a través de todo el trayecto que tuvo el pueblo hebreo.

El Legislador era Dios; y por Decreto Divino le fueron dadas —a través del profeta Moisés— leyes y ordenanzas para todo el pueblo; para lo cual se requería que el pueblo fuera obediente a lo que Dios le habló y que no se tornara a la idolatría, no tuviera ídolos; porque si tenía ídolos y adoraba ídolos, entonces le vendrían las maldiciones Divinas.

El pueblo, por lo que vemos a través de la historia, era dado a la idolatría. Los antepasados de Abraham eran de territorios donde la idolatría imperaba, y ellos mismos tenían ídolos, como lo vemos a través de la Escritura.

En una ocasión encontramos a Josué hablándole al pueblo para que ellos decidieran a quién iban a servir: o a Dios o a los ídolos. Eso está en Josué, capítulo 24, verso 19 en adelante… dice… Vamos a leer desde el verso 14 en adelante, del capítulo 24 de Josué que dice, Josué hablándole al pueblo dice:

Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.”

Los antepasados del pueblo que salió y entró a la tierra prometida…, salieron de Egipto, y los que entraron a la tierra prometida, los antepasados de ellos servían a ídolos al otro lado del río, del Jordán, al otro lado del Jordán, antes de entrar a la tierra prometida; y le fue ordenado que quitara los ídolos y sirvieran a Dios de todo corazón. Dice:

Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.”

Así fue bajo el Antiguo Testamento o Antiguo Pacto; y bajo el Nuevo Pacto yo digo: “Yo y mi casa serviremos al Señor Jesucristo.”

“Entonces el pueblo respondió y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses;

porque Jehová nuestro Dios es el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre; el que ha hecho estas grandes señales, y nos ha guardado por todo el camino por donde hemos andado, y en todos los pueblos por entre los cuales pasamos.

Y Jehová arrojó de delante de nosotros a todos los pueblos, y al amorreo que habitaba en la tierra; nosotros, pues, también serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios.

Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados.

Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien.

El pueblo entonces dijo a Josué: No, sino que a Jehová serviremos.

Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos.

Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel.

Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.

Entonces Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem.

Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios; y tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario de Jehová.

Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová nos ha hablado; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios.

Y envió Josué al pueblo, cada uno a su posesión.”

Es importante servir a Dios en la dispensación que a la persona le toca vivir. Si viviéramos en el tiempo de Noé teníamos que servir a Dios de acuerdo a como estaba establecido para ese tiempo.

Recuerde que hay siete dispensaciones, y de acuerdo a la dispensación en que la persona vive, de acuerdo a la Palabra de Dios para esa dispensación, se sirve a Dios y se reciben las bendiciones de Dios.

La Palabra de Dios viene al pueblo a través de Dios por medio de Su Espíritu manifestado en un hombre, en un profeta que Dios inspira, que Dios unge; y le revela esa Palabra, y él la da al pueblo; y el pueblo la escucha. Y si el pueblo es obediente, le dice: “Amén” a esa Palabra y la guarda. Y si no es obediente, entonces no hace de acuerdo a esa Palabra y no puede recibir las bendiciones de Dios.

Ahora, vean ustedes lo sencillo que es para recibir las bendiciones de Dios: hacer como Dios dice que se haga en la dispensación que le corresponde vivir a la persona.

Si estuviéramos en el tiempo de la Ley, teníamos que servir a Dios de acuerdo a la Ley, y guardar el sábado como dice la Ley, y hacer sacrificios de animalitos como dice la Ley, y llevar a cabo las fiestas correspondientes, como está en la Palabra dada por Dios al pueblo a través de Moisés.

Se tenía que sacrificar un corderito cada año, un cordero pascual; pero en el Nuevo Testamento, Nuevo Pacto, tenemos un Sacrificio del Cordero Pascual, perfecto, y no se necesita otro sacrificio. Juan cuando vio a Jesús dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Ese es nuestro Cordero Pascual.

Aquel corderito que el pueblo hebreo sacrificaba, cada familia, y luego lo comían asado, y la sangre la aplicaban en el dintel y los postes del hogar, representaba a Jesucristo que moriría por todos los primogénitos, y la Sangre de Cristo nos libraría de la muerte; así como el sacrificio del cordero pascual que efectuó el pueblo, cada familia, cada padre de familia, y colocó la sangre en el dintel y los postes de sus hogares: protegía el primogénito o los primogénitos que estaban en ese hogar, de la muerte los protegía. Y de la muerte (tanto espiritual como de la segunda muerte, que es el lago de fuego), nos protege la Sangre de Cristo. Tan sencillo como eso.

Tenemos que entender que ya no estamos bajo la Ley, sino bajo la Gracia; y por consiguiente, de acuerdo a la Dispensación de la Gracia tenemos que vivir y guardar (o sea, obedecer) la Palabra del Nuevo Pacto que nos ha sido dada por Cristo, por medio de Su Espíritu en medio de Su Iglesia, el cual dijo: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” San Mateo, capítulo 28, verso 20. Y San Mateo, capítulo 18, verso 20, dice: “Donde estén dos o tres reunidos en mi Nombre, allí yo estaré.”

Él en Espíritu Santo estaría con los creyentes en Él que se reunirían para escuchar Su Palabra, alabar a Dios por medio de Cristo, en el Nombre de Cristo, y servirle obedeciendo Su Palabra, Su Palabra para y bajo el Nuevo Pacto.

Miren lo que pasa cuando las personas no hacen de acuerdo a la Palabra de Dios para el tiempo, edad y dispensación que les toca vivir. Zacarías, capítulo 7, verso 11 al 12, dice:

Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír;

y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos enviaba por su Espíritu, por medio de los profetas primeros; vino, por tanto, gran enojo de parte de Jehová de los ejércitos.”

Dios por medio de Su Espíritu… El Espíritu Santo es Cristo, el Ángel del Pacto, en Su cuerpo angelical. El Espíritu Santo es la imagen del Dios viviente, llamado el Ángel del Pacto, el cual es Cristo en cuerpo espiritual. Por eso Jesucristo en el capítulo 8 de San Juan, versos 56 al 58, dijo: “Abraham vuestro padre deseó ver mi día; lo vió, y se gozó.” Le dicen los judíos: “Aún no tienes cincuenta años, ¿y dices que has visto a Abraham?” Jesucristo les dice: “Antes que Abraham fuese, yo soy.” Porque Él es el mismo Ángel del Pacto que le dio la Ley allá en el monte Sinaí.

La Escritura dice que la Ley fue dada por comisión de Ángeles. Fue el mismo Jesucristo en cuerpo angelical, el cual y a través del cual Dios se manifestó y le dio los diez mandamientos, y leyes y estatutos para todo el pueblo. Por eso Israel recibió de parte de Dios la Constitución, la cual fue dada por Dios; por lo tanto, es Divina.

En cada país las personas tienen que vivir de acuerdo a la Constitución; y en el Reino de Cristo tienen que vivir de acuerdo a la Constitución de Cristo dada para Su Iglesia, así como fue también para el pueblo hebreo bajo la Ley.

Recuerden que los creyentes en Cristo pertenecen a un pueblo celestial: la Iglesia del Señor Jesucristo, de la cual San Pablo en la Escritura nos dice, en Filipenses, capítulo 3, verso 20 al 21:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra…”

O sea, que en la Segunda Venida de Cristo Él va a transformar a los creyentes que estén vivos; y a los que murieron los va a resucitar en cuerpos glorificados. Dice:

“…el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Él tiene el poder para efectuar la resurrección de los muertos creyentes en Él, y la transformación de los que estemos vivos en ese tiempo.

Él cuando estaba en Su ministerio terrenal lo prometió; y Él dijo en una ocasión: “Los Cielos y la Tierra pasarán, pero mis Palabras no pasarán (o sea, se tienen que cumplir).” [San Mateo 24:35; San Marcos 13:31; San Lucas 21:33]

Vean lo que dice en San Juan, capítulo 6, versos 38 en adelante; dice, 38 al 40:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (o sea, del Padre).

Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere…”

¿Y qué es lo que Padre le da? Las ovejas: seres humanos que están escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero; esas son las ovejas del Padre, de las cuales Cristo dijo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; las cuales también debo traer, y oirán mi Voz; y habrá un rebaño, y un pastor.” [San Juan 10:16]

El Pastor es Jesucristo. Él dijo en una ocasión [San Juan 10:11]: “Yo soy el Buen Pastor; y el Buen Pastor su vida da por las ovejas.” Y el rebaño es la Iglesia del Señor Jesucristo donde Él nos coloca; es Su Cuerpo Místico de creyentes. Y las ovejas ¿quiénes son? Nosotros.

Por eso Él dijo en San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30: “Mis ovejas oyen mi voz, y me siguen, y yo las conozco, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. El Padre y yo, una cosa somos.” Eso es en San Juan, capítulo 10, versos 27 al 30.

Y en el capítulo 14 de San Juan, verso 6, dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.” O sea, que la idea de algunas personas, de que todos los caminos llevan a Dios, no concuerda con las palabras de Cristo. Él dice: “Yo soy el Camino (o sea, que no hay otros caminos)… Yo soy el Camino, la Verdad (no hay otra verdad tampoco), y la Vida (la vida eterna).”

Él tiene la exclusividad de la vida eterna para darla a todos aquellos que el Padre le ha dado, para que las busque y les dé vida eterna.

Porque no es la voluntad de nuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeñitos, que se pierda una de estas ovejas. Recuerden que su nombre está escrito en el Cielo desde antes de la fundación del mundo.

Y si eso le suena raro a algunas personas, ¿no hay algunas personas que aun antes de casarse ya le tienen los nombres para los hijos? O cuando ya se casan dicen: “Vamos a tener tantos niños y le vamos a poner este nombre al varoncito, y a la niñita le vamos a ponerle este nombre.” Y los que dicen: “Vamos a tener una docena,” entonces ya hay más nombres. Pero Dios tiene muchos hijos e hijas, por lo tanto hay muchos nombres escritos en el Libro de Dios.

En el Libro de la Vida del Cordero están los que formarían la Iglesia del Señor Jesucristo. Esos son los hijos e hijas de Dios que escucharían la predicación del Evangelio, como dijo Cristo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; las cuales también debo traer, y oirán mi voz.”

Es la Voz del Espíritu Santo a través del Evangelio siendo predicado; para lo cual Cristo dijo [San Marcos 16:15-16]: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”

O sea, que no hay lugar a decir: “Cualquier otro camino me lleva a Dios o en cualquier otro camino puedo ser salvo.” No. Tiene que ser el camino de Dios para el tiempo que a usted y a mí nos toca vivir, como fue para el tiempo pasado a través de la trayectoria de la Iglesia del Señor Jesucristo.

Es en Su Iglesia, Su Templo espiritual, Su Cuerpo Místico de creyentes, que Cristo coloca a todos aquellos que llama y junta en Su Redil, que es Su Iglesia.

No hay otro camino que nos lleve a Dios. Eso lo dice Cristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre sino por mí.”

No hay argumento válido delante de Jesucristo, que pueda reclamar que en cualquier forma podemos servir a Dios; tiene que ser de acuerdo al Programa Divino correspondiente al tiempo en que uno vive, en la dispensación y Pacto correspondiente al tiempo en que la persona vive.

Si viviéramos en el tiempo de Moisés teníamos que estar en el Pacto que Dios dio a través de Moisés, haciendo como Dios le dijo a Moisés que le dijera al pueblo; teníamos que estar haciendo los sacrificios de animalitos, porque esa era la voluntad de Dios bajo ese Pacto.

Por ejemplo, en el día de la expiación, día diez del mes séptimo de cada año, se sacrificaba el macho cabrío de la expiación, y se confesaban los pecados del pueblo, el Sumo Sacerdote los confesaba sobre el otro macho cabrío que era por Azazel, y lo enviaba lejos por el desierto. Los dos representan a Cristo.

Cristo murió por nuestros pecados, y nuestros pecados son confesados sobre Cristo. Cristo cuando murió llevó nuestros pecados, descendió al infierno, a las partes más bajas de la Tierra, dice la Escritura; no en el cuerpo físico. En el cuerpo físico fue sepultado en una cueva que era de José de Arimatea; pero Cristo en Su cuerpo angelical descendió al infierno.

Allá le quitó las llaves del infierno y de la muerte al diablo; y luego pasó por el Paraíso de aquel tiempo, el Seno de Abraham, y con ellos regresó a la Tierra; o sea, resucitó el domingo de resurrección bien temprano en la mañana, y con Él resucitaron muchos de los santos del Antiguo Testamento que habían muerto, que habían dormido; y aparecieron a muchos en la ciudad, dice San Mateo, capítulo 27, verso 50 en adelante.

Y Cristo apareció a Sus discípulos; y estuvo apareciendo a Sus discípulos durante 40 días, digamos todos los domingos, porque fue el primer día que apareció a Sus discípulos, fue el día de la resurrección, que fue domingo. Por eso el cristianismo se reúne los domingos, porque fue el día que Jesucristo resucitó.

Y los cristianos del tiempo antiguo se reunían todos los domingos para adorar a Dios, cantar a Dios por medio de Cristo…, y aprovechaban también los sábados para ir a las sinagogas a predicar. Y los domingos ya era un culto del cristianismo; pero los sábados para evangelizar a los judíos en las sinagogas, para darles a conocer la Primera Venida de Cristo cumplida, y el Sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario.

Ahora podemos ver lo importante que es estar conscientes de cómo servir a Dios, de cómo ser obedientes a Su Palabra; Su Palabra para el tiempo en que uno vive, para la edad y dispensación en que uno está viviendo.

Ya no tenemos que sacrificar animalitos, porque ya el Sacrificio por el pecado nuestro lo efectuó Cristo en la Cruz del Calvario; tampoco tenemos que reunirnos los sábados, porque eso era bajo el Pacto que Dios le dio al pueblo a través de Moisés, en el monte Sinaí.

Cristo es nuestro Sábado, nuestro Reposo; porque sábado lo que es: el día de reposo. Y Cristo dijo: “Si alguno está trabajado y cansado, venga a mí, y yo os haré descansar.” [San Mateo 11:28]

Cristo es nuestro descanso. Nuestra alma descansa en Cristo, reposa en Cristo todos los días. Cristo es nuestra Pascua también, dice San Pablo en Primera de Corintios, capítulo 5, verso 7. Dice: “Porque nuestra Pascua, la cual es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.”

O sea, que todo lo que había en el Antiguo Testamento era tipo y figura de lo correspondiente al Nuevo Testamento, al Nuevo Pacto.

En el Antiguo Testamento estaban los siervos de Dios. Israel es el siervo de Dios como pueblo. La Iglesia del Señor Jesucristo es el pueblo de los hijos e hijas de Dios, de los primogénitos escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

Por eso es que dijo Cristo en una ocasión por allá por San Mateo, capítulo 11, versos 9 en adelante, que el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que Juan el Bautista. El más pequeño del Reino de los Cielos (es el más pequeño en el Cuerpo Místico de Cristo, en la Iglesia del Señor Jesucristo bajo el Nuevo Pacto) es mayor que Juan el Bautista, del cual Cristo dijo: “De los nacidos de mujer no hubo ninguno mayor que Juan; pero el más pequeño del Reino de los Cielos, es mayor que Juan.”

¿Por qué? Porque Juan el Bautista pertenece al pueblo de los siervos de Dios, y el más pequeño del Reino de los Cielos pertenece a la Iglesia del Señor Jesucristo, que son los primogénitos escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero; son los hijos e hijas de Dios, que por medio del nuevo nacimiento nacen como hijos e hijas de Dios en el Reino de Dios; son trasladados del reino de las tinieblas al Reino de Jesucristo, el Hijo de Dios.

O sea, que los creyentes en Cristo son los hijos; y los hebreos bajo la Ley son los siervos. Tan sencillo como eso. Por eso la bendición de los creyentes en Cristo es mayor que la bendición de los hebreos. Los amamos, hacemos todo lo más que podemos por ellos, oramos por Israel, y queremos que Dios lo bendiga (a Israel).

El Reino del Mesías tendrá su capital y Trono en Jerusalén; desde ahí gobernará sobre todo el planeta Tierra. Pero ahí estará también cada creyente en Cristo nacido de nuevo, perteneciente al Cuerpo Místico de Cristo; porque Cristo “con Su Sangre nos ha limpiado de todo pecado, y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos con Cristo (dice) por mil años (eso es el Reino Milenial),” y después por toda la eternidad. [Apocalipsis 5:9-10, 20:4-6]. Y aun vamos a estar en el Juicio Final; pero no para ser juzgados, sino para estar con Cristo juzgando en ese Juicio a la humanidad.

En el capítulo… vamos a buscarlo… de Primera de Corintios, capítulo 6, verso 2 en adelante, dice: “¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? (Los creyentes en Cristo son los santos).” ¿No saben que han de juzgar al mundo?

Es que también, así como Cristo es el Juez Supremo…, porque Dios ha colocado a Cristo para ser el Juez de los vivos y de los muertos; y el poder judicial del Reino de Dios, de ese poder judicial Cristo es el Juez de la Corte Suprema celestial; y los miembros de la Corte del poder judicial de Cristo, son los miembros de la Iglesia del Señor Jesucristo; por eso los santos juzgarán al mundo, y aún más… Vamos a ver:

“Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?

¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿cuánto más las cosas (de esta vida) de este siglo?”

Los ángeles que se rebelaron en contra de Dios, van a ser juzgados por Cristo y Su Iglesia, por el poder judicial del Reino de Dios, que le corresponde a Cristo y a Su Iglesia.

Así como Cristo es el Sumo Sacerdote, y los creyentes en Cristo son sacerdotes también; porque Cristo con Su Sangre nos ha limpiado de todo pecado y nos ha hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes. Y del Reino de Cristo, así como Él es el Rey de reyes y Señor de señores, nos ha hecho para nuestro Dios reyes también.

A todo lo que Cristo es heredero, somos coherederos con Él. Por eso en Romanos, capítulo 8, nos dice que somos herederos de Dios y coherederos con Cristo Jesús Señor nuestro. Romanos, capítulo 8, dice… ahí lo dice San Pablo (capítulo 8, verso 14 en adelante).

Por eso es que así como Cristo resucitó, van a resucitar los santos creyentes en Cristo, que han muerto a través de la historia de la Iglesia del Señor Jesucristo desde el Día de Pentecostés hacia acá; y los que estemos vivos seremos transformados en ese tiempo.

¿Ven? A todo lo que Cristo es heredero, somos coherederos con Él. Cristo resucitó glorificado, y por eso los creyentes en Cristo van a ser glorificados también: van a tener un cuerpo eterno, inmortal, incorruptible y glorificado y joven para toda la eternidad. Y cuando nos miramos en el espejo decimos: “¡Y realmente lo necesitamos!” Un cuerpo nuevo y joven, como el cuerpo glorificado que tiene Jesucristo, que está tan joven como cuando subió al Cielo.

Recuerden que cuando resucitó, después no lo conocían; y había estado con ellos tres años y medio predicándoles. Es que en la resurrección no va la persona a representar la edad que tenía cuando murió. Si tenía 90 años un familiar suyo creyente en Cristo, cuando regrese no esté esperando que regrese un ancianito con un bastón. Cuando lo vea y le diga: “Hijo, o sobrino, o sobrina,” y sea un jovencito, usted va a pensar: “Pero ese jovencito me está diciendo que es mi tío o mi tía, o mi papá, ¡y está más joven que yo!”

Recuerde que es que en el cuerpo nuevo glorificado, la edad que representará ese cuerpo será de 18 a 21 años de edad. Jesucristo está tan joven como cuando subió al Cielo, porque está glorificado.

Recuerden que Él dijo que iba a ser glorificado; y ha prometido glorificar también a los creyentes en Él, lo cual será nuestra transformación, en donde obtendremos un cuerpo inmortal, incorruptible y joven para toda la eternidad. Y como está prometido, yo lo creo.

Vean, les debo una parte de la Escritura que comencé a leer allá en el capítulo 6, verso 39 al 40, de San Juan. Dice:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere (esas son las ovejas que Él le daría), no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”

El Día Postrero delante de Dios, para los seres humanos es el séptimo milenio de Adán hacia acá; porque “un día delante del Señor es como mil años, y mil años como un día,” dice Segunda de Pedro, capítulo 3, verso 8; y el Salmo 90, verso 4.

Y conforme al calendario gregoriano ya han transcurrido seis mil años, y ya hemos entrado al año 7000, que es el milenio postrero, donde Cristo va a establecer Su Reino y en donde Él va a cumplir, por consiguiente, Su Venida, y donde también va a ocurrir la gran tribulación. Pero antes de eso: la Venida del Señor a Su Iglesia, la resurrección de los muertos en Cristo y nuestra transformación, para ir con él a la Cena de las Bodas del Cordero.

Cuando ya estemos transformados, como Cristo pasó unos 40 días ya resucitado en la Tierra con Sus discípulos, apareciéndoles en diferentes ocasiones; también estaremos sobre la Tierra, de 30 a 40 días, ya estrenando el cuerpo nuevo, ya glorificados.

Recuerden que la glorificación, la transformación de nuestros cuerpos, es llamada la adopción o redención del cuerpo, dicha por San Pablo en Romanos, capítulo 8, versos 22 al 24: “La Creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, por lo cual clamamos por nuestra transformación, por la redención de nuestro cuerpo,” la adopción como hijos e hijas de Dios, con cuerpos eternos y glorificados, adoptados como hijos de Dios, como Jesucristo; así, cuerpos jóvenes para toda la eternidad.

Esas palabras no caerán en tierra: Él las cumplirá en el Día Postrero, que es el séptimo milenio de Adán hacia acá; pero no sabemos en qué año del séptimo milenio; pero sí sabemos que es para el Día Postrero, el séptimo milenio de Adán hacia acá.

Dios preparará al pueblo para esa transformación, le dará la fe para ser transformados y raptados, e ir con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero. Para eso estamos esperando Su Venida.

“El cual transformará nuestros cuerpos mortales para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya.” Esa es una de las bendiciones grandes. ¡La más grande! Nacer. Es como nacer nuestro cuerpo o nacer en un cuerpo con vida eterna. Eso es lo que está prometido para todos los creyentes en Cristo.

Si permanecemos vivos hasta ese momento, seremos transformados: cambiados en nuestros átomos, de mortales a inmortales. Y en el nuevo cuerpo, cuando usted se mire en el espejo no va a encontrar ni una falla. En éste encontramos fallas, pero ¡usted tranquilo!, si fuera perfecto no tendría ningún defecto.

Esté tranquilo, porque el que Cristo diseñó, el que Dios diseñó desde antes de la fundación del mundo para usted y para mí: es perfecto. ¡Y ese es el mejor! Ese es el que yo deseo. Y lo estoy esperando para este tiempo final, para poder ir con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero; porque para allá no hay línea aérea que nos lleve, sino que tiene que ser igual a como Cristo se fue: en cuerpo glorificado, porque ese cuerpo es interdimensional.

Tenemos que pasar de esta dimensión terrenal a la dimensión celestial, y solamente un cuerpo glorificado lo puede hacer, para ir con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero.

“DIOS DEMANDA OBEDIENCIA A SU PALABRA,” porque Él quiere bendecirnos; y la bendición está en ser obediente a Su Palabra para el tiempo en que la persona está viviendo; ser obedientes al Evangelio de Cristo; que lo tenemos en la Biblia, el Nuevo Testamento, en las cartas apostólicas…; en el libro del Apocalipsis también nos habla que es “bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía, y las guarda.” [Apocalipsis 1:3]

Todos queremos la bendición de Dios. Y ya sabemos cómo obtener la bendición de Dios: Habiendo recibido a Cristo como Salvador, y siendo obedientes a Su Palabra.

Si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como Salvador, lo puede hacer en estos momentos, y estaremos orando por usted para que Cristo le reciba en Su Reino y le dé vida eterna.

Recuerden que el que tiene a Cristo, tiene la Vida, la vida eterna. El que no tiene a Cristo, no tiene la vida eterna. La vida eterna es lo más grande que una persona puede recibir como bendición.

Jesucristo tiene la exclusividad de la vida eterna, y la otorga a aquellos que lo reciben como único y suficiente Salvador. Sin Cristo el ser humano está sin futuro, sin futuro eterno; pero con Cristo tiene su futuro eterno asegurado.

Los seres humanos aseguran el carro, aseguran la casa, aseguran sus vidas…; y aunque aseguren sus vidas, después el que cobra no es la persona. Pero el seguro de nuestra vida, de nuestra alma, de nuestro ser, por toda la eternidad, el único que nos la puede asegurar es Jesucristo; el cual es el Camino, la Verdad y la Vida; y nadie viene al Padre sino por Él.

Por eso es que cuando oramos a Dios, oramos en el Nombre del Señor Jesucristo. [Colosenses 3:17]. “Y todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre,” dice que Dios lo dará. [San Juan 14:13]

Nos enseñó a orar en Su Nombre, a pedir en Su Nombre; a creer que lo recibiremos al pedirlo en Su Nombre. Por lo tanto, Él nos da a conocer cómo obtener todas las bendiciones que Él tiene para los creyentes en Él. Y lo que queremos son bendiciones.

Vamos a estar de pie para orar por las personas que han venido a los Pies de Cristo en estos momentos, para que Cristo les reciba en Su Reino.

Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, nuestros ojos cerrados:

Padre celestial, en el Nombre del Señor Jesucristo vengo a Ti, trayendo ante Tu presencia todas estas personas, estas almas, que han venido para recibir a Cristo como Salvador. Recíbelos en Tu Reino. Te lo ruego en el Nombre del Señor Jesucristo.

Y ahora repitan conmigo esta oración:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi alma, en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Primera Venida y creo en Tu Nombre como el único Nombre en el cual podemos ser salvos. Creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario como el Sacrificio de Expiación por mis pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador, un Redentor. Doy testimonio público de Tu fe en mí y de mi fe en Ti, y te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre; y produzcas en mí el nuevo nacimiento. Quiero nacer en Tu Reino, quiero vivir eternamente Contigo en Tu Reino.

Señor, haz una realidad la salvación para mí, que ganaste en la Cruz del Calvario. Te lo ruego en Tu Nombre Eterno y glorioso, Señor Jesucristo. Amén y amén.

Ustedes me dirán: “Por cuanto Cristo dijo: ‘El que creyere y fuere bautizado, será salvo’, quiero ser bautizado en agua en el Nombre del Señor Jesucristo lo más pronto posible. Y la pregunta es: ¿cuándo me pueden bautizar?”

Y le pregunto al ministro aquí: ¿Cuándo pueden ser bautizados?

[Ministro responde: Hoy mismo -Editor]

Así que el ministro aquí, dice que hoy mismo pueden ser bautizados, tiene las facilidades.

Recuerden que el Día de Pentecostés fueron bautizados todos los que creyeron, ese mismo día. No sabemos cuánto tiempo les tomó, porque eran como tres mil personas; y la segunda ocasión eran como cuatro mil personas; pero no importa el número, lo importante es que haya agua para bautizarlos.

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo.”

Los apóstoles enseguida bautizaban a la gente.

Cuando Juan el Bautista estuvo predicando y bautizando, llegó Jesús para ser bautizado también; y Juan le dice: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a mí para que yo te bautice?” Y Jesús le dice: “Nos conviene cumplir toda justicia.” Y entonces lo bautizó.

Si Cristo tuvo la necesidad de ser bautizado para cumplir toda justicia, ¡cuánto más nosotros! Es un mandamiento del Señor Jesucristo, el cual ha estado siendo obedecido por todos los que han recibido a Cristo como Salvador, desde el tiempo de los apóstoles hasta este tiempo. Todavía sigue siendo obedecido ese mandamiento del Señor Jesucristo; porque Dios demanda obediencia a Su Palabra.

El bautismo en agua no quita los pecados, es la Sangre de Cristo la que nos limpia de todo pecado. El bautismo en agua es tipológico. Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando es sumergido en las aguas bautismales por el ministro, tipológicamente está siendo sepultado como Cristo fue sepultado; y cuando lo levantan de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la vida eterna, como Jesucristo resucitó a vida eterna para nunca más morir.

En el bautismo en agua nos identificamos con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección. Ahí tenemos el simbolismo por lo cual esa tipología ha estado siendo cumplida desde el tiempo de los apóstoles hasta nuestro tiempo.

Es igual que la Santa Cena, es tipológica: El pan representa el cuerpo de Cristo, que fue crucificado por nosotros; y el vino representa la Sangre de Cristo, que fue derramada en la Cruz del Calvario por nosotros, para limpiarnos de todo pecado: la Sangre del Nuevo Pacto.

Y el lavatorio de pies también es simbólico, tipológico: representa que Cristo nos mantiene limpios de todo pecado todo el tiempo. Luego de haber recibido a Cristo como Salvador y haber sido limpios de todo pecado, si cometemos algún error, falta o pecado en nuestra treyectoria cristiana: lo confesamos a Cristo, y Cristo nos perdona y con Su Sangre nos limpia de todo pecado; y así nos mantiene limpios todo el tiempo.

El que recibe a Cristo como Salvador es limpio de todo pecado; y pasa como con Sus discípulos: Pedro dijo, cuando Cristo fue a lavar los pies de los discípulos y le toca lavarle los pies a Pedro, Pedro dijo: “¡A mí tú no me lavarás los pies jamás!” O sea, “no te vas a humillar”; porque ese era el oficio, el trabajo más bajo: ser un lavador de los pies.

Recuerden que antes caminaban con sandalias y no había carreteras como ahora, ni aceras de concreto como lo hay en nuestro tiempo; eran los caminos polvorientos; cuando llegaban a los lugares, estaban llenos de polvo los pies. Y entraban a una casa y había agua para lavar los pies de las personas, y había personas que hacían esa labor. Y Cristo humillarse a esa posición de ser un lavador de pies, era para San Pedro algo que él no quería, que él no permitía, y no quería que Jesús bajara a esa condición para lavarle los pies. Y Jesús le dice: “Si no te lavare los pies, no tendrás parte conmigo.” —“¡Entonces no solamente los pies, sino la cabeza también!”

Cuando se trata de entrar a la vida eterna y de las cosas que tienen que ver con la vida eterna, lo que Cristo ha dicho y lo que ha enseñado el Espíritu Santo por medio de los apóstoles: lo creemos y lo hacemos.

El lavatorio de pies es importante también, porque nos recuerda que Cristo nos ha perdonado y con Su Sangre nos ha limpiado de todo pecado en cada ocasión en que hemos cometido algún error y lo confesamos a Cristo.

Si no lo confiesa, se queda con él usted; pero cuando ore: confiese a Cristo sus errores, sus fallas, sus pecados que haya cometido en su trayectoria cristiana. Y Cristo lo perdona, y lo limpia con Su Sangre, porque Él está como Sumo Sacerdote haciendo Intercesión con Su Sangre en el Templo celestial. Según el Orden de Melquisedec Él es el Sumo Sacerdote; o sea, que tenemos un Sumo Sacerdote en el Cielo, que se compadece de nuestras debilidades.

Bien pueden ser bautizados; y que Cristo los bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento. Y nos continuaremos viendo por toda la eternidad en el Reino de Cristo nuestro Salvador.

Continúen pasando una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo. Y dejo con ustedes al ministro William Sibaja González, para que les indique en qué momento pueden ser bautizados y hacia dónde necesitan caminar, y también dónde están las ropas bautismales para que no se mojen las ropas que ustedes tienen. Ya eso lo tienen programado para que tengan todas esas facilidades.

En los días de los apóstoles las personas se metían con todo y ropa; porque lo importante es hacer lo que dice Dios, lo que está ordenado hacer.

Así que dejo al reverendo William Sibaja González con ustedes, para que les indique cómo hacer para ser bautizados.

Dios les bendiga y les guarde; y continúen pasando una noche feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

DIOS DEMANDA OBEDIENCIA A SU PALABRA.

Ir arriba