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La bienaventuranza más grande: Recibir la revelación que viene de Dios a través de Su Enviado.
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La bienaventuranza más grande: Recibir la revelación que viene de Dios a través de Su Enviado.

Muy buenos días, amables amigos y hermanos presentes aquí en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia; es para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final.

La Embajada de Activistas por la Paz anuncia que continúa la donación de sangre durante este próximo mes. El próximo sábado en Puerto Rico habrá donación de sangre y continuará así también durante el mes de noviembre en diferentes países.

Vamos a ver un reportaje sobre los trabajos que se están realizando durante esta semana en la construcción de la Gran Carpa-Catedral en Puerto Rico. Vamos a pedirles, pasen este documental para que puedan ver cómo van los trabajos allá en Puerto Rico.

[Presentación de videos-documentales]

Ya han visto cómo van los trabajos de la construcción de la Gran Carpa-Catedral en Puerto Rico, los cuales podemos ver que están muy, pero que muy adelantados. Apreciamos mucho el respaldo que ustedes le están dando a este proyecto, tanto ustedes que están aquí presentes como los que están en diferentes países, ministros e iglesias y público en general, que respaldan este proyecto tan importante de la construcción de este Templo para el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, para el Dios Creador de los Cielos y de la Tierra, para Su gloria y Su honra.

Que Dios bendiga a todos ustedes, los prospere grandemente y los continúe usando grandemente en este proyecto y en todos los proyectos divinos correspondientes a este tiempo final. En el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Y ahora, les reitero la donación de sangre durante todo el próximo mes de noviembre en todos los países. Próximo sábado, donación de sangre en Puerto Rico, en la Embajada de Activistas por la Paz, pues es un proyecto de la Embajada de Activistas por la Paz en favor de la familia humana.

Y ahora leemos la Escritura en San Mateo, capítulo 16, versos 13 en adelante, donde nos dice:

“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.

Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.”

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

Nuestro tema para esta ocasión es: “LA BIENAVENTURANZA MÁS GRANDE: RECIBIR LA REVELACIÓN QUE VIENE DE DIOS A TRAVÉS DE SU ENVIADO.” Esa es la bienaventuranza más grande.

Siempre, la revelación de Dios para el ser humano viene a través de Dios por medio de Su Espíritu Santo a través del Enviado que Él tiene para ese tiempo en que va a dar esa revelación divina; y esa es la forma en que Dios se revela al ser humano, y lo hace por medio de un instrumento el cual es ungido con el Espíritu Santo y el cual habla a través de ese velo de carne y lleva a cabo la Obra Divina por medio de ese velo de carne.

Por lo tanto, es importante conocer cuáles son las promesas divinas para el tiempo en que la persona está viviendo; porque para el tiempo en que la persona vive, Dios se estará revelando a Su pueblo y dando así a conocer esa revelación del Cielo a través del instrumento que Dios tenga en la Tierra en el tiempo en que las personas están viviendo.

Dios envía Sus instrumentos de edad en edad, de etapa en etapa, de dispensación en dispensación; por esa causa es que Cristo dijo: “El que recibe a profeta en nombre de profeta, recompensa de profeta recibe.”

Y en San Juan, capítulo 13, verso 20, nos dice:

“De cierto, de cierto os digo: El que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.”

Porque Jesucristo estará en el que Él envía, y por consiguiente, Dios estará también; porque Dios está en Jesucristo. Por eso Cristo decía: “Yo no hago nada de mí mismo, el Padre que mora en mí, Él hace las obras.” Porque el que envía está en Su Enviado haciendo aquello que Él ha prometido hacer para ese tiempo.

Y en el caso de los profetas que hablaron la Palabra de Dios al pueblo en diferentes ocasiones, tenemos en Zacarías un cuadro claro de cómo es esta labor y esta manifestación que Dios lleva a cabo. Zacarías, capítulo 7, versos 11 al 12, dice:

“Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír;

y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos enviaba por su Espíritu, por medio de los profetas primeros; vino, por tanto, gran enojo de parte de Jehová de los ejércitos.”

Era Dios por medio de Su Espíritu Santo, que es el Ángel del Pacto, dentro de esos profetas, hablándole al pueblo; por eso ellos decían: “ASÍ DICE EL SEÑOR,” porque era Dios hablando por medio de ellos. Eso está prometido en Deuteronomio, capítulo 18, versos 15 al 19, donde dice:

“Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis…”

La promesa de Dios levantar un profeta a través del cual le hablaría al pueblo. Y eso es lo que estuvo haciendo de etapa en etapa, hasta que enviaría al Mesías Príncipe, el mayor de todos los profetas, por lo cual el Mesías tenía que ser un profeta.

“…conforme a todo lo que pediste a Jehová tu Dios en Horeb el día de la asamblea, diciendo: No vuelva yo a oír la voz de Jehová mi Dios, ni vea yo más este gran fuego, para que no muera.

Y Jehová me dijo (esto dice Moisés): Han hablado bien en lo que han dicho.

Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú (o sea, que Dios levantaría profeta de en medio del pueblo, como Moisés; un profeta como Moisés); y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare.”

¿Dónde Dios coloca Su Palabra? En la boca del profeta que Él envía.

“Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.”

Dios le pide cuenta a toda persona que no escucha las Palabras que Dios ha colocado en la boca de ese profeta que Dios envía. Todos los profetas fueron representantes de Moisés y del profeta mayor que Dios enviaría, que sería el Mesías en Su Primera Venida y el Mesías en Su Segunda Venida.

Por lo tanto, toda persona que tiene hambre y sed de oír la Palabra de Dios, pues está escrito en Amós, capítulo 8, verso 11, que habrá hambre sobre la Tierra, hambre no de pan y agua sino de oír la Palabra de Dios, la Palabra de Jehová, la Palabra del Señor.

Esa hambre del alma requiere un alimento espiritual del cual Cristo en San Mateo, capítulo 4, dice: “No solamente de pan vivirá el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.” Y toda Palabra que sale de la boca de Dios viene a través del Espíritu Santo hablando por medio de los profetas; y para cada etapa de la vida del ser humano, de la vida de las naciones, de la vida de los pueblos, hay Palabra de Dios para saciar la sed y hambre del alma de todo ser humano.

El ser humano, por cuanto fue creado a imagen y semejanza de Dios, es alma, espíritu y cuerpo, como Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo; por lo cual, el ser humano tiene necesidades físicas para su cuerpo, tiene necesidades espirituales para su espíritu, o sea, necesidades de enseñanzas académicas para su espíritu; porque las personas aprenden con el espíritu.

Y cada año el ser humano aprende más porque con su espíritu, los sentidos del espíritu son ejercitados en el aprendizaje en su vida académica, su vida de enseñanza que recibe, y por el eso el ser humano se hace más sabio cada año; ya los niños saben más que los padres, la mayor parte de ellos acerca de equipos tecnológicos como las computadoras.

Y algunas veces los padres les dicen: “Hijo, búscame ahí en tu computadora tal información…” El padre se la puede escribir: “Búscame esta información.” Y el hijo viene con la computadora y se la muestra en la computadora.

Es que por cuanto el ser humano es la cabeza, la corona de la Creación, el ser humano tiene algo que los animales no tienen, y hace la diferencia entre los animales y el ser humano: y es que el ser humano tiene alma; y por eso el ser humano cada año y cada década se hace más inteligente, más sabio, por medio del conocimiento, por medio de la educación; porque se educa el espíritu de la persona en las escuelas, en las universidades y también en las iglesias; y cada día el ser humano está llamado a tener más conocimiento de Dios hasta que la Tierra totalmente sea llena del conocimiento de Dios. Es una promesa que encontramos en Habacuc y también en Isaías. La vamos a buscar en Habacuc, donde está más ampliada esa promesa tan grande. Y también la vamos a encontrar en Isaías, capítulo 11, verso 9; dice:

“No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar.”

Por lo tanto, habrá una enseñanza divina, una enseñanza de parte de Dios por medio de Su Espíritu, para producir ese conocimiento con el cual la Tierra será llena del conocimiento divino.

Veamos Habacuc cómo lo dice, en el capítulo 2, verso 14: “Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar.”

O sea, que tenemos la promesa, como raza humana, de un conocimiento que vendrá por medio de la revelación divina siendo dada al pueblo, a los seres humanos, para que así todos conozcan a Dios y todos sirvan a Dios, al único Dios verdadero; porque Dios es uno, y siendo uno, Él ha prometido revelarse para hacerse conocido por la raza humana. Capítulo 14, verso 8 al 9, dice [Zacarías]:

“Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental, en verano y en invierno.

Y Jehová será rey sobre toda la tierra. En aquel día Jehová será uno, y uno su nombre.”

Viene un tiempo en que Dios reinará sobre este planeta Tierra en la persona del Mesías, en un hombre que se sentará en el Trono de David y restaurará el Reino de David, el cual el pueblo hebreo ha estado esperando por miles de años; eso será el Reino del Mesías, el Reino de Cristo, en donde Dios estará encarnado reinando por medio del Mesías con Su Trono en Jerusalén, que es la ciudad de Dios y que es la ciudad del Nombre de Dios, y que es la única ciudad de la cual Dios dice que es Su ciudad, que es Su Trono.

Por eso Cristo dijo que Jerusalén era la ciudad de Dios, el Trono de Dios, y por eso es que el libro del Apocalipsis y otros libros proféticos hablan de Jerusalén como el lugar donde el Mesías Príncipe estará sentado en Su Trono, gobernando sobre el pueblo hebreo y sobre todas las naciones; porque el Mesías Príncipe como Hijo de David es el heredero al Trono y Reino de David, y como Hijo del Hombre Él es el heredero del planeta Tierra completo, para reinar como el Mesías Príncipe sobre toda la humanidad, y traer la paz permanente a todas las naciones.

Son promesas divinas que serán cumplidas conforme a como han sido habladas por el Espíritu Santo a través de los profetas. Vean esta promesa de Isaías, capítulo 11, donde dice:

“Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces.”

Esto es un descendiente de Isaí, un descendiente, por consiguiente, del rey David para sentarse en el Trono de David y reinar sobre el planeta Tierra completo.

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová…”

El Espíritu Santo, el Ángel del Pacto, estará en Él; y por consiguiente será Dios por medio de Su Espíritu, velado y revelado a través de carne, a través de un hombre que estará glorificado; por lo tanto, tendrá vida eterna en su alma, en su espíritu y en su cuerpo físico que estará glorificado.

“Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.

Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos;

sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca (o sea, con Su Palabra), y con el espíritu de sus labios matará al impío.

Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura.

Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará.

La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja (o sea, que habrá paz entre los animales también).

Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora.

No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar.

Acontecerá en aquel tiempo que la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos, será buscada por las gentes; y su habitación será gloriosa.”

Eso será en el Reino de David restaurado, en donde el Mesías Príncipe se sentará en el Trono de David allá en Jerusalén y gobernará no solamente sobre el pueblo hebreo y no solamente sobre el Medio Oriente sino sobre el mundo entero; será un Reino, un Imperio mundial, en donde la paz y armonía entre las personas y los pueblos será una realidad.

Esto lo habla también el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías cuando nos dice en el capítulo 9 de Isaías, verso 6 en adelante:

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro (ese es el Mesías); y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.”

O sea, que el Nombre del Mesías tendrá todas estas riquezas, todos estos títulos, porque será Su Nombre Admirable, será Consejero, será Dios Fuerte, porque Dios estará en Él encarnado; será Padre Eterno, porque Dios estará vestido de ese cuerpo de carne del Mesías; será Príncipe de Paz, porque es el que traerá la paz permanente para Israel y para todas las naciones.

“Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.”

¿Quién hará esto? Será el mismo Dios. Él lo ha prometido y Él lo cumplirá; y ahí estarán las grandes bendiciones para toda la humanidad, y ahí será —en ese Reino— que el Medio Oriente tendrá la paz permanente.

La Tierra será llena del conocimiento del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y la Tierra estará en paz, y sus habitantes (los unos con los otros) también.

Por lo tanto, la bienaventuranza más grande es recibir la revelación que viene de Dios a través de Su Enviado, para conocer todo el Programa Divino, y ser llenos de toda esa sabiduría y conocimiento, esperando y trabajando para que se materialice todo lo que está prometido para los creyentes en el Dios creador de los Cielos y la Tierra y para todos los seres humanos; porque todos deseamos la paz, el amor, el compañerismo y la felicidad del prójimo, para que así todos tengamos el privilegio de conocer a Dios y de vivir conforme al Programa de Dios para nuestro tiempo y para tiempos futuros de nuevas generaciones.

Dios siempre se ha revelado en medio de la raza humana a través de Su Espíritu, que es el Ángel del Pacto manifestándose a través de diferentes instrumentos, a través de diferentes profetas; por lo cual, Cristo dice que es bienaventurado el que recibe a profeta en nombre de profeta; es porque el que recibe a profeta en nombre de profeta, recibe el beneficio, la bendición para lo cual Dios ha enviado ese profeta; recibe el Mensaje, el conocimiento divino de todo lo que Dios hable por medio de ese profeta; y toda bendición que traiga a través de ese profeta, la recibe el que recibe a profeta.

Aun en el libro del Apocalipsis nos dice el mismo Jesucristo, en Apocalipsis, capítulo 22… Vamos a leerlo para que tengamos el cuadro claro, verso 16 en adelante; y capítulo 22 también, versos 8 al 9… Capítulo 22, verso 8 al 9, dice:

“Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas.

Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios.”

Juan quiso adorar al Ángel que le estaba mostrando, dando todas estas revelaciones apocalípticas, y el Ángel le prohibió a Juan que lo hiciera, no permitió que Juan lo adorara.

El reverendo William Branham hablando de ese Ángel, dice que ese es un espíritu de profeta; y un espíritu es un cuerpo angelical, teofánico, de la sexta dimensión, de la dimensión de los ángeles.

Dice, de ese Ángel, que pudo ser el profeta Elías o algún otro de los profetas; señala que es un espíritu de profeta, un cuerpo espiritual de profeta enviado por Cristo a Juan con la revelación divina del Apocalipsis.

En Hebreos, capítulo 12, nos dice, desde el verso 22 en adelante:

“…Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles,

a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos,

a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.”

“Los espíritus de los justos.” Esos son los cuerpos angelicales de los justos. Es el ser humano: alma, espíritu y cuerpo, o sea que el ser humano, que es alma viviente, tiene dos cuerpos: uno es llamado el espíritu, que es un cuerpo espiritual, angelical, y el otro es un cuerpo de carne para vivir en esta Tierra.

Cuando el ser humano muere, lo que muere es su cuerpo físico, pero la persona sigue viviendo en el cuerpo espiritual y va a la dimensión que le corresponde a la persona; si es un creyente en Cristo va al Paraíso, va a donde están los ángeles de Dios con los cuales y por los cuales es llevado al Paraíso; si no es un creyente, va a otro lugar, y permanece allí hasta el tiempo en que se llevará a cabo el Juicio final después del Reino Milenial del Mesías, en donde resucitará al final toda persona que no creyó a Dios, y será juzgado conforme a Apocalipsis, capítulo 20; y ahí es que se determina el final de la persona que no sirvió a Dios.

Pero los creyentes en Cristo que murieron y están en el Paraíso, resucitarán antes del Reino Milenial y antes de la gran tribulación; resucitarán en cuerpos eternos, inmortales y glorificados, igual al cuerpo glorificado de Jesucristo, para ir con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero; y los creyentes en Cristo que estén vivos en el Día Postrero, en el tiempo en que ocurra la Segunda Venida de Cristo y la resurrección de los muertos en Cristo, serán transformados, serán glorificados, serán —en esa transformación— transformados de mortales a inmortales, de cuerpos de carne mortal a cuerpos glorificados igual al cuerpo glorificado de Jesucristo; y así podrán ir a la Cena de las Bodas del Cordero, a la Casa de nuestro Padre celestial.

No hay otra forma en que se pueda ir a la dimensión celestial, a la Cena de las Bodas del Cordero; no hay transportación humana que nos pueda llevar a esa dimensión.

Pero así como el profeta Elías fue arrebatado al Cielo por un carro de fuego (que en nuestro tiempo se le llamaría ovni o platillo volador) así también Cristo fue arrebatado al Cielo, y los santos que resucitaron con Cristo también subieron con Cristo al Cielo; así también será la traslación o rapto o arrebatamiento al Cielo, de los creyentes en Cristo para ir a la Cena de las Bodas del Cordero.

Vendrán esos carros de fuego con los ángeles enviados para llevar al Cielo, a esa dimensión de Dios, a todos los creyentes en Cristo que serán transformados, y a los que murieron: resucitados en cuerpos glorificados. Así será lo que Dios ha prometido para todos los creyentes en Jesucristo nuestro Redentor.

Es importante saber que los ángeles de Dios son espíritus administradores, enviados a los herederos de salvación, dice San Pablo en Hebreos, capítulo 1, verso 14. Y este Ángel del Señor Jesucristo, del cual el reverendo William Branham dice que es un espíritu de profeta, o sea, un cuerpo espiritual igual al cuerpo espiritual de los ángeles de Dios… del cual dice Cristo en Apocalipsis, capítulo 22, verso 16:

“Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias.”

O sea, que este espíritu de profeta estará en medio de la Iglesia del Señor Jesucristo dando testimonio de Cristo y de todas las cosas que han de suceder.

“…Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.”

Así dice Jesucristo; y sigue diciendo:

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven…”

O sea, que lo que estará diciendo el Espíritu Santo lo estará escuchando la Iglesia del Señor Jesucristo, la Esposa-Iglesia de Jesucristo, y lo estará repitiendo, dándolo a conocer a la humanidad; o sea, que la enseñanza que estará dando el Espíritu Santo será escuchada por la Iglesia-Novia o Esposa del Cordero, y ella lo estará repitiendo a la humanidad.

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.”

“Tome del agua de la vida eterna, gratuitamente.” Nadie puede pagar un precio por la vida eterna. Hubo un precio y ya lo pagó Cristo en la Cruz del Calvario; y ahora ofrece gratuitamente, ha puesto a la disposición de todo ser humano la oportunidad de recibir la vida eterna gratuitamente. Por eso, nos dice en Apocalipsis, capítulo 21, versos 5 en adelante:

“Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.

Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin.”

¿Quién es el Alfa y Omega? ¿Quién es el principio y el fin? El Señor Jesucristo.

“…Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.

El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo.

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.”

La humanidad está advertida. Dios ha colocado delante del ser humano la Vida y la muerte, la bendición y maldición, así como colocó en el Huerto del Edén —delante de Adán y Eva— el Árbol de la Vida, que es Cristo, y el árbol de la ciencia del bien y del mal, y le dio libre albedrío al ser humano.

Todo ser humano está frente al Árbol de la Vida, que es Cristo, y al árbol de la ciencia del bien y del mal; la Vida – frente a la Vida y la muerte; y recomienda que escoja la Vida para que viva, porque la Vida está disponible —la vida eterna— para todo ser humano, mientras la persona viva en esta Tierra en su cuerpo de carne.

En Apocalipsis, capítulo 1, verso 1 en adelante, dice:

“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan.”

La revelación de Jesucristo la envió a Juan por medio de Su Ángel, del cual el reverendo William Branham dice que ese Ángel es un espíritu de profeta; o sea, un cuerpo espiritual, angelical, enviado por Cristo, llamado el Ángel de Jesucristo.

Es un misterio este Ángel, como fue un misterio el Ángel de Dios, el Ángel de Jehová, que le aparecía a Adán, le aparecía a Abel, a Set, a Abraham, le apareció a Noé también, le aparecía a Abraham, a Isaac, a Jacob, a los diferentes profetas y jueces; y cuando Moisés lo vio, dijo que ese era el Ángel de Dios y que le dijo: “Yo soy Jehová, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.”

¿Cómo puede ser —el Ángel de Dios— el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob? Porque el Ángel es el cuerpo angelical de Dios, es la imagen del Dios viviente, y por consiguiente ese es Jesucristo en Su cuerpo angelical llamado el Hijo de Dios, en el cual se manifestaba, estaba Dios morando.

Por eso cuando Manoa (en el capítulo 13 de los Jueces) lo vio y habló con ese Ángel, y el Ángel le dijo que Manoa y su esposa iban a tener un hijo y le dio los detalles acerca de ese hijo, que vino a ser Sansón; luego Manoa cuando vio que subió por el fuego de la ofrenda o sacrificio que le ofreció, se dio cuenta que ese era el Ángel de Dios y dijo: “Hemos de morir porque hemos visto a Dios cara a cara.” Y su esposa le dice: “No hemos de morir, porque de otra forma no nos habría dicho que vamos a tener un niño.” O sea, por el intelecto ella se dio cuenta que si iban a tener un niño pues entonces no van a morir, y se tranquilizó Manoa.

Es que Dios le había dicho a Moisés: “No me verá hombre y vivirá.” Moisés quiso ver a Dios también y Dios le dijo: “No me verá hombre y vivirá, no podrás verme. Pero yo voy a pasar delante de ti y voy a proclamar el Nombre de Jehová, voy a colocar mi mano sobre ti mientras paso, y cuando haya pasado quitaré mi mano de tu rostro, de sobre ti, y entonces verás mi espaldas.” Y así aconteció.

Luego encontramos también a Jacob en el capítulo 32 del Génesis, versos 24 al 32, luchando con un Varón, con un Ángel que le apareció durante la noche; y Jacob agarró ese Ángel, luchó con Él y no lo dejó, no lo soltaba; y el Ángel ya en la madrugada, cuando ya está rayando el alba, le dice: “Está rayando el alba. Suéltame porque raya el alba (tenía que irse).” Y Jacob le dice: “Yo no te soltaré hasta que me bendigas.”

Así es como cada persona tiene que agarrarse de Dios hasta recibir la bendición de Dios, hasta recibir la bendición plena de Dios, que será nuestra transformación.

Y el Ángel le pregunta: “¿Cuál es tu nombre?” El Ángel sabía cuál era el nombre, pero hay cosas que la persona tiene que él mismo pronunciar, hablar.

Y Jacob le dice: “Jacob.”

Él le dice: “No se dirá más tu nombre Jacob sino Israel; porque has peleado, has luchado con los hombres y con Dios, y has vencido.” Y lo bendijo así.

Jacob le pregunta: “¿Cuál es tu nombre?”

Y el Ángel le dice: “¿Por qué preguntas por mi nombre que es Admirable?, ¿por qué preguntas por mi nombre?” Es que toda persona ha deseado conocer el Nombre de Dios.

Y Jacob soltó al Ángel y el Ángel se fue. Y le colocó por nombre al lugar: Peniel, que significa “rostro de Dios”, porque dijo: “Vi el rostro de Dios, vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma.”

Tanto Jacob como Manoa, dijeron que vieron a Dios, y Abraham también en diferentes ocasiones vio a Dios, y Moisés también vio a Dios, vio las espaldas de Dios.

Luego nos preguntamos, al leer la Escritura de San Juan, capítulo 1, verso 18, que dice: “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró (o sea, le ha dado a conocer).”

Parece una contradicción que todas esas personas, esos profetas, dijeron que vieron a Dios cara a cara, y ahora venga el apóstol Juan y diga en el capítulo 1, verso 18, que a Dios nadie le vio jamás.

Y dice: “El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le declaró.” O sea, el unigénito Hijo, Cristo en Su cuerpo angelical, en el cual moraba Dios y a través del cual aparecía en ese cuerpo angelical, en ese cuerpo teofánico, llamado en el Antiguo Testamento: el Ángel de Jehová o Ángel de Dios.

Fue así como vieron a Dios en Su cuerpo angelical; y en muchas ocasiones en una luz, en una columna de fuego, en donde estaba Dios manifestado y en donde estaba Su cuerpo angelical, a través del cual le hablaba a Moisés y le hablaba al pueblo hebreo, y en el cual le hablaba a cada profeta que ha enviado a la Tierra. Es Dios el Padre morando en Su cuerpo angelical, en su cuerpo llamado la imagen de Dios.

Y luego, cuando se creó un cuerpo de carne en el vientre de María, entonces el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y fue conocido por el nombre de Jesús. Ese es el cuerpo físico de Dios en el cual moró, mora y morará eternamente toda la plenitud de Dios.

Por eso Cristo decía: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre, ¿cómo dices tú: muéstranos al Padre y nos basta? El Padre que mora en mí, Él hace las obras.” Él decía: “Yo no hablo nada de mí mismo, sino que el Padre que mora en mí, me muestra lo que debo hablar, lo que debo hacer.” Es el Padre el que obra, y Cristo dio la gloria siempre al Padre.

Es como cuando usted obra todo lo que usted hace, puede decir que no es su cuerpo el que lo hace sino el alma; usted, que es alma viviente, a través de su espíritu mueve el cuerpo y hace las obras.

Si sale el espíritu y el alma del cuerpo físico, el cuerpo no puede hacer nada, porque el que obra es usted (que es alma viviente) a través del espíritu, el cuerpo espiritual que tiene, usando el cuerpo de carne para obrar en esta Tierra. Así es como funciona el ser humano, el cual es un misterio, así como Dios es un misterio; y debemos saber qué somos y quiénes somos, y cómo funcionamos y cómo debemos obrar de acuerdo al Programa Divino correspondiente a nuestro tiempo.

Si el ser humano no sabe quién es, le pueden decir que desciende del mono, y lo cree. Pues si el ser humano descendiera del mono, del chimpancé, estarían saliendo seres humanos de los chimpancé; pero el ser humano fue creado por Dios a Su imagen y semejanza, fue creado por Dios cuerpo angelical y cuerpo de carne; el ser humano, que es el alma viviente, tiene dos cuerpos: cuerpo espiritual (cuerpo teofánico) y cuerpo de carne. Si pierde el cuerpo de carne le queda el cuerpo espiritual para ir al Paraíso, si creyó y sirvió a Dios.

Por eso es tan importante saber estas cosas, para así ser lleno del conocimiento de la gloria de Dios, y saber que tenemos un Padre, Creador de los Cielos y de la Tierra, que nos ama y nos ha provisto el camino de la vida eterna a través de Cristo, en el cual moró y mora eternamente en toda Su plenitud, y por medio de Su cuerpo llevó a cabo el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados en la Cruz del Calvario.

“LA BIENAVENTURANZA MÁS GRANDE: RECIBIR LA REVELACIÓN QUE VIENE DE DIOS A TRAVÉS DE SU ENVIADO.”

Ese ha sido nuestro tema en esta mañana de domingo, de escuela bíblica, para así ir conociendo más de cerca y más ampliamente, a Dios y Su Palabra y Su Programa para nuestro tiempo.

Todavía hay oportunidad para los seres humanos para obtener la vida eterna, porque Cristo todavía está en el Trono del Padre como Sumo Sacerdote, haciendo Intercesión con Su propia Sangre, por todos los que lo reciben como único y suficiente Salvador.

Por lo tanto, si hay alguna persona que todavía no ha recibido a Cristo como Salvador, lo puede hacer en estos momentos y estaremos orando por usted. Por lo tanto, los que están aquí presentes y los que están en otros países, pueden recibir a Cristo como único y suficiente Salvador, en estos momentos; para lo cual, puede pasar acá al frente y oraremos por usted.

Los niños también, de 10 años en adelante, pueden recibir a Cristo como único y suficiente Salvador; por lo cual, pueden también pasar al frente para recibir a Cristo como único y suficiente Salvador.

La decisión más grande que un ser humano hace en la vida, es recibir a Cristo como único y suficiente Salvador, pues la persona tiene libre albedrío; por lo cual es responsabilidad de la persona recibirlo como único y suficiente Salvador en forma voluntaria, sin ser presionado para recibirlo, sino de todo corazón recibirlo como su único y suficiente Salvador.

Porque “no hay otro Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (libro de los Hechos, capítulo 4, verso 12); y también nos dice en el capítulo 2, verso 47, del libro de los Hechos, que Dios añadía a Su Iglesia cada día los que habían de ser salvos.

O sea, que los que han de ser salvos son añadidos a la Iglesia del Señor Jesucristo porque reciben a Cristo como único y suficiente Salvador; Cristo los recibe en Su Reino, Cristo con Su Sangre los limpia de todo pecado, y son bautizados en agua en Su Nombre, y Cristo los bautiza con Espíritu Santo y Fuego, y produce en ellos el nuevo nacimiento.

Como le dijo Cristo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.” San Juan, capítulo 3, versos 1 al 6.

Y todos queremos entrar al Reino de Dios con vida eterna; por lo tanto, todos tenemos la misma oportunidad para obtener la salvación y vida eterna de parte de Dios a través del Señor Jesucristo, que murió por nosotros en la Cruz del Calvario.

Él cumplió todos los tipos y figuras de aquellos sacrificios de animalitos, que se efectuaban para el ser humano obtener el perdón de sus pecados; pero por cuanto la sangre de los animalitos no podía quitar los pecados, solamente los cubría… porque los animales no tienen alma y no podía venir la vida del animal a las personas, solamente eran cubiertas, y el próximo año tenían que hacer los mismos sacrificios para obtener el perdón de sus pecados y ser cubiertos con la sangre; pero permanecían en la persona aunque estaban cubiertos; por eso cada año tenían que ofrecer el sacrificio de expiación por los pecados, en el día de la expiación.

Pero todo eso apuntaba, señalaba, que un día vendría el Mesías Príncipe como Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo.

Y Juan el Bautista, que fue el precursor de la Primera Venida de Cristo, cuando vio a Jesús dijo, en el capítulo 1, verso 29 al 36 de San Juan: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

¿Y cómo lo iba a quitar? Pues muriendo como el Sacrificio de Expiación por nuestros pecados, poniendo Su vida en Expiación por el pecado, como dice en Isaías, capítulo 53, versos 10 al 15; y así lo hizo Jesucristo en la Cruz del Calvario.

Y en Daniel, capítulo 9, versos 21 al 27, dice que a la mitad de la semana número setenta le sería quitada la vida al Mesías, no por sí; o sea, que lo matarían, lo crucificarían; pero Él venía para quitar el pecado, por lo tanto, venía para hacer el Sacrificio de Expiación por el pecado de los seres humanos; y Él no se negó a morir por nosotros. Y ahora nosotros no nos negamos a recibirlo como nuestro único y suficiente Salvador.

Es la única forma de Salvación que hay en el Programa de Dios para el ser humano. Ya Dios no acepta sacrificios de animalitos, ya se efectuó el Sacrificio Perfecto por el pecado, cuando Cristo murió en la Cruz del Calvario. Él ya nos salvó en la Cruz del Calvario.

Y ahora falta que el ser humano acepte esa Salvación que Cristo realizó en la Cruz del Calvario; para que así se haga una realidad la Salvación en la persona y reciba la vida eterna, y tenga la convicción de que si en algún día tiene que partir de esta Tierra, sepa que Cristo lo resucitará en Su Segunda Venida, pues lo traerá del Paraíso a esta Tierra para darle un cuerpo nuevo, eterno, inmortal y glorificado.

Vean lo que nos dice en San Juan, capítulo 6, versos 38 en adelante:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.

Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y esta es la voluntad (del Padre) del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.”

Esa es la promesa de Cristo para mí, ¿y para quién más? Para cada uno de ustedes también.

Todo creyente en Cristo tiene la promesa de que, si muere, Cristo lo resucitará en el Día Postrero, en un cuerpo eterno, inmortal, incorruptible y glorificado. De esto es que nos habló San Pablo en Primera de Corintios, capítulo 15, versos 51 en adelante, donde dice:

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados,

en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.

Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.”

Para vivir físicamente eternamente, tenemos que ser transformados, nuestro cuerpo tiene que ser vestido de inmortalidad; tiene que ser glorificado nuestro cuerpo y ser cambiado en sus átomos, nuestro cuerpo, para tener un cuerpo glorificado como el de nuestro amado Señor Jesucristo. De eso trata Filipenses, capítulo 3, versos 20 al 21, en donde San Pablo dice:

“Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;

el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

Para eso es que viene Cristo en Su Segunda Venida, para resucitar a los muertos creyentes en Él. Él los trae en sus cuerpos espirituales que están en el Paraíso, y acá les dará un cuerpo físico, inmortal, incorruptible y glorificado, igual a Su cuerpo glorificado y eterno; y a los que estemos vivos, nos transformará; y entonces todos seremos iguales a Jesucristo: con cuerpos inmortales, cuerpos eternos, cuerpos glorificados. Esa es la redención del cuerpo, esa es la adopción física como hijos e hijas de Dios.

Y luego iremos con Cristo a la Cena de las Bodas del Cordero, en la Casa y a la Casa del Padre celestial; y allí estaremos en la fiesta más grande que se haya llevado a cabo en el Cielo. Por lo tanto, todos necesitamos recibir a Cristo como único y suficiente Salvador.

Vamos a estar puestos en pie para orar por las personas que han recibido a Cristo como Salvador.

Todavía pueden continuar viniendo, los que están en otros países, pueden continuar viniendo a Cristo para recibirlo como único y suficiente Salvador; y los niños de 10 años en adelante, también pueden continuar viniendo a los Pies de Cristo nuestro Salvador.

Cristo dijo: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.” [San Mateo 19:14]

Con nuestras manos levantadas a Cristo, nuestros ojos cerrados:

Padre nuestro que estás en los Cielos, vengo a Ti en el Nombre del Señor Jesucristo, trayendo ante Ti todas estas personas que están recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador. Recíbelos en Tu Reino, ¡oh Padre Celestial! Te lo ruego en el Nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Y ahora repitan conmigo esta oración:

Señor Jesucristo, escuché la predicación de Tu Evangelio y nació Tu fe en mi corazón.

Creo en Ti con toda mi alma. Creo en Tu Nombre como el único Nombre bajo el Cielo, dado a los hombres, en que podemos ser salvos. Creo en Tu Primera Venida y creo en Tu muerte en la Cruz del Calvario, como el único Sacrificio de Expiación por nuestros pecados.

Reconozco que soy pecador y necesito un Salvador. Doy testimonio público de mi fe en Ti y de Tu fe en mí, y te recibo como mi único y suficiente Salvador.

Te ruego perdones mis pecados y con Tu Sangre me limpies de todo pecado, y me bautices con Espíritu Santo y Fuego, luego que yo sea bautizado en agua en Tu Nombre; y produzcas en mí el nuevo nacimiento.

En el Nombre del Señor Jesucristo te ruego todas estas cosas, Señor. En Tu Nombre Eterno y glorioso, te lo ruego, Señor Jesucristo. Amén y Amén.

Con nuestras manos levantadas a Cristo, al Cielo, todos decimos: ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! ¡LA SANGRE DEL SEÑOR JESUCRISTO ME LIMPIÓ DE TODO PECADO! AMÉN.

Cristo les ha recibido en Su Reino porque ustedes le han recibido como vuestro único y suficiente Salvador.

Ustedes me dirán, Cristo dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.’ [San Marcos 16:15-16] ¿Cuándo me pueden bautizar?” Es la pregunta desde lo profundo de vuestro corazón.

Por cuanto ustedes han creído en Cristo de todo corazón, bien pueden ser bautizados; y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento.

El Señor Jesucristo, cuando Juan el Bautista estaba predicando y bautizando allá en el Jordán, fue a donde Juan el Bautista, entró en el río Jordán, y cuando le tocó Su turno y Juan lo ve, Juan el Bautista le dice a Jesús: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí para que yo te bautice?” Y no lo quería bautizar. Jesús le dice: “Nos conviene cumplir toda justicia.” Y entonces lo bautizó. Y cuando subió de las aguas bautismales, vio al Espíritu Santo en forma de paloma, que descendía sobre Jesús.

Si Jesús tuvo la necesidad de ser bautizado por Juan el Bautista para luego recibir al Espíritu Santo, ¡cuánto más nosotros tenemos la necesidad de ser bautizados en agua en el Nombre del Señor Jesucristo!, para luego recibir el Espíritu Santo y para cumplir toda justicia.

Es que el bautismo en agua, aunque no quita los pecados porque lo que quita nuestros pecados es la Sangre de Cristo, en el bautismo en agua la persona se identifica con Cristo en Su muerte, sepultura y resurrección; por eso es tan importante el bautismo en agua, el cual desde los días de los apóstoles, desde el Día de Pentecostés hacia acá, se ha estado llevando a cabo en todas las personas que han estado recibiendo a Cristo como único y suficiente Salvador; y Cristo ha estado bautizando con el Espíritu Santo a esas personas que lo han recibido como Salvador y han sido bautizados en agua en Su Nombre.

Es el bautismo en agua un mandamiento del Señor Jesucristo. Cuando la persona recibe a Cristo como Salvador, muere al mundo; y cuando la persona es sumergida en las aguas bautismales por el ministro, tipológicamente está siendo sepultado; y cuando es levantada de las aguas bautismales, está resucitando a una nueva vida: a la vida eterna con Cristo en Su Reino eterno.

Ahí tenemos el simbolismo del bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo. Por eso es tan importante el bautismo en agua en el Nombre del Señor Jesucristo, para todos los que lo reciben como único y suficiente Salvador; y luego Él se encarga de bautizarlo con Espíritu Santo y Fuego, como Él lo ha prometido; y así producir el nuevo nacimiento en la persona, y colocarlo en Su Reino eterno.

Por lo tanto, bien pueden ser bautizados, y que Cristo les bautice con Espíritu Santo y Fuego, y produzca en ustedes el nuevo nacimiento; y nos continuaremos viendo eternamente en el Reino de Cristo nuestro Salvador.

Dejo con ustedes al ministro Joel Lara, para que les indique cómo hacer para ser bautizados; y en cada país dejo al ministro correspondiente, para que les indique cómo hacer para ser bautizados en agua, todos los que han recibido a Cristo en estos momentos, como su único y suficiente Salvador.

Continúen pasando todos una tarde feliz, llena de las bendiciones de Cristo nuestro Salvador.

Con ustedes el reverendo Joel Lara para continuar. Dios les bendiga y les guarde a todos.

“LA BIENAVENTURANZA MÁS GRANDE: RECIBIR LA REVELACIÓN QUE VIENE DE DIOS A TRAVÉS DE SU ENVIADO.”

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