Conferencias

El origen y la gloriosa adopción de los hijos de Dios
Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on whatsapp
Share on skype
Share on email
Share on print

Descargas

Traducciones

Reproducir vídeo

El origen y la gloriosa adopción de los hijos de Dios

Muy buenas tardes, amados amigos y hermanos presentes. Es para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir con ustedes unos momentos de compañerismo alrededor de la Palabra de Dios y Su Programa correspondiente a este tiempo final.

Para lo cual quiero leer en la carta de San Pablo a los Romanos, capítulo 8, versos 14 al 23, donde nos dice:

“Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios.

Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.

Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.

Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.

Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza;

porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora;

y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”.

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

Nuestro tema para esta ocasión es: “EL ORIGEN Y LA GLORIOSA ADOPCIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS”.

Así como en lo humano nosotros hemos venido de nuestros padres terrenales…: de nuestro padre por medio de la unión con nuestra madre, nuestro cuerpo terrenal ha venido; ese es el origen terrenal más cercano de nosotros.

Ahora, cuando se trata de este tema: el origen de los hijos de Dios y la gloriosa adopción que ha de venir para los hijos de Dios, entonces tenemos que ir a Dios. El origen de los hijos de Dios está en Dios: vienen de Dios los hijos de Dios.

Ahora, vean cómo Jesús dijo que Él vino de Dios: “Salí de Dios, y vuelvo a Dios”1. Él dijo que había descendido del Cielo2. Ahora, el cuerpo terrenal había nacido en la Tierra, pero el que estaba dentro del cuerpo terrenal había venido del Cielo.

Y ahora, el ser humano es cuerpo (que es lo que nosotros vemos), es espíritu (que es otro cuerpo de otra dimensión) y es alma; y lo más importante del ser humano es el alma: esa es la semilla, la simiente. Y no importa de dónde haya venido el cuerpo físico, no tiene importancia; lo importante es de dónde ha venido el alma de la persona; y solamente hay dos lugares de donde puede venir la persona.

Y ahora, vamos a ver, porque esto es muy importante para todo ser humano; y luego ver cómo todo esto se aclara a través de la Escritura, para saber quiénes somos y de dónde hemos venido, porque es muy importante que cada ser humano sepa de dónde ha venido.

El ser humano está buscando su origen, y piensa que vino del chimpancé o de otro animal; y dice que hubo, entre el ser humano y el animal, otro animal, el cual es llamado “el eslabón perdido”, el cual está buscando la ciencia. Pero miren, los hijos de Dios han venido de Dios; eso es muy importante saberlo, para que así podamos comprender este misterio de los hijos e hijas de Dios.

Y ahora, miren cómo Jesús habla en una forma dura a un grupo de personas que estaban en contra Suya, y miren, en el capítulo… vamos a ver… en San Juan, Cristo hablando a unos hebreos, capítulo 8, verso 32 en adelante, dice:

“… y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?

Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.

Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre.

Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.

Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros.

Yo hablo lo que he visto cerca del Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído cerca de vuestro padre.

Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais.

Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham.

Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios.

Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió.

¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra.

Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.

Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis.

¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?

El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios”.

Ahora, vean cómo Jesús identifica a esas personas que estaban en contra de Él como hijos del diablo, y les dice: “Si ustedes fueran hijos de Dios, escucharían la Palabra de Dios, las palabras que yo hablo”. Él dice: “Porque el que es de Dios, las palabras de Dios oye”.

Y ahora, ¿por qué no la oían, por qué no la escuchaban esas personas? Jesús les dice: “… por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios”.

Ahora vean, esto era una palabra dura pero era la verdad.

Tenemos nosotros que comprender que Jesús enseñó que en este planeta Tierra hay hijos de Dios y hay hijos del diablo. Es una realidad que no podemos tapar con la mano. Cualquier persona que enseñe que no hay hijos del diablo y que todos son hijos de Dios, estaría contrario a lo que enseñó Jesús.

Ahora, lo que tenemos es que ver quiénes somos nosotros, de qué lado estamos: si del lado de los hijos de Dios o del otro lado.

Ahora, el que es hijo de Dios es identificado como dice Jesucristo: “El que es de Dios, la Palabra de Dios oye”. Vean qué sencillo es identificado el hijo de Dios.

Ahora, Cristo enseñó que hay trigo y hay cizaña; la cizaña representa a los hijos del malo, y el trigo representa a los hijos de Dios. Y para el Día Postrero, para el fin del tiempo, para el tiempo de la cosecha, será recogido el trigo, los hijos de Dios; y la cizaña será atada en manojos y será quemada en el horno de fuego3. Ese será el final para la cizaña, los hijos del malo; y para los hijos de Dios será la cosecha, para los muertos en Cristo ser resucitados en cuerpos eternos y nosotros los que vivimos ser transformados, y ser todos a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo.

Necesitamos comprender que hay un Programa Divino el cual Jesucristo está llevando a cabo en favor de Sus hijos.

Cristo también dijo, en San Mateo, capítulo 15, verso 13, hablando aquí de seres humanos representados en árboles, en plantas, vean lo que dice Cristo: capítulo 15, verso 13, de San Mateo:

“Pero respondiendo él, dijo: Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada”.

O sea, está hablando ahí de todas las personas que no son hijos de Dios; son plantas que no sembró nuestro Padre celestial.

Ahora, en San Juan – también nos habla el apóstol San Juan en su primera carta, capítulo 3, verso 1 en adelante; dice:

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.

Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser…”.

O sea, todavía no hemos sido adoptados, todavía no hemos sido transformados, todavía no se ha manifestado lo que hemos de ser cuando estemos transformados; porque cuando estemos transformados y tengamos el nuevo cuerpo, seremos reyes en este planeta Tierra y sacerdotes en ese glorioso Reino Milenial de nuestro amado Señor Jesucristo.

“… pero sabemos que cuando él se manifieste (eso es en Su Segunda Venida), seremos semejantes a él (o sea, seremos transformados, y entonces seremos a imagen y semejanza de Jesucristo nuestro Salvador, porque nos dará un cuerpo eterno, inmortal, incorruptible y glorificado y jovencito para toda la eternidad; y así seremos como Él), porque le veremos tal como él es”.

Y cuando tengamos el nuevo cuerpo, ya lo vamos a ver a Él en Su cuerpo glorificado, y estaremos con Él por el Milenio y por toda la eternidad.

“Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”.

Y sigue diciendo más abajo (capítulo 3, este mismo capítulo 3):

“El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.

Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios”.

¿Vieron lo claro que habla San Juan en esta carta? Ahora vean, los hijos de Dios son simiente de Dios.

Es como la simiente de los árboles: un árbol de mango o mangó (como le llamen ustedes), su simiente es de mango; y si de una semilla de ese árbol nace un arbolito, ¿qué va a nacer? ¿Va a nacer un árbol de aguacate? No, tiene que nacer un árbol de mango; porque la semilla, la simiente que está en ese árbol que nació, es la simiente del árbol del cual vino esa semilla.

Y ahora, todo hijo de Dios es simiente de Dios, semilla de Dios, hijos e hijas de Dios. Y esto debe estar claro en la mente y el corazón de todos nosotros.

Y ahora, por eso es que hay ese sentir en el corazón de los hijos e hijas de Dios: quieren conocer las cosas de Dios, quieren leer en la Biblia todo el Programa de Dios y quieren recibir las bendiciones de Dios; y, en el tiempo que les toca vivir, están esperando las bendiciones de Dios y que Dios les abra el entendimiento para comprender Su Palabra; porque “el que es de Dios, la Palabra de Dios oye”.

Y ahora, podemos ver que este misterio de los hijos e hijas de Dios es un misterio grande pero sencillo.

Nuestro Padre celestial, vean ustedes, nos ha enviado a este planeta Tierra; aunque el ser humano cayó en el Huerto del Edén y perdió el derecho a la vida eterna: perdió el Título de Propiedad, y por consiguiente perdió el derecho a ser rey sobre el planeta Tierra, y no pudo continuar viviendo: solamente vivió 930 años Adán4; y la descendencia de Adán encontramos que nace, vive un tiempo aquí en la Tierra y después muere. Esto es porque el ser humano cayó allá en el Huerto del Edén, pecó, y perdió el derecho a la vida eterna.

Ahora, el ser humano ha estado viviendo en esclavitud; pero Cristo, así como libertó al pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, vino para morir en la Cruz del Calvario, y libertar del pecado y de esa esclavitud que el diablo tenía a los hijos de Dios, libertarlos y darles vida eterna. Por eso Él dice en San Juan, capítulo 5, verso 24:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”.

Ahora vean lo importante que es escuchar la Palabra de Dios; porque “el que es de Dios, la Voz de Dios, la Palabra de Dios, oye”.

En este pasaje, vean, Cristo nos muestra que el que oye Su Palabra “tiene vida eterna; y no vendrá a condenación”: no tiene que ir al Juicio Final para ser juzgado y condenado, sino que ya fue perdonado, sus pecados fueron limpiados con la Sangre de Cristo, y está justificado delante de Dios como si nunca hubiese pecado. Por lo tanto, esa persona en el Día Postrero será transformada si está viva, o si murió será resucitada en un cuerpo eterno, y vivirá con Cristo por toda la eternidad; pasó de muerte a vida.

La humanidad, desde la caída del ser humano, entró a muerte; porque la muerte entró por un hombre: por Adán, al Huerto del Edén, a la raza humana5. Y ahora Cristo en Su Primera Venida saca de la muerte a todos los hijos, todas esas almas que vienen de Dios, los saca de la muerte cuando escuchan Su Palabra, Su Mensaje, y creen en Cristo como su Salvador y lo reciben como su Salvador, y lavan sus pecados en la Sangre de Cristo y reciben Su Espíritu Santo; obtienen el nuevo nacimiento, nacen en el Reino de Dios con vida eterna; y así comienzan en el Programa de la vida eterna para vivir eternamente.

Y ahora, en San Juan, capítulo 6, verso 40, dice Jesús:

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

¿Ven la bendición tan grande que hay para todo aquel que ve al Hijo y cree en Él? Dice que “tenga vida eterna (para que tenga vida eterna); y yo le resucitaré en el Día Postrero”. O sea que aunque el creyente en Cristo muera físicamente, su esperanza y su fe continúa; porque sabe que Cristo en el Día Postrero (que es el séptimo milenio) lo resucitará en un nuevo cuerpo, en un cuerpo eterno, con vida eterna; un cuerpo eterno y glorificado, igual al cuerpo de Jesucristo nuestro Salvador, para vivir por toda la eternidad; y si permanecemos vivos hasta ver Su Venida y ver a los muertos en Cristo resucitados, entonces seremos transformados estando vivos, y obtendremos el nuevo cuerpo.

Ahora, estas bendiciones son para los que creen en Él, para los que lo reciben como su Salvador y lavan sus pecados en Su Sangre, y reciben Su Espíritu Santo; y así obtienen el nuevo nacimiento: nacen como hijos de Dios, como hijos e hijas de Dios; y ya comenzaron su etapa de restauración a la vida eterna, de la cual cayó Adán y Eva allá en el Huerto del Edén.

Ahora podemos ver que el origen de los hijos e hijas de Dios está en Dios; han venido de Dios, sus almas vienen de Dios; vienen de la dimensión de Dios, de la séptima dimensión, y vienen de Dios mismo esas almas. Por eso es que Cristo hablando acerca de estas personas dijo, en el capítulo 10, verso 14 al 16 [San Juan]:

“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen,

así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.

Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.

Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”.

Y luego continúa acá… Vean, Cristo dice que tiene otras ovejas que no son del redil hebreo: “Estas también debo traer”. Y desde la muerte, resurrección y ascensión de Cristo al Cielo, después llegó el Día de Pentecostés, donde recibieron el Espíritu Santo 120 personas; y de ahí en adelante comenzó a predicarse el Evangelio presentando a Cristo como nuestro Salvador, para lavar nuestros pecados en Su Sangre y recibir Su Espíritu Santo.

Nacieron 120 personas el Día de Pentecostés, nacieron de nuevo, y de ahí en adelante han estado naciendo de nuevo todos los creyentes en Cristo nuestro Salvador, que han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo.

Todas esas personas tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, desde antes de la fundación del mundo. Todas esas son almas de Dios, que han venido de Dios para vivir en esta Tierra en estos cuerpos mortales para hacer contacto con la vida eterna, y recibir a Cristo como su Salvador, lavar sus pecados en la Sangre de Cristo, y recibir Su Espíritu Santo; y así recibir el nuevo nacimiento, del cual le habló Cristo a Nicodemo cuando le dijo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios”, o sea, no lo puede entender.

Nicodemo pensó en el nacimiento a través de una mujer, y dijo: “¿Cómo puede hacerse esto? ¿Puede el hombre, ya siendo viejo, entrar en el vientre de su madre y nacer?”. ¿Y qué si la madre de Nicodemo estaba ya muerta?; porque si Nicodemo ya estaba viejo, ¿cómo estaría la mamá?

Y ahora, Cristo le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios (o al Reino de los Cielos)”6.

Y ahora, vean ustedes, es por medio de creer en Cristo como nuestro Salvador, y lavar nuestros pecados en Su Sangre, y recibir Su Espíritu Santo, que obtenemos el nuevo nacimiento; y así obtenemos un cuerpo teofánico de la sexta dimensión.

Siempre que hay un nuevo nacimiento o que hay un nacimiento, siempre un cuerpo aparece, un cuerpo nace; y obtenemos el cuerpo celestial, el cuerpo angelical de la sexta dimensión; y luego, en el Día Postrero, obtendremos el cuerpo físico eterno y glorificado, igual al cuerpo glorificado de nuestro amado Señor Jesucristo.

Ese es el Programa de la Nueva Creación que Cristo está llevando a cabo, porque Él está creando una nueva raza. Por eso Él es el segundo Adán7.

Por medio del primer Adán, la raza viene ya en una condición de muerte: nace, crece y después muere. Pero por medio de Cristo, vean ustedes, la cosa es en forma progresiva: nos saca de la muerte espiritual, nos da vida eterna, y en el Día Postrero nos dará un cuerpo eterno y glorificado para vivir con Él por toda la eternidad.

Ahora, veamos cómo Cristo nos dice acá; en el mismo capítulo 10, verso 27 en adelante, dice:

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,

y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.

Mi Padre que me las dio…”.

Vean: “Mi Padre que me las dio…”. ¿De dónde vienen las ovejas de Cristo, los hijos e hijas de Dios? Del Padre celestial.

“Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

Yo y el Padre uno somos”.

Era el Padre celestial manifestado en Jesús en toda Su plenitud; por lo tanto, estaba llamando y juntando a Sus ovejas. Comenzó allá, y ha continuado llamando y juntando a Sus ovejas de etapa en etapa, de edad en edad, y dándoles vida eterna: produciendo el nuevo nacimiento, y así dándoles vida eterna para que no mueran, sino para que vivan por toda la eternidad; porque son almas de Dios que vienen en cuerpos mortales, corruptibles y temporales para hacer contacto en esta Tierra con la vida eterna, que es Jesucristo, y lavar sus pecados en la Sangre de Cristo al recibir a Cristo como nuestro Salvador, y recibir Su Espíritu Santo, y así obtener el nuevo nacimiento.

Ahora, hemos visto el origen de los hijos e hijas de Dios y hemos visto también la gloriosa adopción que Cristo ha prometido para todos Sus hijos.

Seremos adoptados: esto es que obtendremos un cuerpo eterno y glorificado, igual al cuerpo glorificado de nuestro amado Señor Jesucristo. Esa es nuestra adopción: es la redención del cuerpo, en donde los hijos e hijas de Dios volverán a ser eternos, con cuerpos eternos, un cuerpo eterno como el cuerpo eterno de nuestro amado Señor Jesucristo.

Ahora, hemos visto este misterio de “EL ORIGEN Y LA GLORIOSA ADOPCIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS”. El origen de los hijos de Dios y la adopción de los hijos de Dios para el Día Postrero, en donde los hijos e hijas de Dios volverán a ser físicamente eternos. De ahí en adelante, ya no morirá ningún hijo o hija de Dios, porque tendremos un cuerpo glorificado y eterno, como el cuerpo glorificado de nuestro amado Señor Jesucristo.

Por eso es que Cristo ha prometido la resurrección de los creyentes en Él que han muerto físicamente, la ha prometido para el Día Postrero, que es el séptimo milenio de Adán hacia acá o tercer milenio de Cristo hacia acá.

Pero no sabemos en qué año del séptimo milenio será la resurrección; pero lo importante es, en el tiempo que le toca vivir a la persona, estar escuchando la Voz de Dios, la Voz de Jesucristo, para obtener el perdón de sus pecados y para obtener el Espíritu de Cristo, y así obtener el nuevo nacimiento; y estar preparado para, en el Día Postrero, cuando Cristo resucite a los muertos creyentes en Él, si la persona murió: sea uno de los que resucitará en un nuevo cuerpo, en un cuerpo eterno; y si permanece vivo, pues sea una de las personas que será transformada en este tiempo final.

¿Ven la importancia de estar escuchando la Voz de Cristo, la Voz de Dios? Y Cristo dijo: “Mis ovejas oyen mi Voz, y me siguen”. Vean la identificación de los hijos e hijas de Dios: que oyen la Voz de Dios, la Voz de Jesucristo, la Voz del Buen Pastor.

El origen de los hijos de Dios, ¿cuál es? Dios; vienen de Dios, son almas de Dios; vienen de la dimensión de Dios, de la séptima dimensión. Y la gloriosa adopción para los hijos de Dios es la resurrección de los muertos en Cristo y la transformación de nosotros los que vivimos, en este tiempo final, la cual pronto se llevará a cabo.

Por eso es que se ha estado predicando el Evangelio desde el tiempo de los apóstoles hacia acá; y ese es el llamado para todos los hijos e hijas de Dios, el llamado para todas las ovejas de Jesucristo. “Mis ovejas oyen mi Voz, y me siguen”. Y Cristo ha estado llamando a Sus ovejas por medio de Sus mensajeros del tiempo de los apóstoles hacia acá, para darles vida eterna: para perdonar sus pecados, limpiar sus pecados con Su Sangre, y darles Su Espíritu Santo; y así llevar a cabo en ellos, efectuar en ellos, el nuevo nacimiento: nacer en el Reino de Dios.

Sin nacer en el Reino de Dios, no hay resurrección en un cuerpo eterno para ninguna persona. El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios; el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios, al Reino de los Cielos.

Es necesario comprender estas cosas para ver cómo nosotros estar preparados en este tiempo final para recibir nuestra transformación, nuestra adopción, que es el nuevo cuerpo que Él ha prometido para cada uno de ustedes y para mí también.

“EL ORIGEN DE LOS HIJOS DE DIOS Y LA GLORIOSA ADOPCIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS”.

Ha sido para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión dándoles testimonio de “EL ORIGEN Y LA GLORIOSA ADOPCIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS”.

Que las bendiciones de Jesucristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también; y pronto se complete el número de los escogidos de Dios, de las ovejas de Cristo en Su Redil, en Su Iglesia; y pronto Cristo resucite a los muertos creyentes en Él y nos transforme a nosotros los que vivimos, y nos lleve con Él a la Cena de las Bodas del Cordero en el Cielo. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

Muchas gracias por vuestra amable atención, amados amigos y hermanos presentes, y continúen pasando una tarde llena de las bendiciones de nuestro amado Señor Jesucristo.

Nunca se aparten de nuestro amado Señor Jesucristo. Continúen hacia adelante, no importa los problemas que ustedes tengan en su vida.

Si tienen problemas, si cometen algún error o alguna falta o algún pecado: confiesen sus pecados y sus errores a Jesucristo, y colóquenlos dentro de la Sangre de Jesucristo; porque la Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado8. Y continúen hacia adelante en su vida cristiana, porque pronto vamos a recibir el nuevo cuerpo, y vamos a ser iguales a Jesucristo; y de ahí en adelante nunca más cometeremos errores, no cometeremos faltas y nunca más pecaremos; y nunca nos enfermaremos y nunca nos pondremos viejos tampoco: permaneceremos jovencitos, de 18 a 21 años en apariencia, y eso será por toda la eternidad.

¿Ven la bendición tan grande que Cristo tiene para usted y para mí? Por lo tanto, manténgase bien agarrado de Jesucristo. No importa lo que pase a su alrededor o en su vida: siga adelante hasta que obtenga la transformación de su cuerpo, hasta que obtenga el nuevo cuerpo; y si muere físicamente, pues será resucitado en un nuevo cuerpo.

Así que después que ya usted se ha agarrado de Cristo, ¡siga hacia adelante todos los días de su vida!, y sepa que tiene vida eterna y que va a tener un cuerpo nuevo y eterno, igual al cuerpo de Jesucristo.

“EL ORIGEN Y LA GLORIOSA ADOPCIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS”.

[Revisión septiembre 2020]

1 San Juan 16:28

2 San Juan 6:38

3 San Mateo 13:24-30, 13:36-43

4 Génesis 5:5

5 Romanos 5:12

6 San Juan 3:1-5

7 1 Corintios 15:45

8 1 Juan 1:7

Ir arriba