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El Hijo del Hombre con las llaves del infierno y de la muerte
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El Hijo del Hombre con las llaves del infierno y de la muerte

EL HIJO DEL HOMBRE CON LAS LLAVES DEL INFIERNO Y DE LA MUERTE

 

Dr. William Soto Santiago

 

Viernes, 30 de octubre de 1998

 

Mendoza, Argentina

 

Muy buenas noches, amados hermanos y amigos presentes, y radioyentes en la ciudad de Mendoza, Argentina. Es para mí un privilegio y bendición grande estar con ustedes en esta ocasión, para compartir con ustedes el Programa Divino correspondiente a nuestro tiempo, y ver así en qué parte del Programa Divino nos encontramos en este tiempo final.

 

Para lo cual quiero leer en el libro del Apocalipsis, capítulo 1, versos 12 en adelante, donde nos dice:

 

“Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro,

 

y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro.

 

Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego;

 

y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas.

 

Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.

 

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último;

 

y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades”.

 

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

 

Nuestro tema es: “EL HIJO DEL HOMBRE CON LAS LLAVES DEL INFIERNO Y DE LA MUERTE”.

 

“EL HIJO DEL HOMBRE CON LAS LLAVES DEL INFIERNO Y DE LA MUERTE”.

 

Para poder comprender nuestro tema de esta ocasión, de lo cual hemos leído en esta página apocalíptica, en donde nos muestra que Jesucristo, el Hijo del Hombre, es el que tiene las llaves de la muerte y del Hades (o sea, del infierno); para poder comprender nuestro tema, necesitamos saber que una llave siempre da lugar a entrada a la persona que posee esa llave, cuando la usa abriendo la puerta o candado que está frente a él. O sea que poseer una llave le da paso o entrada —a la persona que la posee— a aquello para lo cual fue hecha y dada esa llave.

 

Por ejemplo, si es la llave a una casa, la persona que posee esa llave tiene paso a esa casa; puede entrar a esa casa porque tiene la llave de esa casa. Si es la llave de un auto, esa persona tiene acceso a ese auto y puede entrar a ese auto y puede manejar ese auto. Si es la llave a un reino, con esa llave se abre ese reino; si es la llave a una edad, con esa llave se abre esa edad; si es la llave a una dispensación, con esa llave se abre esa dispensación.

 

Es muy importante también ver, a través de la Escritura, que Cristo hablándole a San Pedro, en una ocasión en que San Pedro dio a conocer a Cristo la revelación que él tenía… En San Mateo, capítulo 16, versos 13 en adelante, dice:

 

“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

 

Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.

 

Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

 

Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

 

Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

 

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades (o sea, ‘y las puertas del infierno’) no prevalecerán contra ella.

 

Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

 

Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo”.

 

Ahora, vean, luego de San Pedro tener esa revelación del Cielo, y darla a conocer a Jesús y a los demás discípulos que estaban allí, luego Jesús dice a Sus discípulos: “No vayan a decir que yo soy el Mesías (o sea, ‘que yo soy el Cristo’), no vayan a estar diciendo por ahí que yo soy el Cristo”.

 

Siendo Jesucristo el Mesías, el Rey de Israel, ahora les dice a Sus discípulos que no lo digan a las demás personas, sino que guarden eso para ellos y no lo den a conocer a los demás; por ejemplo, no lo den a conocer a los sacerdotes, a los fariseos y saduceos, al Concilio del Sanedrín y el sumo pontífice. “Sea esta revelación para ustedes”.

 

¿Por qué? Porque a ellos era concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, que estaban siendo cumplidos y estaban siendo revelados a los niños, o sea, a aquellas personas sencillas que estaban obteniendo esa revelación del Cielo. Como dijo Jesús en San Mateo, capítulo 11, versos 25 al 27, en una ocasión; dice:

 

“En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.

 

Sí, Padre, porque así te agradó.

 

Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”.

 

Ahora vean cómo esta revelación, de quién era el Padre velado y revelado en aquel tiempo por medio de Jesús, esta revelación era solamente para un grupo de personas a los cuales Jesucristo quería darles a conocer ese misterio que estaba siendo cumplido en medio del pueblo hebreo; a los demás, Jesús les hablaba en parábolas. Dice: “Para que viendo no vean, y oyendo no oigan y entiendan, y se conviertan, y yo los salve. Pero a vosotros es concedido (¿qué?) conocer los misterios del Reino de los Cielos”1.

 

Dice también: “Bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque muchos de los profetas y de los justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron” (San Mateo, capítulo 13, versos 16 al 17).

 

Y ahora, vean cómo esta revelación de la Primera Venida de Cristo estaba cumplida en medio del pueblo hebreo; y la religión hebrea, con el Concilio de la religión hebrea, el Concilio del Sanedrín, y el sumo sacerdote y todos aquellos sacerdotes, no se habían dado cuenta que ya la Venida del Mesías estaba cumplida en medio del pueblo hebreo y ya llevaba treinta años en medio de ellos cumplida.

 

Y ahora había comenzado Su ministerio el Mesías en medio del pueblo hebreo, y no podían comprender ese gran misterio de la Primera Venida de Cristo; aunque Dios había dicho por el profeta Isaías y por el profeta Miqueas, acerca de la Venida del Mesías, que vendría por medio del nacimiento a través de una virgen y que nacería en Belén de Judea.

 

Por medio del profeta Miqueas dijo que nacería en Belén de Judea, vendría de Belén de Judea2</a>; y por medio del profeta Isaías dijo que sería por medio de una virgen3 y que también sería por medio de la descendencia de Isaí: sería un retoño, un renuevo, que nacería de ese tronco de Isaí; o sea, sería un tatara-… o tataratataranieto según la carne, porque la virgen María era una descendiente del rey David y —por consiguiente— descendiente de Isaí4.

 

Ahora, este misterio de la Primera Venida de Cristo, aunque es el misterio más grande que fue realizado en aquel tiempo de Jesús y los apóstoles…: ese misterio y de ese misterio se había hablado por medio de los profetas en el Antiguo Testamento, y se había dicho que sería por medio de una mujer virgen, y se había dicho también que sería por medio de la descendencia de Isaí; por lo tanto, esa mujer virgen tenía que venir de la descendencia de Isaí y tenía que nacer en Belén de Judea. O sea que tenían bastante información profética dada con relación a la Venida del Mesías; y con todo y eso no se dieron cuenta del cumplimiento de la Venida del Mesías.

 

Para la Segunda Venida de Cristo tenemos menos información profética con relación al lugar y descendencia, y todas estas cosas; pero no importa, porque todo eso está en los tipos y figuras; y el cumplimiento de esa promesa se estará identificando con todos los tipos y figuras que hablan de la Segunda Venida de Cristo.

 

Ahora, con relación a la Venida del Mesías, para poder comprender, creer y recibir la Venida del Mesías, tenían que (las personas) tener la revelación del Padre celestial, la revelación del Cielo; porque ninguna persona por sabiduría humana puede descubrir los misterios de Dios, y menos un misterio tan grande como la Primera Venida de Cristo; tiene que ser por revelación del Cielo.

 

Y ahora, Pedro, del cual hemos leído, el cual cuando Cristo preguntó: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”, Pedro dijo: “Tú, Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”5. ¿De dónde sacó Pedro esa revelación? Del Cielo.

 

Pedro era un hombre sin letras, un hombre que no había estudiado; y menos, teología, y menos había estudiado en un seminario o en una universidad; pero había recibido la revelación del Cielo para saber que Jesús era el cumplimiento de la Primera Venida del Mesías, era el cumplimiento de la Venida del Rey de Israel. Y vean ustedes cómo Pedro reconoció que en ese velo de carne llamado Jesús estaba el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Ángel de Jehová, el Ángel del Pacto, manifestado en carne humana.

 

El Verbo, que era con Dios y era Dios, se había hecho carne y estaba en medio del pueblo hebreo, y era llamado Jesús; pues al velo de carne le fue puesto el nombre Jesús. Y así se llamaba el Ángel de Jehová, el Ángel del Pacto, hecho hombre en medio del pueblo hebreo para llevar a cabo Su Obra de Redención en la Cruz del Calvario; Obra que el pueblo hebreo no comprendía, pero que estaba en los tipos y figuras que el mismo pueblo hebreo llevaba a cabo todos los años.

 

Por ejemplo, en el cordero pascual que el pueblo hebreo sacrificaba cada año: el día 14, que era la víspera de la Pascua, sacrificaba cada familia un cordero y lo comían asado; pero su sangre era la señal, la cual en Egipto colocaron sobre las puertas (el dintel de las puertas y también los postes de las puertas), para que la muerte no entrara y así los primogénitos no murieran aquella noche de la Pascua, la cual comenzaría desde la caída del sol en adelante6.

 

Ahora, vean ustedes cómo con aquel sacrificio del cordero pascual fueron librados todos los primogénitos del pueblo hebreo; y por eso es que Dios dice: “Todos los primogénitos son míos”7.

 

Y ahora, los primogénitos escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, ¿son de quién? De Dios; y son redimidos con la Sangre del Cordero de Dios.

 

Ese Sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario, que fue representado en el cordero pascual que ofrecieron allá en Egipto en la víspera de la Pascua…; vean ustedes, ese sacrificio allá representa el Sacrificio de Cristo por los primogénitos escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero; así como aquel sacrificio en Egipto, hecho por el pueblo hebreo, por orden divina a través del profeta Moisés, era el sacrificio por los primogénitos del pueblo hebreo, del Israel terrenal.

 

Pero ahora el Sacrificio del Cordero Pascual por los primogénitos, por el Israel celestial, vean ustedes, es un sacrificio superior: es un Sacrificio que no cubre el pecado, sino que quita el pecado. Es el Sacrificio del Cordero de Dios, del cual Juan dijo, hablando y viendo a Jesús dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”8. Ese es el Sacrificio por todos los primogénitos del Cielo, del Israel celestial; los primogénitos escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero.

 

Y ahora, estaba presente allí el Cordero de Dios, Jesucristo nuestro Salvador, en medio del pueblo hebreo, y predicando el Evangelio. Y ya tenía unos cuantos discípulos con Él: tenía a los doce apóstoles y otras personas más que le seguían. Y ahora pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”. Y Pedro tenía la revelación de quién era Jesús: sabía que era el Hijo de Dios, el Mesías, el Rey de Israel; revelación que no tenía el sumo sacerdote, aunque había estudiado tanto y tenía tantos grados en teología, como también los miembros del Concilio del Sanedrín.

 

Ahora, vean cómo Cristo le dice a Pedro [San Mateo 16:18]:

 

“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades (infierno) no prevalecerán contra ella”.

 

Y sigue diciéndole a Pedro algo muy importante para Pedro, y dice:

 

Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos…”.

 

¿A quién le daría las llaves del Reino de los Cielos, en esa ocasión, Cristo? A San Pedro. Cristo es el que tiene todas las llaves.

 

Tenemos las llaves del Reino de los Cielos, tenemos la llave de David, tenemos las llaves del infierno y de la muerte; y así por el estilo tenemos un sinnúmero de llaves con las cuales se abre aquello de lo cual esa llave es; a lo que pertenezca esa llave, usando esa llave, se abre eso.

 

Ahora vean cómo nadie más podía abrir el Reino de los Cielos, excepto Pedro, el cual recibió de parte de Cristo las llaves del Reino de los Cielos: la revelación.

 

Y por eso, el Día de Pentecostés, Pedro predicando abrió, usando la llave: la revelación de la Primera Venida de Cristo como Cordero de Dios quitando el pecado del mundo: abrió, con esa revelación, abrió las puertas o la Puerta del Reino de los Cielos9. Y la Puerta es Cristo. Él dijo: “Yo soy la Puerta; y el que por mí entrare, será salvo”10.

 

Y ahora, Pedro abre la Puerta, que es Cristo, para que entren por Cristo al Reino de los Cielos. Abrió la Puerta en medio de los hebreos (o sea, al pueblo hebreo), y luego en la casa de Cornelio abrió la Puerta para los gentiles11.

 

Y esa Puerta ha estado abierta —la Puerta al y del Reino de los Cielos— para entrar por esa Puerta: por Cristo, el Cordero de Dios, que vino y murió en la Cruz del Calvario, y nos limpió de todo pecado con Su Sangre preciosa.

 

Pero esa Puerta se va a cerrar algún día, y nadie más podrá entrar por esa Puerta; y eso será cuando Cristo termine Su Obra de Redención en el Cielo, cuando Él termine Su Obra de Intercesión allá en el Cielo; pues Él está en el Cielo, en el Trono de Dios, en el Lugar de Intercesión, así como el sumo sacerdote, una vez al año (o sea, un día en el año), entraba con la sangre del macho cabrío al lugar santísimo y colocaba la sangre sobre el propiciatorio (con su dedo esparcía siete veces); y el sumo sacerdote hacía intercesión en el lugar santísimo del tabernáculo que construyó Moisés y del templo que construyó Salomón también; y luego, cuando salía, el pueblo hebreo quedaba reconciliado12.

 

Todo el pueblo hebreo quedaba reconciliado; pero, vean, todas esas personas que quedaban reconciliadas ese día, tenían que haberse afligido: haberse afligido arrepentidos por sus pecados y haberse afligido por haber pecado delante de Dios. Y el que no lo hiciera así sería cortado del pueblo: el juicio divino vendría sobre la persona; porque la paga del pecado es muerte13.

 

Por lo tanto, esas personas que no se afligieran delante de Dios serían cortadas del pueblo; ¿por qué? Porque sus pecados no serían perdonados: sus pecados no serían cubiertos con la sangre de aquella expiación (con la sangre de aquel macho cabrío, que es la sangre de la expiación, que era colocada en el lugar santísimo sobre el propiciatorio); y por consiguiente el juicio divino venía sobre la persona y era cortada del pueblo; y también esa persona perdía el derecho a pertenecer al pueblo hebreo, al pueblo de Dios.

 

Ahora, miren lo que sucedía el día 10 del mes séptimo de cada año: en Levítico, capítulo 23, verso 26 en adelante, nos dice:

 

“También habló Jehová a Moisés, diciendo:

 

A los diez días de este mes séptimo será el día de expiación; tendréis santa convocación, y afligiréis vuestras almas, y ofreceréis ofrenda encendida a Jehová.

 

Ningún trabajo haréis en este día; porque es día de expiación, para reconciliaros delante de Jehová vuestro Dios.

 

Porque toda persona que no se afligiere en este mismo día, será cortada de su pueblo”.

 

Y ahora, vean cómo en medio del pueblo hebreo se efectuaba ese día de la expiación.

 

Y eso es lo mismo que ha estado sucediendo en medio del Israel celestial, en medio de la Iglesia del Señor Jesucristo, en donde encontramos a Jesucristo, el Sumo Sacerdote, en el Templo, en el Lugar Santísimo; pero no del templo terrenal (ni del templo terrenal de Salomón, ni del templo terrenal de Moisés; ya esos templos fueron destruidos, no están)… Pero ahora, ¿dónde está el Sumo Sacerdote, Jesucristo, según el Orden de Melquisedec? Cristo es ese Sumo Sacerdote Melquisedec, Sacerdote del Dios Altísimo, y está en el Templo de Dios que está en el Cielo.

 

Él con Su propia Sangre, cuando murió, resucitó y ascendió al Cielo, colocó Su propia Sangre allá en el Cielo, sobre el Propiciatorio del Templo que está en el Cielo; y ha estado haciendo intercesión por todos los miembros del Israel celestial: por todas las personas que tienen sus nombres escritos en el Cielo, en el Libro de la Vida del Cordero, los cuales vendrían a la Tierra de etapa en etapa, de generación en generación, y escucharían la predicación del Evangelio, y recibirían a Cristo como su Salvador; y se haría efectivo en esas personas el Sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario, y serían limpios sus pecados, y quedaría la persona justificada, o sea, como si nunca hubiese pecado.

 

Así Cristo ha estado haciendo de edad en edad: haciendo intercesión en el Cielo por cada persona que tiene su nombre escrito en el Cielo, el cual viene a vivir a esta Tierra a través de las diferentes etapas y generaciones; hasta que entre hasta el último de los hijos e hijas de Dios, de los escogidos de Dios.

 

Y el último entrará en el último Día, que es el Día Postrero o séptimo milenio, en el cual ya estamos nosotros viviendo. Por lo tanto, de un momento a otro, a través de la predicación del Evangelio…

 

Los escogidos del Día Postrero, vean ustedes, están escuchando y están recibiendo el Evangelio, y están entrando al Cuerpo Místico de Cristo; y cuando entre el último de los escogidos, ya entonces habrá entrado cada uno que le corresponde entrar primero; y con el último pues se completa el número de los miembros de la Iglesia de Jesucristo. Y luego Cristo hará Su reclamo: saldrá del Trono de Intercesión en el Cielo, hará Su reclamo; y ya no habrá más Sangre allá, en el Templo que está en el Cielo.

 

Y así como el sacerdote, cuando salía: quedaba reconciliado el pueblo hebreo con Dios. Y así, cuando Cristo salga del Lugar de Intercesión, todo hijo e hija de Dios que ha creído en Cristo como su Salvador, y ha lavado sus pecados en la Sangre de Cristo, y ha recibido Su Espíritu: ya tiene su reconciliación espiritual. Y para el Día Postrero, si partió, si murió su cuerpo físico: será resucitado en un cuerpo eterno; y nosotros los que vivimos seremos transformados. Y entonces tendremos la adopción, o sea, la redención de nuestro cuerpo físico14, en donde obtendremos un cuerpo eterno y glorificado, como el de nuestro amado Señor Jesucristo.

 

Y entonces tendremos la plena redención, o sea, tendremos la plena reconciliación con Dios, aun físicamente también; y entonces tendremos un cuerpo a imagen y semejanza del cuerpo de nuestro amado Señor Jesucristo, y seremos a imagen y semejanza de Jesucristo, y viviremos por toda la eternidad con nuestro amado Señor Jesucristo.

 

Ahora, vea cómo fue abierta esa Dispensación de la Gracia: fue abierta por San Pedro el Día de Pentecostés para los judíos, y en la casa de Cornelio para los gentiles.

 

Pedro tenía las llaves del Reino de los Cielos, tenía la revelación. Y al tener la revelación de la Primera Venida de Cristo y Su Obra de Redención en la Cruz del Calvario, tenía el conocimiento del Programa Divino correspondiente a la Primera Venida de Cristo; y lo dio a conocer el Día de Pentecostés; y se abrió la Puerta del Reino de los Cielos, y millones de seres humanos han estado entrando al Reino de los Cielos y han estado recibiendo vida eterna.

 

Ahora, podemos ver que una llave contiene todo el poder que se requiere para abrir la puerta de la cual es esa llave; y al abrirse esa puerta, entonces se puede entrar por esa puerta y recibir todo lo que hay detrás de esa puerta.

 

Ahora, podemos ver que Cristo es el que tiene todas las llaves; pero, vean, le dio la llave del Reino de los Cielos a Pedro, y la usó muy bien San Pedro: y abrió la Puerta —que es Cristo— con esa llave, esa revelación: la revelación de la Primera Venida de Cristo como el Cordero de Dios quitando el pecado en la Cruz del Calvario.

 

Y ahora, con esa Puerta abierta se hace posible el nuevo nacimiento de todos los creyentes en nuestro amado Señor Jesucristo, y se hace posible todo el Programa correspondiente a la Dispensación de la Gracia.

 

Vean lo importante que es una llave. Es muy importante, porque aunque la llave es pequeña, abre una puerta grande; y depende de qué sea la llave, es la puerta que va a ser abierta.

 

Ahora, tenemos también que Jesús nos dice en el libro del Apocalipsis, capítulo 3 y verso 7, de la siguiente manera; dice:

 

“Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre…”.

 

Ahora, tenemos aquí, hablado por el mismo Jesucristo, otra llave: la llave de David.

 

Con la llave de David se abre el Reino de David, se abre la Puerta para el glorioso Reino de David; porque la promesa para David ha sido que su Reino será para siempre y que no faltará uno de su descendencia que se siente en su trono (en el Trono de David). Y por eso el Mesías tenía que venir como un descendiente del rey David; por eso vino Jesús como un descendiente del rey David, por medio de una virgen (la virgen María) descendiente del rey David, y por consiguiente descendiente de Isaí, el padre de David.

 

El Arcángel Gabriel, hablando acerca de Jesús, le dijo a la virgen María en San Lucas, capítulo 1, versos 30 en adelante, de la siguiente manera:

 

“Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.

 

Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús.

 

Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;

 

y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.

 

Aquí tenemos a Jesús como el heredero al Trono de David.

 

Y Cristo nos dice en Apocalipsis, capítulo 3, verso 7, que Él tiene la llave de David. Por lo tanto, solamente Jesucristo es el que puede abrir la Puerta del Reino de David, para ser restaurado el Reino de David en esta Tierra, en medio del pueblo hebreo, y reinar sobre el pueblo hebreo y sobre todas las naciones.

 

Dijo el precursor de la Segunda Venida de Cristo, el reverendo William Branham, en el libro de Las Edades de la Iglesia, predicado en Norteamérica; dice en la página 329:

 

“38. Y cuando entrare aquel último miembro elegido del Cuerpo de Cristo, entonces aparecerá nuestro Señor.

 

39. La llave de David. ¿No fue David el rey sobre todo Israel? ¿Y no es Jesús el Hijo de David, según el hecho de que él estará sentado sobre el Trono de David durante el Milenio, y reinará y regirá sobre Su herencia? Seguramente. Entonces la llave de David significa que es Jesús quien dará comienzo al Milenio. Aquel quien tiene las llaves de la muerte y del infierno, levantará a los Suyos para que puedan compartir Su Reino de justicia sobre la Tierra”.

 

Ahora, el que tiene la llave de David también tiene las llaves del infierno y de la muerte. Y si tiene las llaves de la muerte y del sepulcro, entonces puede llevar a cabo la resurrección de todos los muertos en Cristo, pues Él tiene las llaves; y si tiene las llaves, entonces puede abrir y puede sacar a todos los que han muerto físicamente: sacarlos en un cuerpo eterno y glorificado, igual al cuerpo de nuestro amado Señor Jesucristo.

 

El Señor Jesucristo ha prometido que Él resucitará a todos los creyentes en Él que han partido. Eso lo dijo Cristo en San Juan, capítulo 6, versos 39 al 40; y en ese mismo capítulo 6, en otros lugares más, también lo dice. Dice:

 

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

 

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

 

¿Cuándo Cristo ha prometido que resucitará a los creyentes en Él que han partido? Dice que será en el Día Postrero.

 

¿Por qué? ¿Cómo Él va a resucitar a los muertos en Cristo? Porque Él tiene (¿qué?) las llaves del infierno y de la muerte, tiene las llaves del sepulcro y de la muerte; por lo tanto, Él puede resucitar a todos los creyentes en Él que ya han partido. Y a nosotros los que vivimos nos puede transformar; y nos transformará y nos dará un nuevo cuerpo cuando haya resucitado a los muertos en Cristo.

 

Y para Cristo colocar el tipo y figura de la resurrección de los muertos en Cristo para el Día Postrero, encontramos que Cristo resucitó a Lázaro, luego que Lázaro tenía ya cuatro días de muerto, y ya hedía, su cuerpo ya había comenzado a corromperse15.

 

Y no importa que el cuerpo físico de los escogidos de Dios se haya corrompido, no importa que ya esté vuelto cenizas; porque ya algunos llevan cerca de 2000 años, otros llevan 1000 años, otros llevan 500 años, otros llevan 100 años, otros llevan 50 años, otros 25 años, y algunos de los nuestros que han partido; pero no importa el tiempo que lleven de haber muerto físicamente los hijos de Dios que ya han partido, eso no importa: Cristo tiene el poder para resucitarlos en cuerpos eternos, porque Él tiene la llave de la muerte y del sepulcro.

 

Ahora, es Él el que realizará esa resurrección. Y por eso resucitó a Lázaro, como tipo y figura de lo que Él hará con los creyentes en Él que han partido y que Él resucitará en el Día Postrero, o sea, en el séptimo milenio.

 

Lázaro tenía que ser resucitado para pertenecer a la Iglesia del Señor Jesucristo. Aunque Lázaro era creyente en Jesucristo, por cuanto ninguno de los creyentes en Jesucristo había nacido de nuevo, se requería el nuevo nacimiento para la persona poder pertenecer al Reino de los Cielos. Para la persona poder entrar al Reino de los Cielos, o sea, a la Iglesia de Jesucristo, y ser un miembro de la Iglesia de Jesucristo, se requería el nuevo nacimiento, como Cristo le dijo a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios”.

 

Nicodemo estaba interesado en el Reino de Dios, y le dice: “¿Cómo puede hacerse esto? ¿Puede acaso un hombre, ya siendo viejo, entrar en el vientre de su madre y nacer de nuevo?”. Jesús le dice: “De cierto, de cierto te digo, que el que no nazca del Agua y del Espíritu, no puede entrar al Reino de Dios (o en el Reino de Dios). Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo”16.

 

Es necesario nacer de nuevo para pertenecer a la Iglesia del Señor Jesucristo.

 

Y antes de la muerte y resurrección de Cristo, y venida del Espíritu Santo el Día de Pentecostés sobre 120 personas; antes de eso, ninguna persona (aunque eran creyentes en Cristo), ninguno de ellos había nacido de nuevo; y por lo tanto, no pertenecían a la Iglesia del Señor Jesucristo: no habían nacido en el Reino de los Cielos, no habían nacido en la Iglesia del Señor Jesucristo.

 

Y Lázaro y María y Marta, aunque eran creyentes en Jesucristo, todavía no habían nacido, por lo tanto, todavía no pertenecían al Reino de los Cielos, todavía no pertenecían a la Iglesia de Jesucristo; porque se entra a la Iglesia de Jesucristo por medio del nuevo nacimiento: creyendo en Cristo como nuestro Salvador, lavando nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibiendo Su Espíritu Santo.

 

Vean lo sencillo que es todo este Programa Divino para entrar al Reino de Dios.

 

Y si Lázaro no era resucitado por Jesucristo en aquel tiempo, ¿qué pasaría con Lázaro? Pues Lázaro no iba a resucitar en el Día Postrero: iba a resucitar entonces en aquellos días con todos los santos del Antiguo Testamento que resucitaron con Cristo cuando Cristo resucitó17</a>; pero no pertenecería Lázaro a la Iglesia del Señor Jesucristo.

 

Porque los muertos que resucitarán y pertenecerán a la Iglesia del Señor Jesucristo, redimidos por la Sangre de Cristo, encontramos que son los que del Día de Pentecostés hacia acá han creído en Cristo, han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y han recibido Su Espíritu Santo; y si han muerto sus cuerpos físicos, serán resucitados en el Día Postrero, o sea, en el séptimo milenio; y resucitarán en cuerpo eterno.

 

Y Lázaro, vean ustedes, para resucitar en el Día Postrero, en el séptimo milenio, en este tiempo en el cual nosotros vivimos, Cristo tenía que resucitarlo allí; para luego Lázaro vivir una temporada más de tiempo y entrar en el Programa de la Redención: creyendo en Cristo como su Salvador, lavando sus pecados en la Sangre de Cristo, y recibiendo el Espíritu de Cristo, y así obteniendo el nuevo nacimiento; lo cual no se había efectuado en Lázaro hasta después del Día de Pentecostés.

 

Del Día de Pentecostés en adelante pudo él haber sido uno de los que estaban allí el Día de Pentecostés, juntamente con Marta y María, y también con María (la virgen María), y los demás apóstoles, y demás personas que creían en Jesús; un grupo de 120 personas estaban en ese momento allí; o sea que eran personas madrugadoras, fueron las personas que estaban en esa actividad de la mañana. Y ya Pedro está predicando, de 8 a 9 de la mañana, su primer Mensaje, inaugurando la Dispensación de la Gracia, abriendo la Puerta de la Gracia con la llave que Cristo le dio: la llave de la revelación de la Primera Venida de Cristo como Cordero de Dios quitando el pecado del mundo.

 

Ahora, podemos ver este misterio de la llave.

 

Vean, la llave, aunque parezca algo pequeño, puede abrir una puerta tan grande que cualquier persona se puede maravillar. Vean, usted puede ver una puerta grandísima y usted tener una llave pequeña, algo pequeño, y usted decir: “Yo tengo con qué abrir esa puerta para que todos podamos pasar”.

 

Cualquier persona que no comprende lo que es una llave, puede pensar: “Para abrir una cosa tan grande se necesita un equipo muy grande”. Pero no: lo que se necesita es tener la llave correcta para esa puerta.

 

Y Dios tiene una llave para cada puerta.

 

Para la Puerta del Reino de los Cielos, que es Cristo, Él tiene una llave; y se la entregó a Pedro; y abrió esa Puerta el Día de Pentecostés para los hebreos, y después la abrió en la casa de Cornelio para los gentiles. Y han estado entrando millones de seres humanos, de entre hebreos y de entre gentiles, a la Casa de Dios; porque Cristo es la Puerta a la Casa de Dios.

 

Vean la puerta que fue abierta: fue abierta la Puerta de la Casa de Dios, para ser llena la Casa de Dios de hijos e hijas de Dios; y se requería la llave.

 

Y ahora, la llave para abrir ese glorioso Reino Milenial de Cristo, en la restauración del Reino de David, Cristo dice que Él tiene esa llave. Él tiene esa llave, y eso significa que Él abrirá con esa llave ese Reino Milenial, y eso es para el séptimo milenio.

 

Él abrirá esa Puerta; y esa Puerta es la Puerta de la Segunda Venida de Cristo, como León de la tribu de Judá, como Rey de reyes y Señor de señores, en Su Obra de Reclamo; como Hijo del Hombre e Hijo de David; para ser abierta esa Puerta para los hebreos y para los gentiles que han de entrar por esa Puerta al glorioso Reino Milenial de nuestro amado Señor Jesucristo.

 

Vean que Cristo es el que tiene todas las llaves.

 

A Pedro le dio la llave para entrar al Reino de los Cielos durante la Dispensación de la Gracia, que es la entrada al Reino de los Cielos. Pero ahora, para entrar al glorioso Reino de Dios que será establecido en la Tierra, el Reino de David, se requiere la llave de David.

 

Y así como el Evangelio fue traído de los hebreos a los gentiles por medio de Pedro, que tenía la llave, y Pablo, que fue el apóstol para los gentiles; dice el precursor de la Segunda Venida de Cristo que los gentiles le llevarán el Evangelio a los hebreos18.

 

Ahora, el Evangelio que le llevarán a los hebreos —los gentiles— es el Evangelio del Reino: el Evangelio del Reino con la Puerta del Reino de Dios, para ser establecido en la Tierra. Esa Puerta tiene que ser abierta, la Puerta del Reino de Dios, para ese glorioso Reino Milenial; y esa Puerta es la Segunda Venida de Cristo; y hay una llave.

 

Y ahora, así como Pedro tenía la llave de la Puerta del Reino de los Cielos para entrar a la Casa de Dios, al Reino de los Cielos (y abrió esa Puerta, la Puerta de la Primera Venida de Cristo); así como los hebreos trajeron el Evangelio a los gentiles (Pedro y Pablo), los gentiles lo llevarán a los hebreos (o sea, los Dos Olivos: Moisés y Elías). Y bajo esos ministerios estará la llave de David siendo usada y abriendo esa Puerta del Reino de Dios, esa Puerta del Reino de David, para que Cristo se siente en el Trono de David, y reine sobre el pueblo hebreo y sobre todas las naciones.

 

“Al que venciere…”.

 

Así como Pedro venció obteniendo esa revelación de Cristo, de quién era Cristo en Su Primera Venida: el Hijo del Dios viviente…; y le fue cambiado el nombre y le fue dado el nombre de Pedro: era Simón y fue – recibió el nombre de Pedro19.

 

Y ahora, encontramos que la llave para abrir ese glorioso Reino Milenial de Cristo es la llave (¿de quién?) de David; esa es la llave que Cristo tiene. Y Él la usará por medio de Su manifestación del Día Postrero, en donde estará manifestando los ministerios de Moisés y de Elías; y en donde también estará manifestado el ministerio de Jesús, en el Día Postrero.

 

Y ahora, dice en Apocalipsis, capítulo 22, verso 16:

 

“Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David”.

 

Vean cómo se identifica ahí, en Apocalipsis, capítulo 22.

 

Y ahora, el Enviado de la raíz de David (del linaje y raíz de David, que es Jesucristo) es el que viene con la revelación del linaje y de la raíz de David, para reinar Cristo como el Hijo de David sobre el Reino Milenial y sobre el Trono de David, que será restaurado en medio del pueblo hebreo; como dijo el Ángel Gabriel a la virgen María, en donde dice que Su Padre le dará el Trono de David, y reinará para siempre sobre el Trono de David.

 

Ese Trono será restaurado en medio del pueblo hebreo; por eso es que Cristo para el Día Postrero viene como Hijo del Hombre e Hijo de David.

 

En Su Primera Venida Él vino como Hijo del Hombre, o sea, como profeta (cuando se dice “Hijo del Hombre”, se dice “profeta”; es Hijo del Hombre el título de profeta). Hijo del Hombre e Hijo de Dios en Su Primera Venida.

 

Y para Su Segunda Venida los títulos son: Hijo del Hombre e Hijo de David, para sentarse sobre el Trono de David y reinar sobre el pueblo hebreo y sobre todas las naciones.

 

Como Hijo de David, Él es el heredero al Trono de David, y por consiguiente al Reino de David sobre el pueblo hebreo; como Hijo de Abraham, Él es el heredero a todo el territorio de Israel con toda la gente de Israel; y como Hijo del Hombre, Él es el heredero al planeta Tierra con todos sus habitantes y con todo lo que tiene el planeta Tierra.

 

Y ahora, tiene que haber una llave para Cristo abrir ese Reino y comenzar ese Reino. Esa es la llave de David.

 

Esa llave es la que es usada en este tiempo final, y se abre la revelación de la Segunda Venida de Cristo como el Hijo del Hombre e Hijo de David, y se introduce el glorioso Reino de Cristo: se prepara al pueblo para ese glorioso Reino Milenial de nuestro amado Señor Jesucristo.

 

Y por eso es que bajo el Séptimo Sello, al final del Séptimo Sello, llega el final de los reinos de este mundo; llega el final también de las copas, de las plagas; llega el final también del mismo Séptimo Sello y también de la introducción al Milenio; porque hay un lapso de tiempo de introducción y después se entra plenamente al glorioso Reino Milenial, después de la gran tribulación.

 

Pero antes de la gran tribulación se tiene la introducción al Milenio, donde se lleva a cabo toda la labor correspondiente para la restauración del Reino de David en medio del pueblo hebreo y sobre el mundo entero; porque el Reino de David, sobre el cual Cristo estará como Rey, gobernará no solamente sobre el pueblo hebreo, sino sobre todas las naciones; porque los reinos de este mundo vendrán a ser de nuestro Señor, dice Apocalipsis, capítulo 11, verso 15 en adelante. Dice:

 

“El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor…”.

 

¿De quién han venido a ser los reinos del mundo, dice aquí? Esto es al sonar la Séptima Trompeta; y la Séptima Trompeta es sonada por los Dos Olivos: los ministerios de Moisés y Elías.

 

Y la Séptima Trompeta para el pueblo hebreo es lo mismo que el Séptimo Sello para la Iglesia gentil. ¿Y qué es el Séptimo Sello para la Iglesia gentil? La Segunda Venida de Cristo. Y eso mismo es la Séptima Trompeta para el pueblo hebreo. La misma revelación para los gentiles y para los hebreos: la revelación de la Segunda Venida de Cristo.

 

Y para eso se requiere la llave de David: para abrir esa Puerta. Cristo es la Puerta. Abrir esa Puerta: Cristo, la Segunda Venida de Cristo. Para ser abierta la Puerta para el glorioso Reino Milenial de Cristo, ese Reino de David prometido para ser restaurado aquí en la Tierra; y eso es también el Reino de Dios en este planeta Tierra.

 

Como Cristo dijo cuando enseñó a orar a Sus discípulos a petición de ellos: una de las cosas que Él les enseñó fue a pedir por la Venida del Reino de Dios, diciendo: “Venga Tu Reino. Hágase Tu voluntad, así como en el Cielo, aquí en la Tierra”20. Y bajo el Reino glorioso de Jesucristo como Hijo de David, sentado sobre el Trono de David, la voluntad de Dios será hecha aquí en la Tierra.

 

Será un Reino que enseñará a la raza humana el conocimiento del Dios Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra. Por eso Habacuc, capítulo 2, verso 14, dice: “Y la Tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar”.

 

O sea que la Tierra será llena del conocimiento de la Segunda Venida de Cristo como León de la tribu de Judá, como Rey de reyes y Señor de señores, en Su Obra de Reclamo; como Hijo del Hombre e Hijo de David, para sentarse en el Trono de David.

 

Así como la Tierra ha sido llena del conocimiento de la Primera Venida de Cristo por medio de la predicación del Evangelio de la Gracia.

 

Y por medio de la predicación del Evangelio del Reino, la Tierra será llena del conocimiento de la Segunda Venida de Cristo como el León de la tribu de Judá, como Rey de reyes y Señor de señores, para sentarse en el Trono de David y reinar sobre el pueblo hebreo y sobre todas las naciones.

 

Ahora podemos ver que eso será el Reino de Dios establecido en la Tierra bajo el Gobierno del Mesías, de Cristo.

 

Y Cristo en Apocalipsis, capítulo 3, verso 21, dice: “Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi Trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en Su Trono”.

 

Él se ha sentado con Su Padre en Su Trono en el Cielo. Y ahora, para el glorioso Reino Milenial, donde Cristo se sentará sobre el Trono de David, ahora Él ha prometido para el Vencedor, para el mensajero que estará en el Día Postrero con la llave abriendo la Puerta…; pues Cristo estará en él manifestado, y Cristo tiene la llave.

 

Y en la manifestación de Cristo a través de él, Cristo usará esa llave a través de ese mensajero y abrirá esa Puerta: la Puerta de la Segunda Venida de Cristo como Hijo del Hombre e Hijo de David, como Rey de reyes y Señor de señores, para entrar a ese glorioso Reino Milenial de Cristo.

 

Hay que entrar por una Puerta; y para abrir esa Puerta, tiene que usarse una llave; y esa es la llave de David. Por eso es que es Cristo en Su manifestación final el que abrirá esa Puerta; abrirá esa Puerta, y Él es el que comenzará ese Reino Milenial.

 

Los reinos de este mundo vendrán a ser de nuestro amado Señor Jesucristo. ¿Por qué? Porque cuando una persona compra una propiedad, paga el precio de esa propiedad, se hace la escritura a nombre de esa persona que compró, y después se registra, y sale registrada esa escritura a nombre del que la compró.

 

Ya Cristo pagó el precio de la redención, el precio de toda la Creación; por lo tanto, el Título de Propiedad pertenece (¿a quién?) a Cristo, el Título de Propiedad de toda la Creación.

 

Y por cuanto el Título de Propiedad de toda la Creación pertenece a Cristo…; así como cuando una persona compra una propiedad, y firma la escritura, y paga el precio: recibe la llave.

 

Y ahora Cristo tiene la llave a toda esa Propiedad: a toda la Creación, por la cual Él pagó el precio de la redención; por lo tanto, Él es el dueño de toda la Creación. Y Él es el que en este tiempo final tomará toda la Creación y gobernará en este planeta Tierra, sobre todo el planeta Tierra con todos sus habitantes, con todos sus animales, con todos sus árboles y con todo lo que estará durante el Reino Milenial.

 

Y lo que Él tenga que quitar, pues lo quitará. Como cuando una persona compra una propiedad y después dice: “Pero esto aquí no me gusta”. Lo quita porque es dueño de esa propiedad.

 

Y Cristo ha dicho que la cizaña será atada en manojos y será echada en el fuego. Y Cristo ha dicho: “Todo árbol que no plantó mi Padre celestial será cortado, será desarraigado”; eso está en San Mateo, capítulo 15, verso 13. Y en San Mateo, capítulo 13, versos 30 en adelante, nos habla también de la parábola del trigo y de la cizaña.

 

Cristo pagó el precio de la redención del planeta Tierra con toda la Creación; y luego Él quitará lo que Él no quiere que esté en el planeta Tierra, porque todo le pertenece a Él.

 

Y es para este tiempo final en donde en el Cielo sale el Título de Propiedad registrado totalmente; porque esa Propiedad —toda la Creación— ha estado en pleito, porque el diablo ha estado reclamando que le pertenece a él, porque engañó a Adán y a Eva allá en el principio y le robó la bendición; pero el Título de Propiedad ha permanecido en la mano de Dios. Ese es el Libro sellado con Siete Sellos. Y por eso Cristo lo toma y hace el reclamo en el Día Postrero.

 

Ahora, podemos ver todo lo que conlleva una llave.

 

Ahora, podemos ver que Cristo es el que tiene no solamente la llave del infierno y de la muerte: no solamente la llave de la tumba, del sepulcro, y de la muerte y del infierno; sino que Él tiene también la llave de David.

 

Vean cómo en Isaías, capítulo 22, nos habla también de esa llave: capítulo 22, verso 22, nos dice de la siguiente manera:

 

“Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá”.

 

Y luego, en Apocalipsis, capítulo 3, verso 7, Cristo haciendo referencia a esa profecía se presenta como el que tiene la llave de David; porque es el mismo Cristo, lo cual fue reflejado acá en este pasaje del Antiguo Testamento.

 

Y cuando se dice que tiene la llave de la Casa de David, es porque es el Príncipe que reinará sobre la Casa de David (como Príncipe), y reinará sobre todo el pueblo hebreo y sobre todo el planeta Tierra y sobre todos los seres humanos; y ese es nuestro amado Señor Jesucristo. ¡Y gracias a Dios que Él es el que tiene esa llave!

 

“Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre…”.

 

Y la tiene sobre Su hombro, lo cual representa que Él es el que abre y ninguno cierra, y que Él es el que gobernará durante el Reino Milenial.

 

Por eso también el profeta Isaías, en el capítulo 9 nos dice, verso 6:

 

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro…”.

 

“El principado sobre Su hombro”, esa es la llave de David sobre Su hombro. El principado, pues es el Príncipe para reinar sobre el pueblo hebreo y sobre el Trono de David.

 

“… y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

 

Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto”.

 

Ahora vean que dice que será sobre el Trono (¿de quién?) de David; porque Él es el que tiene el principado sobre Su hombro: tiene la llave de David sobre Su hombro.

 

Ahora, hemos visto quién es el que tiene la llave de David, quién es el que tiene también la llave del infierno y de la muerte.

 

Ahora, miren, en Apocalipsis… Vean, veamos… Por esa causa es que Cristo nos llama, y nos saca de las garras del enemigo, y nos coloca en lugares celestiales en Cristo Jesús: porque Él tiene las llaves del infierno, y nos saca del poder del maligno.

 

Y ahora, en Apocalipsis, capítulo 20, dice:

 

“Vi a un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la mano.

 

Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años;

 

y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo”.

 

Ahora vean cómo ese Ángel, el cual tiene la llave del abismo, abre, echa al diablo al abismo, y entonces tenemos el Reino Milenial sin el diablo molestando en la Tierra; porque el diablo durante el Reino Milenial no tendrá ningún poder sobre el pueblo, porque no estarán viviendo sobre la Tierra la bestia ni la imagen de la bestia ni los que él había engañado, porque el fuego atómico los habrá quemado; y el diablo no tendrá a quién engañar. Y la Tierra, por cuanto será llena del conocimiento de la gloria de Dios, de la gloria de Jehová, la gente serán personas conocedoras del Programa de Dios, y el diablo no los podrá engañar.

 

Ahora miren cómo Cristo usa bien tanto la llave del infierno, como la llave de la muerte, como la llave de David; y también como la llave del Reino de los Cielos, la cual colocó en las manos de Pedro, y ungió a Pedro con el Espíritu Santo; y por medio de Pedro el Espíritu Santo abrió la Puerta del Reino de los Cielos para la Dispensación de la Gracia, para que entraran millones de seres humanos de edad en edad al Reino de los Cielos y formaran parte de la Iglesia de Jesucristo.

 

Y así también Él tiene la llave de David, para abrir ese Reino de David y para abrir esa Dispensación del Reino, para que entren millones de seres humanos a ese glorioso Reino Milenial de Cristo.

 

Hemos visto este misterio de “EL HIJO DEL HOMBRE CON LAS LLAVES DEL INFIERNO Y DE LA MUERTE”. Por eso Él podrá resucitar a los muertos en Cristo: porque Él tiene las llaves de la muerte; puede sacar de la muerte a todos los que han partido, y darles un cuerpo eterno.

 

Tenemos un Salvador: Jesucristo nuestro Señor, el cual tiene todas las llaves que se requieren para Él abrir la puerta de las bendiciones del Cielo para todos ustedes y para mí también.

 

Ha sido para mí un privilegio grande estar con ustedes en esta ocasión, dándoles testimonio de nuestro amado Señor Jesucristo, “EL HIJO DE HOMBRE CON LAS LLAVES DEL INFIERNO Y DE LA MUERTE”.

 

Que las bendiciones de Jesucristo nuestro Salvador sean sobre todos ustedes y sobre mí también; y pronto Él resucite a los muertos en Cristo, y complete el número de los escogidos de Dios, y nos transforme a todos nosotros, y nos lleve a la Cena de las Bodas del Cordero, al Cielo, a la Casa de nuestro Padre celestial. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

 

Que Dios les bendiga y pasen todos muy buenas noches.

 

“EL HIJO DEL HOMBRE CON LAS LLAVES DEL INFIERNO Y DE LA MUERTE”.

 

[Revisión agosto 2021]

 

 

1 San Mateo 13:10-15, San Marcos 4:10-12, San Lucas 8:9-10

 

 

 

2 Miqueas 5:2

 

 

 

3 Isaías 7:14

 

 

 

4 Genealogía de Jesús por María: San Lucas 3:23-38 (hijo de David por Natán, versos 31-32) / Genealogía de José (padre adoptivo, marido de María): San Mateo 1:1-17 (hijo de David por Salomón, verso 6)

 

 

 

5 San Mateo 16:16

 

 

 

6 Éxodo 12:1-28

 

 

 

7 Éxodo 13:2, 34:19; Números 3:13, 8:17

 

 

 

8 San Juan 1:29

 

 

 

9 Hechos 2:14-42

 

 

 

10 San Juan 10:9

 

 

 

11 Hechos 10:1-48

 

 

 

12 Levítico 16:1-28, (estatuto) 16:29-34

 

 

 

13 Romanos 6:23

 

 

 

14 Romanos 8:23

 

 

 

15 San Juan 11:38-44

 

 

 

16 San Juan 3:3-7

 

 

 

17 San Mateo 27:52-53

 

 

 

18 Citas, pág. 41, párr. 333

 

 

 

19 San Marcos 3:16

 

 

 

20 San Mateo 6:9-10, San Lucas 11:2

 

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