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El Árbol que endulza las aguas
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El Árbol que endulza las aguas

Muy buenos días a todos los presentes y los que estarán viendo esta conferencia a través de video; y que las bendiciones de Jesucristo, el Ángel del Pacto, sean sobre todos ustedes y sobre mí también, y nos llene del conocimiento de Su Programa, de Su Palabra, correspondiente a este tiempo final, y pronto todos seamos transformados y llevados a la Casa de nuestro Padre celestial en el Cielo. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

Leemos en el libro del Éxodo, capítulo 15, verso 22 en adelante, donde nos habla de un árbol, el cual endulzó las aguas amargas; y dice, capítulo 15, verso 22 al 26:

“E hizo Moisés que partiese Israel del Mar Rojo, y salieron al desierto de Shur; y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua.

Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara.

Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?

Y Moisés clamó a Jehová, y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron. Allí les dio estatutos y ordenanzas, y allí los probó;

y dijo: Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador”.

Que Dios bendiga nuestras almas con Su Palabra y nos permita entenderla.

“EL ÁRBOL QUE ENDULZA LAS AGUAS”.

¿Ese árbol representa a quién? A nuestro amado Señor Jesucristo. Ese árbol es Cristo, como también el árbol en el Huerto del Edén es Cristo; y el árbol en Apocalipsis también es Cristo, el Árbol de la Vida[1]; y Él es el que endulza las aguas amargas.

Y las aguas amargas representan aquí, en esta ocasión, al pueblo hebreo y también representan a todos los hijos e hijas de Dios. Y ahora, vean ustedes, representa al pueblo de Dios.

Por eso, así como Dios sanó las aguas amargas diciéndole a Moisés que colocara ese árbol en las aguas amargas, y quedaron endulzadas, ahora con el Árbol de la Vida —que es Cristo— colocado en las aguas amargas, colocado ese Árbol en el pueblo, se endulza el pueblo y recibe vida eterna el pueblo.

Y vean ustedes cómo aquí, así como Dios sanó las aguas con ese árbol (que le dijo a Moisés que colocara en las aguas), ahora Dios le dice al pueblo hebreo: “Yo soy Jehová tu sanador”.

Él es ese Árbol; Él es Cristo, el Árbol que endulza el pueblo; pues el pueblo, vean ustedes, amargado con la esclavitud, con las enfermedades y con todos los problemas de la vida terrenal, vive una vida dura, llena de amarguras. Pero ahora, con Cristo dentro de la persona, dentro del pueblo, las aguas vienen a ser dulces, porque Él endulza nuestra vida; y entonces le encontramos sentido a la vida, le encontramos el sentido que realmente tiene.

Estamos viviendo en este planeta Tierra para tener esta experiencia única en un cuerpo mortal, corruptible y temporal, en el cual hemos venido a causa de la caída del ser humano en el Huerto del Edén; y desde la caída del ser humano nadie puede venir a esta Tierra con un cuerpo eterno y con un espíritu eterno, sino que la persona toma un cuerpo mortal y corruptible y temporal, el cual nace por medio de su madre terrenal, el cual fue engendrado por su padre en su madre; y al nacer obtiene un espíritu del mundo también.

Y por eso es que el ser humano es inclinado hacia el mal, y por eso es que las aguas de pueblos, naciones y lenguas son amargas. Y lo único que endulza a las naciones, pueblos y lenguas y seres humanos es ese Árbol, el Árbol de la Vida, que es Cristo, el que endulzó las aguas amargas allá. Aquel árbol es tipo y figura de Cristo.

Y ahora, Él es nuestro Salvador y Él es nuestro Sanador del alma; y Él sana el alma produciendo el nuevo nacimiento en todos aquellos que creen en Cristo; y así nos da un espíritu eterno o un espíritu con vida eterna, un espíritu teofánico de la sexta dimensión (que es un cuerpo pero de otra dimensión, parecido a nuestro cuerpo), en el cual la persona va a vivir si termina sus días aquí en este cuerpo mortal; sigue viviendo, pero en ese otro cuerpo de la sexta dimensión.

Y vive allí, en otra dimensión, donde hay agua, donde hay árboles, donde hay pajaritos; pero ni se come, ni se trabaja, ni se duerme como acá en esta dimensión en la cual nosotros estamos; allí tampoco hay noche, por lo tanto no hay que dormir; y no se cansan tampoco de estar allí. Es un paraíso.

Pero ahora ellos van a regresar a la Tierra y van a tomar un cuerpo eterno que Dios les dará; los resucitará en un cuerpo que Dios les creará, un cuerpo eterno, para vivir por toda la eternidad en ese cuerpo eterno.

El ser humano, por cuanto después de la caída no había ido a la sexta dimensión para allí tomar un cuerpo teofánico, de esa dimensión, un cuerpo eterno, y después venir a esta Tierra y tomar un cuerpo físico también eterno…

Ahora, vean ustedes, por cuanto esa es la única ruta, el único camino, para aparecer aquí con vida eterna, entonces el ser humano tiene que nacer de nuevo: nacer primero en la sexta dimensión; y eso lo obtiene por medio de creer en Cristo como nuestro Salvador, recibir Su Espíritu Santo y así… – cree en Cristo como su Salvador, lava sus pecados en la Sangre de Cristo y recibe el Espíritu Santo, y así se opera el nuevo nacimiento en la persona, y así ha nacido en la sexta dimensión; ha nacido en lugares celestiales en Cristo Jesús por medio del Espíritu de Cristo.

Y luego, para el Día Postrero, recibiremos el cuerpo eterno, cuerpo físico y glorificado, igual al cuerpo de nuestro amado Señor Jesucristo; para los muertos en Cristo les dará un cuerpo nuevo resucitándolos en un nuevo cuerpo eterno, y a nosotros los que vivimos, si permanecemos vivos hasta que resuciten los muertos en Cristo, pues nos transformará, y nos dará así un cuerpo eterno también, igual al cuerpo de Jesucristo.

Vean, ese fue el orden que tomó Jesucristo para venir a la Tierra: primero Él tuvo Su cuerpo teofánico de la sexta dimensión, llamado ese cuerpo teofánico “el Ángel de Jehová”; el Ángel de Jehová, en el cual les apareció a los profetas del Antiguo Testamento; y ellos lo vieron y dijeron que era un varón, un hombre de otra dimensión. Él fue el que creó los Cielos y la Tierra. ¿En ese cuerpo quién estaba? Dios. Es llamado también “el Verbo”:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Este era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas…”.

O sea que por ese cuerpo teofánico fueron hechas todas las cosas; porque “en él estaba la vida”, y de ahí viene la vida para toda la Creación. Y Dios estando en ese cuerpo, en Su cuerpo teofánico, desde ahí habló a existencia toda la Creación.

Y luego, sigue diciendo… Estoy citándoles San Juan, capítulo 1, verso 1 al 4… Y luego sigue diciendo… Vamos a leerlo ahí, para que lo tengan claro, como está ahí, en el orden que está ahí en San Juan, capítulo 1:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Este era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan (o sea, Juan el Bautista).

Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.

No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”.

Esa Luz verdadera, el Verbo, que era con Dios y era Dios, venía a este mundo.

Y ahora, ¿cómo iba a venir a este mundo el Verbo, que era con Dios y era Dios, el mismo Dios en Su cuerpo teofánico? Dice que venía a este mundo:

“Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo (y vamos a ver cómo es que iba a venir, cómo venía a este mundo).

En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció”.

¿Quién hizo el mundo entero, todo el universo y el planeta Tierra y todo? El Verbo, que era con Dios y era Dios, o sea, Dios desde Su cuerpo teofánico.

“A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron (o sea, el pueblo hebreo).

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios…”.

Y esto es por medio del nuevo nacimiento: al creer en Cristo como nuestro Salvador y lavar nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibir Su Espíritu Santo, nacemos como hijos e hijas de Dios.

Cuando hemos nacido por medio de papá y mamá terrenal, ¿hemos nacido como hijos de quién? De nuestros padres terrenales. Pero ahora por medio del nuevo nacimiento, creyendo en Cristo como nuestro Salvador y lavando nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibiendo Su Espíritu Santo, hemos nacido como hijos e hijas de Dios.

“… los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne (o sea, no son engendrados por papá y mamá, no son engendrados por un hombre y una mujer), ni de voluntad de varón, sino de Dios”.

Por la voluntad de Dios. Por medio del nuevo nacimiento, por medio del Espíritu Santo: dándonos Su Espíritu Santo y así dándonos un cuerpo teofánico es que hemos nacido de Dios.

Y para el Día Postrero nos dará el cuerpo físico y eterno que Él ha prometido para todos nosotros. ¿Y de dónde nacerá ese cuerpo? De Dios también.

Todo viene de Dios, tanto el espíritu, el cuerpo teofánico de la sexta dimensión, como el cuerpo físico y eterno que Él nos dará en el Día Postrero, o sea, en este tiempo final en el cual vivimos, que es el Día Postrero si le añadimos al calendario los años de atraso que tiene.

Si le añadimos al calendario los años de atraso que tiene, ya estamos en el séptimo milenio, y el séptimo milenio delante de Dios es el Día Postrero; porque “un día delante del Señor es como mil años” para nosotros, nos dice Segunda de Pedro, capítulo 3, verso 8, y también el profeta Moisés en el Salmo 90 y verso 4.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”.

Y cuando el Verbo, que era con Dios y era Dios (el cual es llamado también el Ángel de Jehová), cuando se hizo carne y habitó entre nosotros, ¿cómo le conocimos?, ¿con qué nombre le conocimos? Con el nombre de Jesús.

Jesús es el Verbo, el Ángel del Pacto, el Verbo que se hizo carne; es el mismo Dios con Su cuerpo teofánico que se hizo un cuerpo de carne y habitó entre los seres humanos en medio del pueblo hebreo.

“… (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.

Y ese es el Árbol que endulza las aguas amargas, ese es el Árbol que endulza al pueblo de Dios: el pueblo hebreo y la Iglesia del Señor Jesucristo; porque en medio de la Iglesia de Jesucristo es colocado ese Árbol que endulza las aguas: Jesucristo.

Y por eso es que nos da sanidad espiritual, sanando nuestro espíritu, dándonos un nuevo espíritu, un cuerpo teofánico, un espíritu, el Espíritu Santo dado por Dios; y después nos dará —en el Día Postrero— el cuerpo físico y eterno, y así también tendremos sanidad eterna en nuestro cuerpo; porque Jehová, Jesucristo, es nuestro Sanador.

Así nuestro cuerpo físico será un cuerpo sin ningún problema de salud; porque Él, Jesucristo, el Jehová del Antiguo Testamento, es nuestro Sanador.

En este cuerpo de carne mortal, corruptible y temporal todavía tenemos problemas de salud, porque a causa de este ser un cuerpo en la permisiva voluntad de Dios, el cual hemos obtenido a causa de la caída del ser humano en el Huerto del Edén, el diablo todavía tiene acceso a darle problemas a nuestro cuerpo físico, porque es un cuerpo en la permisiva voluntad de Dios; y por esa causa es que tenemos problemas de salud en algunas ocasiones. Pero Dios es nuestro Sanador.

Ahora, esto no quiere decir que nosotros no podamos usar alguna medicina o ir a un médico; cada persona puede hacerlo y no tiene ningún problema con Dios; como también puede orar a Dios siempre y pedirle que lo ayude y sane su cuerpo; o puede pedirle que use al médico también, y que por medio del médico su cuerpo físico sea aliviado de sus problemas de salud.

Ahora, Cristo es ese Árbol que sanó las aguas y Él es nuestro Sanador. Y para recibir la sanidad del cuerpo, la persona lo primero que tiene que entender es que ya Cristo lo sanó a usted y a mí en la Cruz del Calvario, cuando Él llevó nuestros pecados y llevó todas nuestras enfermedades.

Porque las enfermedades fueron el producto del pecado en el Huerto del Edén; y por consiguiente el ser humano luego ha tenido que venir —de la caída hacia acá— en un cuerpo mortal, corruptible y temporal, el cual tiene también problemas de salud, porque el diablo tiene acceso a ese cuerpo todavía; o sea que él puede dar el primer golpe (primer golpe) a ese cuerpo.

Pero Cristo es nuestro Sanador. Y con fe desde lo profundo de su alma, la persona reconociendo que ya Cristo lo sanó hace dos mil años atrás, puede materializarse en la persona esa sanidad. Tiene que creerlo en el alma, desde lo profundo de su alma, consciente de que Cristo lo sanó hace dos mil años atrás allá en la Cruz del Calvario, así como también lo salvó hace dos mil años atrás.

Y para que se materialice la salvación en usted, pues usted tuvo que creer en la Obra de Cristo en la Cruz del Calvario y reconocer que Cristo en la Cruz del Calvario lo salvó a usted y me salvó a mí.

En la misma forma es para recibir la sanidad del cuerpo. Él ya lo hizo. Y se materializa en la persona cuando la persona lo cree desde lo profundo de su alma y le da gracias a Dios por esa bendición que Cristo ganó para nosotros en la Cruz del Calvario; porque Él llevó nuestros pecados y nuestras enfermedades, todas nuestras dolencias; por Su llaga fuimos nosotros curados[2].

Y ahora, vean cómo Cristo…, que es este Árbol de la vida eterna y es el Árbol que endulza las aguas, o sea, la raza humana, los seres humanos: pueblos, naciones y lenguas; y a cada persona como individuo cuando Cristo es colocado (¿dónde?) dentro de la persona; dentro de las aguas, la gente, dentro del pueblo de Dios, el pueblo hebreo. Pero el pueblo hebreo no quiso ese Árbol, lo rechazó, y por eso ha tenido tantos problemas.

Pero así como Moisés colocó ese árbol en las aguas amargas allá, que representan al pueblo hebreo y también a los gentiles (al pueblo de Dios entre los gentiles), Moisés nuevamente colocará ese Árbol en medio del pueblo hebreo, en las aguas amargas, y endulzará esas aguas; porque el ministerio de Moisés estará en la Tierra en el Día Postrero en medio del pueblo hebreo, llevando ese Árbol, a Cristo, y va a endulzar al pueblo hebreo.

Ahora, vean cómo el que le da la dulzura al pueblo de Dios y a cada uno de los miembros de Su pueblo como individuo, ¿es quién? Cristo, el Árbol que endulza las aguas. No hay otro Árbol como ese.

Ese Árbol es nuestro amado Salvador, el Ser más dulce y amoroso que ha pisado este planeta Tierra.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”[3].

Vean, es la manifestación del amor divino; y esa es la cosa más gloriosa y más dulce; y ese Árbol, Cristo, es el Árbol, el Ser más dulce de todos, que endulza nuestra vida.

Y ahora vean cómo Él es nuestro Sanador. Hay sanidad física y hay sanidad espiritual también.

Nos sanó dándonos vida eterna y dándonos un cuerpo teofánico eterno, nos sanó espiritualmente; y para este tiempo final nos dará un cuerpo físico eterno, inmortal, incorruptible y glorificado, como el cuerpo del Señor Jesucristo, igual al cuerpo de Jesucristo; y así recibiremos eterna sanidad física también, y eterna juventud también.

Y eso será tan dulce, para los que lo recibirán, que la vida física para los hijos e hijas de Dios estará tan endulzada que viviremos felices por el Milenio y después por toda la eternidad; porque el Árbol que endulza las aguas, que es Cristo, ya ha comenzado a endulzar a todos los hijos e hijas de Dios: dándonos el nuevo nacimiento y dándonos así un cuerpo teofánico de la sexta dimensión; y pronto nos dará el cuerpo físico y nos endulzará plenamente físicamente también.

Ya nos endulzó por dentro, y nos endulzará exteriormente también; porque Él es EL ÁRBOL QUE ENDULZA LAS AGUAS.

Vamos a dejarlo ahí ya, porque si no, pasamos a la roca, que dio aguas para el pueblo; pero vamos a dejarlo ahí.

En Su Primera Venida Cristo, llevando a cabo Su Obra de Redención en la Cruz del Calvario, vino para endulzar, endulzar las aguas: a Su pueblo, tanto el pueblo hebreo como a Su Iglesia, predestinada desde antes de la fundación del mundo, quienes tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida del Cordero desde antes de la fundación del mundo.

Y eso es lo que Él está haciendo espiritualmente entre los gentiles: endulzando las aguas, endulzando a los seres humanos, dándoles vida eterna.

¿Y hay algo acaso más dulce que la vida eterna? No lo hay. Por lo tanto, saber que uno tiene vida eterna, que uno aunque se enferme y muera su cuerpo físico tiene vida eterna, y que vivirá por toda la eternidad con nuestro amado Señor Jesucristo, y que si su cuerpo físico muere tenemos la promesa que Él nos dará un cuerpo físico eterno y glorificado igual al de Jesucristo, ¿no es acaso eso dulce?, ¿saber que uno tiene vida eterna?

Ahora, amargo es: una persona no saber qué será de él después que terminen sus días aquí en la Tierra.

Pensar solamente (una persona): “¿De dónde yo he venido? ¿Dónde yo estaba antes? ¿Cómo fue que yo pude aparecer aquí en la Tierra? ¿De dónde yo he venido? ¿Y quién soy yo? ¿Y qué hago yo aquí en este planeta Tierra?”. Y saber que lo que va a vivir aquí en este planeta Tierra, en este cuerpo mortal, son unos cuantos años (casi ninguno pasa de 100 años, muy pocos son los que pasan de 100 años). ¿Y después qué?

No saber la persona qué hay después de esta vida terrenal y no saber la persona que hay una bendición, una promesa, de vida eterna. Y si la persona no sabe eso, pues es porque no tiene vida eterna; es porque su vida no ha sido endulzada con el Árbol que endulza las aguas. Por lo tanto, la persona no sabe qué será de él.

Y los que no creen que hay una vida después de esta, pues piensan: “Después dejaré de existir”. ¿Y no es una cosa triste y amarga saber que uno existe y que después va a dejar de existir?

Y si la persona pues sabe que hay una vida después de esta vida terrenal, pero no sabe hacia dónde va, no sabe hacia qué dimensión va… Si no es un creyente Cristo, pues no sabe hacia dónde va. O si sabe, pues sabe entonces que no va para el Cielo, porque no ha creído en Cristo como su Salvador, no ha lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y, por consiguiente, no ha nacido de nuevo y no tiene un cuerpo teofánico de la sexta dimensión, de allá del Paraíso, para ir al Paraíso a vivir. Por lo tanto tiene que ir a vivir a la quinta dimensión, de la cual es ese cuerpo espiritual que tiene. O sea, el espíritu que tiene es de la quinta dimensión, por lo tanto tiene que ir a vivir a la quinta dimensión, porque ya terminó sus días en este cuerpo terrenal.

Y la quinta dimensión es otro mundo, otra dimensión, donde van a vivir las personas que no han recibido a Cristo como su Salvador y no han lavado sus pecados en la Sangre de Cristo y por consiguiente no han recibido el Espíritu de Cristo, no han nacido de nuevo. Es otra dimensión, donde hay millones de gente.

Miren, Cristo fue a esa dimensión cuando murió. Y ¿qué hizo Cristo allá, qué hacía Cristo allá, en aquella dimensión? Es a causa de que Cristo tomó nuestros pecados —y así se hizo mortal— y llevó nuestras enfermedades; por lo tanto, al tomar nuestros pecados se hizo pecado por nosotros. Y la paga del pecado es (¿la paga del pecado es qué?) la muerte[4].

Por lo tanto, tenía que morir físicamente a causa del pecado nuestro que tomó, al hacerse pecado por nosotros, y por consiguiente tenía que ir a esa quinta dimensión, que es el infierno; y allí se encontró con millones de personas que habían vivido en el tiempo de Noé.

Y vamos a ver cómo lo narra San Pedro. En Primera de Pedro, capítulo 3, verso 18 en adelante, dice:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados…”.

¿Por qué padeció Cristo? Por los pecados; pero no por Sus pecados, sino por nuestros pecados; porque Él no tenía pecado, pero tomó nuestros pecados, y por causa de nuestros pecados Él sufrió, porque la paga del pecado es muerte; y el juicio divino cayó sobre Jesucristo y vino la muerte sobre Él.

“… el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (para Él poder llevarnos a Dios, Él tuvo que tomar nuestros pecados, para que ahora nosotros no tengamos pecado y podamos ir a Dios), siendo a la verdad muerto en la carne (la muerte de Cristo fue en la carne, murió Su cuerpo físico; pero Él siguió viviendo en Su cuerpo teofánico; pero tuvo que ir al infierno)…”.

La persona cuando nace y vive en esta Tierra, si no ha creído en Cristo como su Salvador y lavado sus pecados a la Sangre de Cristo, y recibido Su Espíritu, si muere su cuerpo físico la persona sigue viviendo, pero tiene que ir al infierno, o sea, a la quinta dimensión; porque de esa dimensión es el espíritu que tiene, o sea, el cuerpo que tiene. Y Cristo fue en Espíritu, o sea, en Su cuerpo teofánico, el cual no es de esa dimensión, sino de la sexta dimensión, pero tuvo que ir a la quinta dimensión.

“(…) en el cual (o sea, en ese cuerpo) también fue y predicó a los espíritus encarcelados,

los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua”.

Ahora vean, Cristo fue en Espíritu, o sea, en Su cuerpo teofánico de la sexta dimensión, fue a la quinta dimensión, y les predicó a las almas que estaban allí encarceladas, en esa quinta dimensión; de esa dimensión no podían salir, no pueden salir.

Esa dimensión es otro mundo, del cual no pueden salir los que van allí. Y Cristo tuvo que ir allí porque Cristo murió llevando nuestros pecados; y la paga del pecado es muerte, y le sigue el infierno, o sea, la quinta dimensión.

Y Él fue y predicó a esas personas que estaban en esos cuerpos de la quinta dimensión, cuerpos parecidos a nuestro cuerpo pero de otra dimensión, de la quinta dimensión; y les predicó no para salvación: les predicó a ellos condenando la incredulidad de ellos.

Pero luego dice la Escritura que Cristo tiene las llaves del infierno (o sea, de la quinta dimensión) y de la muerte[5], las cuales le quitó al diablo allá en el infierno; y luego Cristo pasó… salió del infierno (teniendo las llaves, pues puede salir)… salió del infierno y pasó al Paraíso, la sexta dimensión, donde estaban Abraham, Isaac, Jacob, todos los santos del Antiguo Testamento, y Juan el Bautista también allí, el cual fue Su precursor aquí en la Tierra. Por lo tanto, cuando murió, siendo decapitado por el rey, por orden del rey (a petición de la hija de la reina, que le pidió la cabeza de Juan el Bautista en un plato[6]), Juan el Bautista murió, pero fue al Paraíso, donde estaba Abraham, Isaac y Jacob y todos ellos.

Juan el Bautista tuvo un ministerio corto aquí en la Tierra, pero después, cuando fue al Paraíso, tuvo un ministerio de más tiempo allá, de unos cuantos años allá. Mientras Jesucristo estaba predicando aquí en la Tierra, Juan el Bautista estaba allá en el Paraíso, dándoles a conocer a todos los que allí estaban que ya el Mesías estaba en la Tierra, dándoles a conocer a todos los que estaban allá en el Paraíso que de un momento a otro el Mesías llevaría a cabo la Obra de Redención en la Cruz del Calvario.

Porque Juan el Bautista lo presentó como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo[7]; y para quitar el pecado del mundo, tenía que morir en la Cruz del Calvario, como cordero sacrificado; como sacrificaron el cordero allá en Egipto, en la víspera de la Pascua, para ser librados los primogénitos, y al otro día en la mañana salir el pueblo hebreo libre, en el éxodo con Moisés (éxodo significa ‘salida’); y salieron libres al otro día en la mañana, rumbo a la tierra prometida.

Y ahora, Cristo moriría como el Cordero Pascual, y por eso fue que el día antes de la Pascua Cristo murió. En la víspera de la Pascua, Cristo murió, como murió cada cordero que fue sacrificado la víspera de la Pascua allá en Egipto, la tarde antes de comenzar la Pascua, porque la Pascua comenzaba a la caída del sol; y ese cordero se lo comían dentro de los hogares, asado, durante la noche de la Pascua.

Y ahora vean cómo Cristo tuvo que morir la víspera de la Pascua, conforme a las profecías.

Y ahora, durante todo este tiempo de Cristo hacia acá, hemos estado comiendo el Cordero de Dios, a Jesucristo. “El que no coma mi carne, y beba mi Sangre, no tiene vida permaneciente en sí mismo”[8].

Al creer en Jesucristo como nuestro Salvador y lavar nuestros pecados en la Sangre de Cristo, y permanecer perseverando en Cristo – y habiendo recibido el Espíritu de Cristo, perseverando en Cristo escuchando Su Palabra, pues estamos comiendo la carne de Cristo, la carne del Hijo del Hombre, la carne del Cordero Pascual, y hemos estado bebiendo Su Sangre; y Su Sangre nos ha limpiado de todo pecado.

Y si alguno comete alguna falta o algún error o algún pecado, confiesa su pecado a Jesucristo, basado en el Sacrificio de Jesucristo, o sea, sobre el Sacrificio de Cristo, echa sus pecados en la Sangre de Cristo; y son limpios, o sea, es limpio de todos sus pecados, y sigue hacia adelante en su vida cristiana; porque la Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado[9].

La Sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado, por lo tanto, tenemos la Sangre de Cristo aplicada en nuestras almas todos los días de nuestra vida.

Y la evidencia que la Sangre de Cristo está aplicada en nuestras vidas es la Vida de la Sangre en nosotros, que es el Espíritu Santo; al creer en Cristo como nuestro Salvador, lavar nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibir Su Espíritu Santo.

Al tener el Espíritu Santo, y así tener el cuerpo teofánico de la sexta dimensión, tenemos la Vida de la Sangre en nosotros; por eso tenemos vida eterna.

Y ahora, vean ustedes cómo Cristo al morir en la Cruz del Calvario saldó la deuda del pecado: llevó todos nuestros pecados, de todos los hijos e hijas de Dios, quitó así el pecado. Y cuando la persona cree en Cristo como su Salvador y lava sus pecados en la Sangre de Cristo y recibe Su Espíritu Santo, se hace realidad para la persona el Sacrificio de Cristo en la Cruz del Calvario, y produce los beneficios de Su Sacrificio en la Cruz del Calvario.

Ahora, vean cómo Cristo con Su muerte en la Cruz del Calvario ha endulzado nuestra vida. Cuando lo colocamos dentro de nosotros, endulza nuestra vida para toda la eternidad. Y nos da un cuerpo teofánico eterno, y eso es: endulzado nuestro espíritu, ha quedado endulzado, ha quedado cambiado; ahora tenemos un espíritu de la sexta dimensión, ese cuerpo teofánico de la sexta dimensión. Y físicamente también —en toda su plenitud— endulzará nuestro cuerpo, dándonos un cuerpo eterno.

¿Eso lo hará quién? Jesucristo, EL ÁRBOL QUE ENDULZA LAS AGUAS.

Y también endulzará al pueblo hebreo como nación y a cada miembro de ese grupo de 144.000 hebreos. Y también endulzará la nación hebrea como nación y también endulzará todas las naciones de la Tierra durante el Reino Milenial, todas las naciones que vivirán en ese Reino Milenial.

Porque el Árbol que endulza las aguas estará sentado en el Trono de David; y endulzará todas las naciones, pueblos y lenguas, y les dará paz, les dará prosperidad espiritual y física también, y les dará Vida; y tendremos ese glorioso reinado de Cristo sin guerras por mil años.

Y después habrá una guerra, una batalla, al final de los mil años; porque el otro árbol, el árbol de ciencia del bien y del mal, que es el diablo, será suelto, y levantará las naciones que él había engañado; porque vendrá la resurrección de todos los muertos que han vivido en el pasado y los que viven en este tiempo, que no son de los escogidos de Dios, y serán resucitados para ir delante del Trono Blanco, para ser juzgados por Jesucristo; y el diablo ahí vuelve a engañar a esa gente y los toma para levantar una revolución y dar un golpe de Estado a Jesucristo, al Rey del planeta Tierra completo; y los reunirá y los llevará para hacerle guerra a Cristo; pero del Cielo descenderá fuego, y los destruirá a todos[10].

¿Ven que el diablo, el árbol de ciencia del bien y del mal, es el que causa las guerras y los problemas de la raza humana? Cuando esté atado por mil años, no habrá problemas.

El Árbol de la Vida, que es Cristo, el Árbol que endulza las aguas, es el que trae bendición para cada individuo, para cada ciudad, para cada nación y para todas las naciones del planeta Tierra. Por eso el glorioso Reino Milenial de Cristo es el Reino de Dios con el Árbol que endulza las aguas en el Trono de David reinando por mil años sobre este planeta Tierra.

Hemos visto “EL ÁRBOL QUE ENDULZA LAS AGUAS”, el cual vino dos mil años atrás y estuvo en medio de la raza humana; y para este tiempo final tenemos la promesa que estará nuevamente con nosotros en la Tierra para la Obra correspondiente al Día Postrero, en donde llamará y juntará a todos Sus escogidos con la Gran Voz de Trompeta y en donde (luego que estén todos los escogidos ya en el Cuerpo Místico de Cristo) saldrá del Trono de Intercesión en el Cielo, Jesucristo, reclamará todos los que Él ha redimido con Su Sangre preciosa, y resucitará a todos los muertos en Cristo, y nos transformará a nosotros los que vivimos, y así endulzará físicamente a todos los hijos e hijas de Dios.

Por eso es tan importante la Segunda Venida de Cristo, así como fue importante la Primera Venida de Cristo: porque es la Venida del Árbol que endulza las aguas, para endulzar las aguas físicas del cuerpo humano de los escogidos que viven; y para los muertos en Cristo darles un cuerpo eterno y glorioso, lo cual será dulce para todos los santos que vivieron en el pasado; y para llevarnos a la Cena de las Bodas del Cordero, lo cual será dulce también, estar en la Gran Cena de las Bodas del Cordero, en la Casa de nuestro Padre celestial.

Y después regresaremos con Cristo, después de tres años y medio de estar en la Casa de nuestro Padre celestial, en la Cena de las Bodas del Cordero, después regresaremos a la Tierra para el glorioso Reino Milenial; lo cual será dulce también: vivir en un Reino de paz, de armonía, de amor divino y de prosperidad espiritual y material; “porque (toda) la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar”, dice Habacuc, capítulo 2, verso 14, y también Isaías, capítulo 11, verso 9.

La Tierra será llena del conocimiento del Árbol que endulza las aguas, la Tierra será llena del conocimiento de la Segunda Venida de Cristo y de Su Obra realizada en Su Segunda Venida, así como la Tierra ha estado siendo llena del conocimiento de la Primera Venida de Cristo y la gloria de Jehová, la gloria de Dios manifestada en la Primera Venida de Cristo en carne humana.

Ahora, vean ustedes lo dulce que será vivir en el glorioso Reino Milenial.

La enseñanza principal es la enseñanza divina, para el conocimiento de Dios. Toda enseñanza es para obtener conocimiento. Usted no puede darle una enseñanza a alguien que no sea para que aprenda algo; en toda enseñanza se obtiene un conocimiento. Y con la enseñanza divina de la gloria de Jehová, todos conocerán a Dios; es la enseñanza para todos conocer a Dios.

Dice la Escritura que “en aquel día Jehová será uno, y uno Su Nombre”. También hay otra Escritura que dice: “Y en aquel día Jehová será Rey sobre toda la Tierra”[11]. Jehová es Jesucristo, el cual estará sobre el Trono de David sentado, reinando sobre el pueblo hebreo y sobre todo el planeta Tierra.

También dice la Escritura ahí en San… en Isaías… Podríamos decir “San Isaías”, pero digamos “Isaías”. En Isaías, capítulo 52, dice [verso 6]:

“Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre por esta causa en aquel día; porque yo mismo que hablo, he aquí estaré presente”.

Dice que en aquel día (ese es el séptimo milenio) todos – el pueblo de Dios sabrá Su Nombre (eso es en el séptimo milenio). ¿Por qué? Dice: “Porque yo mismo que hablo, estaré presente”.

Ahora, una persona puede estar hablando, digamos, por la radio y nunca decir su nombre; o ser conocido por un nombre que no es nombre propio, que no es el nombre propio de la persona, pero luego él decir: “Yo voy a estar en tal lugar y todos van a saber mi nombre”; y cuando él llegue a ese lugar, pues va a tener ahí su nombre; porque cuando la persona nació… cuando usted nació, le pusieron un nombre a ese cuerpecito que nació, y dondequiera que usted va, usted lleva (¿qué?) su nombre.

Por eso pueden muchas personas haberlo visto a usted sin saber su nombre; pero viene una persona que lo conoce y lo llama por su nombre, y todas las demás personas dicen: “Ahora sí que conozco el nombre de esta persona, a la cual veía, pero como nunca había dicho su nombre, nunca me había dicho su nombre, no sabía cuál era su nombre; pero ahora Fulano de Tal ha dicho su nombre. Ahora yo conozco su nombre”. Y ahora lo puede llamar a usted por su nombre, porque ya conoce su nombre; pero su nombre siempre le ha acompañado a usted, aunque otras personas no sepan su nombre.

Pero usted, cuando llega a un sitio y se presenta o lo presentan a usted, entonces usted dice: “Yo soy Fulano de Tal. Mucho gusto en conocerles”, y entonces todos saben su nombre; porque usted mismo se hizo presente y se dio a conocer, se identificó con el nombre que usted lleva puesto.

Bueno, y aquí Dios dice:

“Por tanto, mi pueblo sabrá mi nombre por esta causa en aquel día; porque yo mismo que hablo, he aquí estaré presente”.

Y ahí se revela, manifestando Su Nombre en esa manifestación de Él, en la cual Él se hace presente al pueblo hebreo. Pero primeramente se hará presente a Su Iglesia gentil, la cual lo ha estado esperando por dos mil años ya, de Cristo hacia acá; de la partida de Cristo hacia acá, Su Iglesia lo ha estado esperando.

Ahora, la Iglesia ha estado esperando el Árbol que endulza las aguas, el cual es nuestro amado Señor Jesucristo; y nos endulzará físicamente también; nos endulzará espiritualmente también, dándonos Su Palabra; porque no hay cosa más dulce que Su Palabra.

Vamos a ver aquí. Miren cómo Él nos endulza por dentro. En Apocalipsis, capítulo 10, verso 8 en adelante, este Ángel que desciende del Cielo en Apocalipsis, capítulo 1, verso 1 al 7, trae en Su mano derecha un Librito abierto, el cual es el Libro que estaba sellado en la diestra de Dios, el cual tomó y abrió.

Estaba sellado con siete Sellos; Él lo tomó en Apocalipsis, capítulo 5; y en Apocalipsis, capítulo 6, abrió seis Sellos; y en Apocalipsis, capítulo 8, abrió el Séptimo Sello; y luego en Apocalipsis, capítulo 10, desciende del Cielo con ese Librito ya abierto. Y ahora, vean lo que es este Librito:

“La voz que oí del cielo habló otra vez conmigo, y dijo: Ve y toma el librito que está abierto en la mano del ángel que está en pie sobre el mar y sobre la tierra.

Y fui al ángel, diciéndole que me diese el librito. Y él me dijo: Toma, y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel.

Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre.

Y él me dijo: Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”.

Ahora vean cómo este Librito de los Siete Sellos abierto es dado a Juan el apóstol, el cual es tipo y figura del Ángel de Jesucristo, que estará en el Día Postrero recibiendo ese Librito abierto de mano del Ángel Fuerte, de mano de Jesucristo, el Ángel del Pacto; y le dice que se lo coma; se lo entrega y le dice: “Cómelo. Te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel”. Y lo tomó, lo comió, fue dulce en la boca y en su vientre fue amargo.

La amargura son las pruebas y persecuciones por las cuales pasará el Ángel Mensajero de Jesucristo, esa es la parte amarga; pero es dulce en la boca. Y al ser hablado ese Mensaje, es dulce hablarlo y es dulce para los que lo reciben, porque endulza su vida, y los llena de la fe para ser transformados y raptados, la revelación para ser transformados y raptados este tiempo final.

Ahora, la parte amarga son las pruebas y persecuciones a causa de haber recibido y comido la revelación del Libro de los Siete Sellos, el Libro de la Vida, en donde están nuestros nombres escritos.

Ahora vean cómo Cristo, el Árbol de la Vida, el Árbol que endulza las aguas, da ese Librito, ese Título de Propiedad; es de Él y lo da, y así nos da ese fruto para todos nosotros, para así estar comiendo del fruto del Árbol que endulza las aguas, y así poder ser transformados y tener el cuerpo eterno que Él ha prometido para todos nosotros.

Cristo, el Árbol de la Vida, vean ustedes, está dándole a comer ahí a Su Ángel Mensajero; y por consiguiente, Su Ángel Mensajero, al darle ese Mensaje a la Iglesia de Jesucristo, le está dando a comer de ese mismo Árbol de la Vida. Y una de las promesas de Cristo es[12]: “Al que venciere, yo le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del Paraíso de Dios”.

Ahora vean cómo ese es el mismo Árbol que endulza las aguas, tipificado en aquel árbol que endulzó las aguas, porque es tipo y figura (aquel árbol) de Jesucristo nuestro amado Salvador.

Vean todas las bendiciones que tiene Cristo, EL ÁRBOL QUE ENDULZA LAS AGUAS, para cada uno de ustedes y para mí también, para este tiempo final y para toda la eternidad.

Que las bendiciones de Jesucristo, EL ÁRBOL QUE ENDULZA LAS AGUAS, sean sobre todos ustedes y sobre mí también; y pronto se complete el número de los escogidos de Dios, y pronto todos seamos transformados y llevados a la Casa de nuestro Padre celestial, a la Cena de las Bodas del Cordero en el Cielo. En el Nombre Eterno del Señor Jesucristo. Amén y amén.

“EL ÁRBOL QUE ENDULZA LAS AGUAS”.

[Revisión enero 2020]

[1] Apocalipsis 2:7, 22:2, 22:14

[2] Isaías 53:4-5

[3] San Juan 3:16

[4] Romanos 6:23

[5] Apocalipsis 1:18

[6] San Mateo 14:1-12, San Marcos 6:14-29

[7] San Juan 1:29

[8] San Juan 6:53

[9] 1 Juan 1:7

[10] Apocalipsis 20:7-10

[11] Zacarías 14:9

[12] Apocalipsis 2:7

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