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El misterio de la resurrección y los cuarenta días
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El misterio de la resurrección y los cuarenta días

Muy buenas noches, amados amigos y hermanos presentes. Es para mí una bendición grande estar con ustedes aquí en Campeche, en la República Mexicana. Es realmente un privilegio encontrarme con ustedes en este lugar, para compartir unos momentos de compañerismo alrededor del Programa Divino correspondiente a este Día Postrero.

Para eso quiero leer en San Juan, capítulo 6, versos 39 al 40, donde dice Cristo:

“Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”.

“EL MISTERIO DE LA RESURRECCIÓN Y LOS CUARENTA DÍAS”.

Para comprender este misterio de la resurrección de los santos en Cristo, que son los creyentes en Cristo que de edad en edad han creído en Cristo como su Salvador, y han lavado sus pecados en la Sangre de Jesucristo, y han recibido Su Espíritu Santo, y por consiguiente han nacido de nuevo…; como le dijo Cristo a Nicodemo, que era necesario nacer de nuevo; para poder entrar al Reino de Dios, ver el Reino de Dios, pues era necesario nacer del Agua y del Espíritu, para poder entrar al Reino de Dios, o sea, poder entrar al Cuerpo Místico de Jesucristo.

Porque es por medio del nuevo nacimiento, creyendo en Cristo como nuestro Salvador, lavando nuestros pecados en la Sangre de Cristo y recibiendo Su Espíritu Santo, que entramos al Cuerpo Místico de Cristo; porque así es como se produce el nuevo nacimiento de cada persona. Y ahí es donde la persona recibe un espíritu teofánico de la sexta dimensión, y ahí es donde comienza esa creación divina, esa Nueva Creación, que es la Iglesia del Señor Jesucristo, de la cual Jesucristo es la cabeza, es el primero; pues Apocalipsis, capítulo 3, verso 14, nos dice que Cristo es el principio de la Creación de Dios.

Y luego, la continuación de la Creación de Dios, pues somos todos nosotros. Una nueva raza, una descendencia divina que Dios está creando, y de la cual Jesucristo es el primero. Y por eso es que la promesa es que seremos a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo.

Y por eso es que así como Jesús tenía Su cuerpo teofánico antes de aparecer en este planeta Tierra, y había visto a Abraham… Vean ustedes, Abraham lo había visto, había comido Abraham con Jesús: allá cuando Elohim le apareció con Sus Arcángeles Gabriel y Miguel, y comió con Abraham.

Miren, ese Elohim del Antiguo Testamento es el Jesús del Nuevo Testamento. Por eso es que podía decir: “Antes que Abraham fuera, yo soy”, y “Abraham deseó ver mi día; lo vio, y se gozó”1. Se gozó en esa ocasión en que estuvo comiendo Elohim con Abraham, un becerrito o una becerrita que le preparó Abraham, la cual se la comieron Elohim y Sus Arcángeles, con Abraham allí2.

Ahora, vean ustedes cómo Cristo estaba allá antes de tener Su cuerpo físico: en Su cuerpo teofánico.

Un cuerpo teofánico de la sexta dimensión es un cuerpo parecido al nuestro, pero de otra dimensión.

Por eso ustedes encuentran que en el Antiguo Testamento Dios le apareció en la forma de un Ángel, de un Varón, a los profetas del Antiguo Testamento, y a algunas personas, como los padres de Sansón.

Y ahora, vean ustedes, era un cuerpo de la sexta dimensión, un hombre de la sexta dimensión, el cual es llamado en la Escritura: Elohim, o Melquisedec, o Jehová, o Ángel de Jehová.

Y ahora, vean ustedes, ese es el Verbo; porque es el cuerpo de la Palabra, el cuerpo de la sexta dimensión, en el cual Dios habitó por millones de años. Ese es el cuerpo teofánico que Dios se creó, el Verbo, llamado el Verbo: “Y en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Y este era en el principio con Dios. Y por Él todas las cosas fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”, nos dice San Juan, capítulo 1, verso 1 al 18.

Vean, si leemos hasta el 18, nos dice que Él es la Luz que alumbra a todo hombre. Y también nos enseña que aquella Luz verdadera venía a este mundo. ¿Y cómo venía esta Luz verdadera a este mundo? Venía en carne humana: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”, y le conocimos por el nombre de Jesús.

Era el Verbo que era con Dios y era Dios; era el Ángel de Jehová, el Ángel del Pacto, el cual visitó a la raza humana en un cuerpo humano como Cordero de Dios y murió en la Cruz del Calvario (ese cuerpo físico) para la redención de cada uno de ustedes, y también para mi redención, y para la redención de todo hijo e hija de Dios.

Y ahora, no se necesitaban más los sacrificios de los animalitos, porque ya un Sacrificio perfecto: el Sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios, fue realizado en la Cruz del Calvario. Por eso es que ya, vean ustedes, el templo que tenía el pueblo hebreo fue destruido, y ya no se necesita otro templo así literal, en donde se lleven a cabo sacrificios por el pecado, porque ya Cristo ofreció Su propio cuerpo por el pecado de todos nosotros.

Y ahora, Él ha estado construyendo un nuevo templo: un Templo espiritual, que es Su Iglesia, al cual entramos como parte de ese Cuerpo Místico de creyentes al creer en Cristo como nuestro Salvador y lavar nuestros pecados en la Sangre de Jesucristo, y recibir Su Espíritu Santo. Y al recibir Su Espíritu Santo tenemos el cuerpo teofánico, como Jesús tenía Su cuerpo teofánico antes de venir a este planeta Tierra; y luego tuvo Su cuerpo físico.

Y ahora, vean ustedes, tuvo un cuerpo físico sin pecado, por lo tanto, un cuerpo físico que podía seguir viviendo por toda la eternidad.

Cristo dijo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, él solo queda”3; quedaba solo viviendo por toda la eternidad; pero el resto de los seres humanos tenían que morir en ese día en que Jesús murió en la Cruz del Calvario, porque era el día del juicio divino que cayó sobre la raza humana.

Pero como no se encontró pecado en la raza humana, sino todo el pecado fue encontrado en Cristo —porque Él tomó nuestros pecados y se hizo mortal— pues el juicio divino cayó sobre nuestro amado Señor Jesucristo.

Murió y tuvo que descender al infierno, a la quinta dimensión, y allá predicó a las almas encarceladas que fueron desobedientes en el tiempo de Noé. Eso lo dice San Pedro en unas de sus cartas, vamos a ver en cuál de las cartas de San Pedro nos habla esto. En Primera de Pedro, capítulo 3, verso 18 en adelante, dice:

“Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu;

en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados…”.

“En el cual”, o sea, en Espíritu, en Su Espíritu teofánico, en Su cuerpo teofánico, fue al infierno y les predicó a las almas encarceladas, fue a la quinta dimensión.

“… los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua”.

Ahora vean, pocas personas se salvaron, ¿y quiénes fueron esas personas? Los creyentes en el Mensaje de Dios para aquel tiempo, que fue Noé con su familia.

Ahora vean, algunas personas piensan: “Es que Dios es Amor, y Dios no puede traer el juicio divino, la destrucción, sobre la raza humana”. Ya lo trajo en el tiempo de Noé; y aunque solamente hubo ocho personas, con todo y eso lo trajo sobre la raza humana.

Ahora, ¿cuántas habrá en este tiempo final cuando traiga el juicio divino de fuego (ya no de agua sino de fuego) sobre la raza humana? No sabemos cuántos; pero habrá un grupo de escogidos de Dios que escaparán del juicio divino, porque serán transformados y raptados; y los muertos en Cristo serán resucitados, y también se irán con nosotros de aquí a la Cena de las Bodas del Cordero.

Ahora, vean cómo en el tiempo de Noé, aquellas almas que fueron desobedientes a Noé y su Mensaje (por consiguiente, fueron desobedientes a Dios), fueron directamente al infierno, a la quinta dimensión. Eso es lo que le sucede a los que desobedecen la Palabra de Dios para el tiempo en que ellos están viviendo.

Y ahora, vean ustedes cómo luego Cristo resucitó, pues Él tuvo una lucha allá en el infierno, pues Él luego dice que tiene las llaves del infierno y de la muerte4. Por lo tanto, Él le quitó las llaves del infierno y de la muerte al diablo, y luego resucitó; fue al Paraíso, y luego resucitó el tercer día, que era también el octavo día, y era también el primer día de la semana.

Ahora, ¿por qué lo mencionamos como el tercer día? Pues el tercer día, Cristo dijo que Él resucitaría, Él dijo que Él resucitaría al tercer día5. También el domingo de resurrección es el primer día de la semana, pero si le sumamos a los siete días de la semana el día domingo, pues entonces viene a ser el octavo día.

Ahora, vean cómo en el octavo día y también día primero de la semana, y tercer día, desde que Cristo murió hasta que resucitó: murió viernes, estuvo viernes, sábado, y domingo ya en la mañana resucitó.

Ahora, vean ustedes, fue también en la mañana, o sea, en la cuarta vigilia.

Vean cómo todo esto tiene un significado; y allí Él está cumpliendo todas esas cosas, porque así tenía que suceder, porque así también sucederá para los escogidos de Dios del Día Postrero.

Ahora ya no será un día literal; sino que será el día domingo: tipo y figura de la Edad de la Piedra Angular, que es la octava edad. Si le añadimos a las siete edades, si le añadimos otra más, vean ustedes, si le añadimos una nueva edad a las siete edades, vendría a ser la número ocho; pero como también es una nueva edad, que no pertenece a ninguna de estas edades, entonces sería también la primera edad, o sea, una nueva edad.

Y luego, vean ustedes, fue en la mañana del día domingo. En la mañana del día domingo, eso nos habla de las primeras horas de ese día o de esa edad. Ya que el día domingo representa eternidad, al comienzo de ese ciclo divino, al comienzo de la Edad de la Piedra Angular, que es una edad eterna, vean ustedes, en algún tiempo… pueden pasar algunos años, pero como la Edad de la Piedra Angular es eterna, miren, pueden pasar la cantidad de años que sea, y todavía se está al comienzo de esa edad.

Y ahora, vean ustedes cómo Jesucristo el día domingo en la mañana resucitó de entre los muertos; resucitó, y así cumplió Su Sacrificio en la Cruz del Calvario, y tuvo Su cuerpo glorificado y ascendió al Cielo; vean ustedes, y se sentó a la diestra de Dios6, luego de estar apareciéndole a Sus discípulos por cuarenta días7.

Cristo, el Primogénito de Dios, vean ustedes, guardó todo lo que en tipo y figura corresponde a un hijo primogénito.

La Escritura, hablando acerca del pueblo hebreo (y lo cual se cumple también en Jesús, y se cumple en la Iglesia de Jesucristo), dice8:

“… de Egipto llamé a mi hijo”.

Esto fue aplicado a Cristo cuando Él fue llevado a Egipto, porque Herodes estaría buscando al niño Jesús para matarlo, y el Arcángel Gabriel le apareció a José; y José, en esa misma noche (en el sueño, cuando le apareció), luego despertó, tomó al niño y tomó a María y se los llevó a Egipto, y estuvo viviendo allá con María y el niño Jesús hasta que murió el rey Herodes.

Y cuando murió el rey Herodes, el Arcángel Gabriel le apareció nuevamente a José, y le dijo: “José, hijo de David, han muerto los que buscaban la muerte del niño; por lo tanto, regresa a la tierra de Israel (o sea, regresa a tu tierra)”9. Y regresó a la tierra de Israel, pero se fue no a Belén de Judea, sino que se fue a Nazaret, pues en Nazaret era que José y María vivían antes de ir a Belén de Judea10, aunque ellos eran descendientes del rey David, tanto José como la virgen María.

Y ahora, vean ustedes, cuando Jesús fue llevado de Egipto a la tierra de Israel, se cumplió esa profecía que dice: “De Egipto llamé a mi hijo”. Así como Dios había llamado al pueblo hebreo (¿de dónde?) de Egipto, por medio del profeta Moisés, y los había llevado a la tierra prometida.

Y ahora, vean ustedes cómo Cristo fue de Egipto a la tierra de Israel, que es la tierra prometida; porque todo primogénito pasa por ese proceso, todo primogénito de Dios.

Y ahora, cuando Dios llama a cada uno de Sus hijos en el tiempo que les toca vivir, son llamados del mundo para venir al Cuerpo Místico de Cristo; por lo tanto, son llamados del Egipto espiritual, que es el mundo; porque Egipto representa el mundo. Y son llamados del mundo para venir al Cuerpo Místico de Cristo, para, por medio de creer en Cristo y recibir Su Espíritu Santo, nacer en el Reino de Dios; y así es como se entra a la promesa del Espíritu Santo, que es la tierra prometida.

Y ahora, vean ustedes cómo este proceso del Primogénito se cumplió en el pueblo hebreo, se cumplió en Jesús, y se cumple en los escogidos de Dios, en el Cuerpo Místico del Señor Jesucristo; en cada uno de nosotros como individuos, y en la Iglesia del Señor Jesucristo como Cuerpo Místico de creyentes.

Y ahora, para la resurrección de Cristo, miren ustedes cómo, luego de resucitar al octavo día o primer día de la semana (octavo día o primer día es el día domingo), durante la mañana (o sea, en la cuarta vigilia), encontramos que Cristo se levantó de entre los muertos victorioso, y luego estuvo apareciéndole a Sus discípulos por 40 días.

Durante esos 40 días, la Biblia menciona ocho ocasiones en que les apareció (no sabemos si fueron más de ocho ocasiones, pero por lo menos ocho ocasiones están registradas en la Escritura); y les apareció mostrándoles muchas señales, y realizando muchas señales también, y hablándoles acerca del Reino de Dios.

Y ahora, vean ustedes cómo esta resurrección de Cristo se había reflejado en el pueblo hebreo también. Cuando el pueblo hebreo salió de Egipto, allí estuvo resucitando Dios a Israel; vean cómo luego estuvo por 40 años por el desierto, hasta que luego entró a la tierra prometida.

Y ahora, vean cómo Cristo estuvo 40 días apareciéndole a Sus discípulos, y después subió al Cielo, al Templo de Dios que está en el Cielo, hasta llegar al Lugar Santísimo, al Trono de Intercesión. Y allí, como Sumo Sacerdote según el Orden de Melquisedec, entró con Su propio Sacrificio y Su propia Sangre, para ofrecer ese Sacrificio por el pecado de todos los hijos e hijas de Dios, para nuestra reconciliación con Dios.

Como lo hacía el sumo sacerdote una vez al año, el día diez del mes séptimo de cada año11, cuando llevaba la sangre de la expiación del macho cabrío ante la presencia de Dios, al lugar santísimo, al lugar de intercesión, a ese trono de intercesión, que es el propiciatorio, donde estaban los dos querubines de oro y en donde estaba la presencia de Dios en esa luz de la Shekinah.

Y ahora vean cómo Cristo subió a ese lugar que estaba representado en el lugar santísimo del tabernáculo que construyó Moisés y del templo que construyó Salomón.

Y ahora, Él subió al mismo Cielo; no tuvo que entrar ni al templo de Moisés ni al templo de Salomón, ni al templo que estaba en aquel día, en aquel tiempo allí, sino al mismo Cielo, al Templo que está en el Cielo, para realizar esta labor de reconciliación de cada hijo e hija de Dios con Dios.

Y Él ha estado en ese lugar haciendo Intercesión (como lo hacía el sumo sacerdote) por cada hijo e hija de Dios. Pero así como salía el sumo sacerdote luego, del lugar de intercesión, del lugar santísimo, para el tiempo final, para el Día Postrero, Cristo saldrá de ese lugar y se convertirá en el León de la tribu de Judá.

Ahora, vean ustedes cómo Cristo, resucitando al octavo día o primer día de la semana (que es domingo en la cuarta vigilia), está tipificando la resurrección de los santos en el Día Postrero, en la Edad de la Piedra Angular y Dispensación del Reino, que está representada en el día domingo esa Edad de la Piedra Angular; porque es la edad a la cual le corresponde el número ocho, pues el ocho representa infinito [∞] y eternidad.

Y ahora, para los santos que han de resucitar, conforme a la promesa en donde Cristo dijo: “Y yo le resucitaré en el día postrero”12… El Día Postrero pues es el séptimo milenio, en donde la Dispensación del Reino se abre para todos los escogidos de Dios.

Y ahora, San Pablo hablándonos de la resurrección de los muertos en Cristo, nos dice en Primera de Corintios, capítulo 15, verso 49 en adelante… o vamos a ver un poquito antes: 45 en adelante, dice:

“Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.

Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual.

El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo.

Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales.

Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial (esa imagen es la teofanía o cuerpo teofánico).

Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción”.

O sea que estando nosotros en nuestros cuerpos mortales, no podemos continuar viviendo eternamente con este cuerpo mortal, que es de carne, que es corruptible; tiene que, a medida que le pasan los años, irse poniendo viejo; hasta que llega el tiempo en que no puede continuar viviendo, se muere, y lo entierran, y se corrompe; porque este cuerpo lo obtuvimos por medio de la unión de papá y mamá, y por consiguiente es un cuerpo descendiente del primer Adán.

Y el primer Adán, por causa del pecado, encontramos que perdió todos los derechos contenidos en el Título de Propiedad, en el Libro de la Vida del Cordero; por lo tanto, perdió el derecho a la vida eterna, perdió el derecho a la juventud eterna, perdió el derecho a la vida eterna, al Reino eterno, a la salud eterna, a todo lo eterno; y por consiguiente recibió la muerte como fin.

Y ahora, San Pablo sigue diciéndonos:

“He aquí, os digo un misterio (este es un misterio del Reino de Dios, del Reino de los Cielos): No todos dormiremos (o sea, no todos nos vamos a morir); pero todos seremos transformados…”.

Y cuando habla de estos “todos”, son de todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, hayan muerto sus cuerpos o estén vivos; todos vamos a ser transformados, todos vamos a tener un cuerpo transformado, un cuerpo eterno, un cuerpo glorioso; y así seremos a imagen y semejanza de nuestro amado Señor Jesucristo.

“… todos seremos transformados,

en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.

Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.

Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria”.

Ahí se acaba la muerte para los hijos de Dios. De ahí en adelante viviremos por toda la eternidad con ese cuerpo glorificado, ese cuerpo eterno que hemos de tener.

Y ahora, vean ustedes cómo nos dice que será a la Final Trompeta, a la Final Trompeta. ¿Qué es una trompeta y qué es esa Trompeta? En Apocalipsis, capítulo 10, o capítulo 1, verso 10 al 11, veamos aquí lo que es la Trompeta de Dios o esa Trompeta Final. Dice:

“Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor (dice Juan el apóstol. ¿En qué día? En el Día del Señor, o sea, en el séptimo milenio), y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta (no una trompeta literal, sino una gran voz como de trompeta),

que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último”.

¿Quién es el Alfa y Omega?, ¿quién es el primero y el último? Nuestro amado Señor Jesucristo, es la Voz de Jesucristo, esa es la Trompeta Final también, y esa es la Gran Voz de Trompeta.

Esa es la Trompeta de la cual nos habla San Pablo aquí en Primera de Corintios, capítulo 15, para luego venir la resurrección de los muertos en Cristo y la transformación de nosotros los que vivimos. O sea que estaremos escuchando la Trompeta Final, o sea, la Voz de Cristo dándonos Su Mensaje final; y Su Mensaje final es el Evangelio del Reino, que es el Mensaje de la Dispensación del Reino, es el Mensaje del Evangelio del Reino para todos los hijos e hijas de Dios que viven en esta Tierra.

Y para el tiempo de la predicación del Evangelio del Reino es que la resurrección de los muertos en Cristo tiene que ocurrir, y la transformación de nosotros los que vivimos; porque la predicación del Evangelio del Reino es para el Día Postrero, o sea, para el séptimo milenio. El séptimo milenio corresponde a la Dispensación del Reino.

Y ahora, hemos visto lo que es la Trompeta Final o Gran Voz de Trompeta; de la cual nos habló Cristo también, en San Mateo, capítulo 24, verso 30 al 31, cuando nos dijo:

“Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos”.

Es con el Mensaje del Evangelio del Reino, la Gran Voz de Trompeta, que todos los escogidos son llamados y juntados en el Día Postrero, en el Cuerpo Místico de Cristo, en la Edad de la Piedra Angular y Dispensación del Reino, para ser preparados para así recibir la transformación de sus cuerpos, y los muertos en Cristo recibir la resurrección en cuerpos eternos.

Ahora, vean ustedes cómo es que los escogidos de Dios en el Día Postrero serían llamados y juntados conforme al Programa Divino; y dice que enviará Sus Ángeles. O sea que es bajo el ministerio de Sus Ángeles, y Sus Ángeles son los ministerios de Moisés y Elías.

Los ministerios de Moisés y Elías estarán aquí presentes, manifestados en carne humana en el Ángel del Señor Jesucristo, llamando y juntando a los escogidos con el Mensaje del Evangelio del Reino.

Ahora, también en Tesalonicenses, Primera de Tesalonicenses, capítulo 4, versos 14 en adelante, nos dice San Pablo:

“Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.

Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron.

Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.

Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”.

Ahora, vean cómo aquí también nos habla de esa Trompeta de Dios, que es la Voz de Dios; nos habla también de la Voz de Arcángel, y nos habla de la Voz de Mando.

Vean ustedes, todo esto nos habla de la Voz de Cristo hablándole a Su Iglesia en el tiempo final, y dándonos Su Mensaje final, que es la Voz de Cristo hablándonos, revelándonos Su Mensaje del Evangelio del Reino, por medio de Su Ángel Mensajero, para llamar y juntar a Sus escogidos, y prepararnos para ser transformados y raptados.

Esa es la forma en que en el Día Postrero estaríamos escuchando la Voz de Cristo, esa Gran Voz de Trompeta, estaríamos escuchando la Voz de Cristo en el Día del Señor, en el séptimo milenio, como una Gran Voz de Trompeta; o sea, estaríamos escuchando la Voz de Cristo en el Mensaje del Evangelio del Reino.

El Mensaje del Evangelio del Reino es la Voz de Cristo, el Mensaje de Cristo para Su Cuerpo Místico de creyentes, para llamar y juntar a Sus escogidos en la Edad de la Piedra Angular y Dispensación del Reino; y para preparar a Sus escogidos para ser transformados y raptados.

La Voz de Cristo también está representada en los Siete Truenos de Apocalipsis, capítulo 10, que escuchó Juan cuando vio descender del Cielo a un Ángel Fuerte, el cual es Cristo en Su Venida, envuelto en una nube, con Su rostro como el Sol y con un Librito abierto en Su mano, colocando Su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra.

Ahora, eso está en Apocalipsis, capítulo 10, verso 1 al 11; y vean ustedes cómo en ese pasaje escucha Juan el apóstol la Voz de Cristo como cuando ruge un león y siete truenos emitieron sus voces. Nos dice:

“… y clamó a gran voz, como ruge un león; y cuando hubo clamado, siete truenos emitieron sus voces”.

Es la Voz de Cristo, la misma Gran Voz de Trompeta, es la misma Voz de Cristo como León y Siete Truenos emitiendo sus voces.

Y ahora, podemos ver todo el Programa Divino correspondiente al Día Postrero para la resurrección de los muertos en Cristo y la transformación de nosotros los que vivimos.

Y así como Cristo estuvo por 40 días aquí en la Tierra luego de resucitado, y luego ascendió al Cielo…; pero en esos 40 días estuvo trabajando, estuvo llevando a cabo una Obra, en donde les mostró muchas señales e hizo muchas señales en medio de Sus discípulos, y también les predicó el Evangelio, les estuvo hablando acerca del Reino.

Y también el pueblo hebreo, vean cómo estuvo el pueblo hebreo por 40 años por el desierto.

Y ahora, vean también cómo la Iglesia del Señor Jesucristo ha estado por siete etapas o siete edades durante estos dos mil años que han transcurrido; eso está tipificado en los 40 años del pueblo hebreo por el desierto.

Y ahora, para el Día Postrero, cuando los muertos en Cristo resuciten y nosotros los que vivimos seamos transformados, estaremos en la Tierra de 30 a 40 días también, y estaremos haciendo una labor muy importante en ese lapso de tiempo; en donde, vean, así como bajo el tiempo en que Cristo estuvo en la Tierra luego de resucitado, estuvo predicando, o sea, enseñándoles, hablándoles acerca del Reino de Dios, y estuvo también haciendo muchísimas señales. Ese va a ser un tiempo muy importante en el Programa Divino, en donde grandes cosas estarán sucediendo.

Si estando la Iglesia del Señor Jesucristo todavía en sus cuerpos mortales durante estas siete edades han ocurrido grandes cosas, grandes milagros y grandes señales, y se ha predicado el Evangelio de la Gracia, ¿cómo será durante esos 30 o 40 días? No habrá limitaciones. Pero por cuanto eso todavía está en el futuro, lo dejamos lo más tranquilito posible, para que así nadie trate de adelantarse.

Ahora, veamos que vamos a estar estrenando nuestro cuerpo nuevo, nuestro cuerpo glorificado, y va a funcionar mejor que este cuerpo que tenemos en la actualidad. No vamos a tener limitaciones, no vamos a tener los problemas que hoy en día tenemos, sino que será sin limitaciones.

Ahora, vean ustedes que para el tiempo en que recibamos el nuevo cuerpo estaremos vestidos con la vestidura, con el cuerpo que necesitamos para reinar con Cristo mil años y luego por toda la eternidad; estaremos bien vestidos, con un nuevo cuerpo, una nueva vestidura, en el cual no tendremos limitaciones.

Así que podemos ver la bendición tan grande que está señalada, profetizada, para los escogidos de Dios que han partido en las edades pasadas, y para los que vivimos en este tiempo.

Perseverando en Cristo en la edad que nos ha tocado vivir, estaremos esperando todos los días de nuestra vida nuestra transformación; y los muertos en Cristo en el Paraíso, pues están esperando la resurrección en cuerpos eternos. Si alguno de los nuestros se va, pues no hay ningún problema: regresará nuevamente en un cuerpo eterno y será un testigo de la resurrección.

Ahora, vean ustedes cómo también los santos del Antiguo Testamento que resucitaron con Cristo les aparecieron a muchas personas en Jerusalén, dice que les aparecieron a sus familiares13.

Ahora, habrá visita para los familiares de los escogidos que han de resucitar, y de seguro eso les ayudará a esos familiares para permanecer fieles a Dios, a alinearse bien, para que así den sus vidas por Cristo durante la gran tribulación. Así que algo importante va a suceder con los familiares de los escogidos de Dios que estén viviendo en este tiempo final; porque todos los escogidos han reclamado a sus familiares para vida eterna.

Bueno, vean ustedes cómo en el Primogénito se cumplen estas cosas. En el pueblo hebreo como la nación o el pueblo primogénito de Dios, miren ustedes todo lo que se cumplió; y ahora, en Jesús como el Primogénito de Dios, vean ustedes cómo se cumplieron estas mismas cosas en una nota más alta o en una fase más alta.

Y ahora, vean ustedes cómo en la Iglesia de Jesucristo también se cumplen estas cosas en un nivel, o en otro nivel, o en un nivel más alto, o en otra etapa o edad y dispensación.

Y ahora, vean que para los escogidos de Dios que han partido está la promesa de la resurrección en cuerpos eternos, y una estadía aquí en la Tierra en ese cuerpo eterno, de 30 a 40 días. Y para nosotros los que vivimos está la promesa, si es que permanecemos vivos hasta que los muertos en Cristo resuciten, pues tenemos la promesa de una transformación, en donde obtendremos un cuerpo eterno. Este cuerpo será transformado, será cambiado en sus átomos, será absorbido —en y con el cuerpo eterno— por la vida, y así seremos nosotros inmortales en cuanto al cuerpo físico y eterno también.

Vean ustedes, muchas personas, y los científicos, buscan la juventud eterna, buscan la fuente de la juventud, y miren, en Cristo es que está la Fuente de la juventud. Y para el Día Postrero Cristo probará que eso es la verdad, resucitando a los muertos en Cristo de las edades pasadas y algunos de los nuestros que han partido, y transformando nuestros cuerpos físicos, y dándonos un cuerpo glorificado, un cuerpo eterno, para vivir por toda la eternidad, y reinar con Cristo mil años y luego por toda la eternidad.

“EL MISTERIO DE LA RESURRECCIÓN Y LOS CUARENTA DÍAS”.

Ha sido para mí un privilegio muy grande estar con ustedes dándoles testimonio de LA RESURRECCIÓN Y LOS CUARENTA DÍAS.

Vean ustedes cómo están reflejados allá en el Antiguo Testamento, en el pueblo hebreo pasando por el desierto por 40 años; cómo están reflejados en Jesús cuando resucitó y estuvo por 40 días con Sus discípulos; y para el Día Postrero los muertos en Cristo resucitarán, nosotros seremos transformados, y estaremos aquí de 30 a 40 días. Y 30 o 40 días bien aprovechados producen muchos beneficios; se hace mucho en 30 o 40 días, bien aprovechados esos días.

Así que estemos esperando nuestra transformación, porque estamos en la Edad de la Piedra Angular, la edad representada en el día domingo, la edad representada en el día de resurrección, en el domingo de resurrección.

Que las bendiciones de Jesucristo, el Ángel del Pacto, nuestro Salvador, sean sobre cada uno de ustedes y sobre mí también; y pronto todos seamos transformados, y estemos aquí de 30 a 40 días en ese cuerpo eterno, y nos use Dios en la forma que Él desea hacerlo en ese tiempo. Y luego nos vayamos a la Cena de las Bodas del Cordero con Cristo, a la Casa de nuestro Padre celestial. En el Nombre Eterno de nuestro amado Señor Jesucristo. Amén y amén.

Muchas gracias por vuestra amable atención, y continúen pasando una noche llena de las bendiciones de Jesucristo.

Dejo con nosotros nuevamente al reverendo Miguel Bermúdez Marín, para continuar y finalizar nuestra parte, dándole gracias a Jesucristo por Sus bendiciones, y por estas hermosas promesas que tiene para los que han partido y para nosotros los que vivimos en este Día Postrero.

Que Dios les bendiga, y pasen todos muy buenas noches.

“EL MISTERIO DE LA RESURRECCIÓN Y LOS CUARENTA DÍAS”.

[Revisión junio 2022]

1 San Juan 6:56:58

2 Génesis 18:1-8

3 San Juan 12:24

4 Apocalipsis 1:18

5 San Juan 2:19

6 Mr. 16:19, Ro. 8:34, 1 P. 3:22

7 Hechos 1:3

8 Oseas 11:1

9 San Mateo 2:13-20

10 San Mateo 2:23

11 Levítico 23:27, 16:29-34

12 San Juan 6:40, 6:44, 6:54

13 San Mateo 27:53

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